lunes, 25 de diciembre de 2006

A cada cerdo le llega su San Martín.

¿Sabían que Pinochet ha muerto? No suelo alegrarme con la muerte de nadie, pero en este caso tampoco he sentido pena. El decrépito dictador, descendiente por línea paterna del famoso muñeco del cuento, había heredado de su antepasado el corazón de madera y el cerebro de serrín. Eso, y que era un tarugo en general. He leído por ahí que murió el Día de los Derechos Humanos (curiosa paradoja). Nieves Concostrina, en “Polvo eres”, el microespacio que realiza en Radio 5 de RNE dedicado a la muerte y sus caprichos, contaba el otro día las vicisitudes que tuvo que pasar el augusto general para ser sepultado a su gusto: primero quería ser enterrado con el libertador de Chile; luego tenía proyectado un grandioso mausoleo calcado del de Napoleón Bonaparte. De estas ideas le hicieron desistir, tal vez en un momentáneo ataque de sensatez, sus asesores personales, así que decidió construir un panteón acorde con su categoría en el cementerio de Santiago, en cuyo frontal rezaba “Familia Pinochet”. Ante la enérgica protesta de su señora esposa, hubo de añadir el apellido de la consorte, aunque, de momento, los únicos que “reposan” son sus padres, y lo entrecomillo porque ha sido profanado varias veces. Mientras, no muy lejos de allí, D. Salvador Allende descansa en su tumