domingo, 6 de febrero de 2011

sábado, 25 de diciembre de 2010

Feliz eso y próspero lo otro

Feliz Navidad, Feliz Solsticio de invierno, Feliz cambio de año, Felices vacaciones, Felices comilonas, Felices compras -a veces compulsivas-, Feliz lo que ustedes quieran, pero sean felices, o al menos inténtenlo (si pueden). Si los políticos salen sonriendo por la TV, con la que está cayendo, nosotros no vamos a ser menos...

Y ahora, con su permiso, me voy a ver un capitulillo de The Big Bang Theory.


domingo, 19 de diciembre de 2010

Calendario 2010 - Diciembre

Casi sin darnos cuenta, una vez más, hemos llegado a diciembre, y con él, a la última hoja del calendario. La foto corresponde a una de las gárgolas del castillo de Nantes, que no parece muy vieja, si les digo la verdad. En Nantes cerramos nuestro viaje por Francia, y con ella cierro también el apartado de calendario dedicado al 2010 en este su blog. Por cierto, el pasado viernes día 17, se cumplieron cuatro añitos que llevo aquí dándoles la matraca. Han sido cuatro años de confidencias, de hacerles partícipes de mi día a día, de mis ilusiones, aficiones, viajes... Y aunque últimamente la frecuencia de publicación haya bajado considerablemente,  no me lo tengan en cuenta, porque les quiero igual, simplemente ocurre que tengo menos tiempo libre del que me gustaría disponer, y el poco que tengo, he de repartirlo con otras obligaciones que me importan tanto como ésta.

Gracias por seguir estando ahí.

 

domingo, 12 de diciembre de 2010

Libros – XXXV

Para superar la congoja en que quedé sumido después de las lecturas de las aventuras de Harry Potter, recurrí a la re-lectura, con honores de estreno, de uno de los divertidos libritos de Wodehouse, concretamente De acuerdo, Jeeves, del que ya les hablé en otra ocasión.

Una vez recuperado el tono habitual, me dispuse a atacar un clásico de Roger Penrose, La nueva mente del emperador, pues hacía tiempo que no le hincaba el diente a ningún libro de ciencia. La elección no pudo ser peor. Tuve que dejarlo antes de llegar a la mitad, y eso que suelo ser tozudo en estas cosas. Me he tragado libros espesos de cualquier tema, pero éste se me caía de las manos. Si dominan las matemáticas y se atreven, adelante...

Aprovechando Los 8 días de oro (que realmente son 16 o más), curioseando por la sección de libros de ECI (que no es precisamente mi favorita), encontré dos ejemplares de la colección de Narrativas Históricas de Edhasa al interesante precio de 5.95 euros. Si conocen esta colección, sabrán que tienen una presentación muy cuidada, con tapa dura, papel de calidad, y guía de lectura entre otras características, así que el precio me pareció casi un regalo. Uno de ellos, Pasaje al Noroeste, de Kenneth Roberts, acabo de terminarlo, mientras que el otro, Viajeros ingleses, de Matthew Kneale, lo tengo en lista de espera. El de Roberts, si bien comienza algo aburrido, en seguida va cogiendo ritmo hasta atrapar al lector y sumergirlo en la atmósfera de la Norteamérica colonial de 1759, donde el ejército inglés luchaba contra indios y franceses en los bosques y lagos que hoy conforman la frontera entre los Estados Unidos y Canadá. En paisajes de impresionante belleza, muy bien descritos por el autor, se nos muestran personajes tan fascinantes como tramperos, comerciantes, canoeros y los primeros Rangers, al mando del Mayor Rogers, personaje con muchos claroscuros que Roberts coloca como secundario, pero que, en realidad, es el personaje principal, el eje de la novela. En sus 712 páginas, Roberts nos instruye sobre las costumbres de la época, describiendo minuciosamente vestidos, comportamientos y personalidad de los diversos colectivos que en su historia aparecen, incluso entre distintas tribus indias, explicándonos también las diferencias entre los dos bandos a la hora de hacer la guerra. Es una novela, en fin, para leer con un mapa cerca (el Google Earth puede ser ideal) para situarse mejor. Por cierto, de la primera parte del libro, se hizo una adaptación cinematográfica en 1940, dirigida por King Vidor y protagonizada por Spencer Tracy, que tendré que volver a ver, pues estoy seguro de que es una de las que nos ponían los sábados después de comer en Sesión de Tarde, en la primera cadena, y que tanto disfrutábamos grandes y pequeños. Ya les contaré.

Continuará...

domingo, 5 de diciembre de 2010

Suiza - 2ª parte

Hasta una semana antes de partir, estuve curioseando sobre el clima en la zona de Interlaken, con la sorpresa de que estaba haciendo casi el mismo calor que aquí, con temperaturas a mediodía de alrededor de 30º centígrados, sol radiante y nada de lluvia. Justo el día antes de salir nosotros de España, llegaron los cambios, con un considerable descenso de las temperaturas y un importante aumento de inestabilidad atmosférica, con lo que el panorama meteorológico daba un giro de 180 grados. Lo malo de las predicciones de ahora, es que suelen acertar bastante, tanto que aterrizamos en Ginebra entre nubes y claros (nube sí, nube no) y, conforme se iba acercando el tren a Wilderswil, el fresquete y la lluvia iban adquiriendo protagonismo. Estuvimos tirando de paraguas los 5 primeros días, y la ropa “de verano” no la sacamos de las maletas hasta nuestro regreso a Ginebra, una semana más tarde, pues con máximas de 10-12º no cabía hacer otra cosa. Ya sé que la lluvia es necesaria para la vida, el campo y todas esas cosas, por eso el primer día me hace gracia, el segundo me aparece una sonrisa tonta (de mala leche) en la cara, y a partir del tercero lo paso acordándome de cúmulos, nimbos, estratos y de la madre que los parió. Y más si estoy de vacaciones. En fin, que me dio mucha rabia, porque fotográficamente, el lugar daba para mucho, pero con lluvia y con un frío de esos de cuando el grajo vuela bajo, los resultados no fueron los esperados. Una vez hecho este “breve” preámbulo, paso a contarles el resto de cosas.

Nada más bajar del avión y recoger nuestro equipaje, salimos a la zona suiza sin pasar ningún control, cosa que me sorprendió bastante, pues en otros lugares, aun siendo comunitarios, te suelen pedir el DNI, cuando no el pasaporte. En el hall, un grupo de músicos interpretaba bonitas melodías alpinas con sus largos cuernos (pudieron verlos en una de las fotos del post anterior). Con esta agradable música de fondo, compramos nuestros bonos de viaje. El dependiente, en un perfecto castellano, nos explicó cómo funcionaba todo y nos imprimió un papelito con el horario de los trenes que teníamos que coger, los enlaces, el número de andén y el lugar exacto en que teníamos que colocarnos para acceder a los vagones que nos correspondían. Todo eso lo hicimos en 15 ó 20 minutos escasos, que es el tiempo que ellos calculan que media entre el desembarque y el acceso a la estación que hay justo debajo del aeropuerto. La primera cosa que nos llamó a atención, ya a bordo, fue que el tren parecía andar sobre moqueta, sin un ruido, sin traqueteos, golpes y demás molestias a las que estamos acostumbrados los viajeros de otros países. Si no fuese porque veíamos pasar por las ventanillas los paisajes de viñedos que bordean el lago Leman, pensaríamos que estábamos parados. Tras un breve transbordo en Berna, con el tiempo justo de comprar y comer un bocadillo, llegamos a Wilderswil a eso de las 3 de la tarde, con un frío alpino (nunca mejor dicho) y un leve chispeo que nos acompañó, cargados de maletas, en la búsqueda de nuestras casas. Como en un principio íbamos a hacer este viaje solos, teníamos los vuelos y el alojamiento contratados, así que, cuando los amigos Carlos y Edu (y sus respectivas) decidieron venir también, tuvieron que buscar casa por su cuenta. Finalmente estuvimos cada pareja en un lugar distinto, en el mismo pueblo, pero distinto. La nuestra resultó ser la más lejana, pero también la más grande y la que mejor vista tenía. Todas las reuniones y cenas “caseras” se hicieron allí. Aquí debajo podrán ver una de ellas, con una tortilla que salió ri-quí-si-ma.

 La casa por fuera
 La vista al atardecer desde ella (con un rayo de sol, oh, oh, oh)

domingo, 28 de noviembre de 2010

Libros - XXXIV


En los cuatro meses transcurridos desde la última vez que les hablé aquí de libros, han pasado unos cuantos por mis manos, algunos de ellos muy buenos, y otros... bueno, vayamos directamente al grano.

Como les adelanté en el último post, tuve que releer El asombroso viaje de Pomponio Flato para recuperarme de la tristeza en que me dejó sumido La ciudad de los prodigios, ambos salidos de la mano del último Premio Planeta, Eduardo Mendoza, aunque de estilos totalmente opuestos. En el segundo que les cito, Mendoza nos cuenta la historia de un pícaro inmigrante rural, quien llega siendo casi un niño a Barcelona, y va medrando a costa de su inteligencia, buena suerte y falta de escrúpulos, hasta llegar a ser el capo de la mafia local. Del primero ya les hablé aquí, así que no insistiré sobre el tema.

Otro de los libros que pasaron por mis manos, prestado por el amigo Vicen, fue Comentarios a las guerras de las Galias, de Cayo Julio César (sí, el que están pensando), quien en 3ª persona y de modo muy ameno, nos va narrando sus aventuras y desventuras con las numerosas tribus galas, helvecias y germanas, que le mantuvieron en jaque a él y a sus legiones, entre los años 58 y 51 A.C. Nada que ver con las aventuras de Asterix y Obelix. El relato es muy interesante, aunque, si hay que ponerle un pero, es el hecho de que, tras cada batalla, las bajas en el ejército romano eran de unos pocos soldados (a veces, ninguno), mientras que eran incontables los caídos en el lado enemigo. Supongo que César, aparte de maquillar las estadísticas, no tendría tampoco en cuenta los muertos habidos entre sus aliados (sin uniforme), los esclavos, cocineros y demás personal encargado de la impedimenta. En un pasaje del libro cuenta que, las tribus fieles a Roma que luchaban con él, tenían la orden de atarse la túnica en el hombro contrario al que solían hacerlo normalmente, para que así los legionarios, en el fragor de la batalla, supiesen distinguir a amigos de enemigos. No está mal pensado, pero dudo que los soldados romanos, una vez metidos en faena, se parasen a mirar el hombro de los combatientes antes de clavar su espada. Dejando de lado ésta y otras cuestiones (hay quien lo tacha de propaganda pura y dura), para mí ha sido una de las mejores lecturas del verano.

Otro de los préstamos del verano, esta vez por parte de mi hijo, ha sido el de los libros que tiene del famosísimo Harry Potter (me pudo la curiosidad), a saber: H.P. y la piedra filosofal, H.P. y la cámara secreta, H.P. y el prisionero de Azkaban y, por último, el último (mi hijo es así), H.P. y las Reliquias de la Muerte. Entre medias han quedado tres historias, pero prefirió leer el último, según me dijo, para saber cómo acababa la historia y no tener que tragarse las que le faltaban. Y, después de leerlos yo, en parte le entendí. Salvo el primero, que tampoco es un dechado de alegría, los libros de J.K. Rowling te van sumiendo en una atmósfera deprimente, opresiva, que se mantiene, como si tuviesen un hechizo de melancolía, hasta un buen rato después de cerrarlos. El último es especialmente angustioso y, aunque finalmente ganan los buenos, nos deja –al menos a mí me lo dejó- con un sabor de boca algo amargo. Si aún no los han leído y también les pica la curiosidad, háganlo, pero por orden, pues en el último se habla de cosas y aparecen personajes que se comprenderían mejor si se han hecho antes los deberes. En las pasadas vacaciones, compré el penúltimo de la saga, H.P. y el misterio del príncipe, que aún no he leído (me lo estoy dejando para las de navidad). ¿Qué por qué lo he comprado? Porque no me gusta dejar las cosas a medias. :-)

Continuará...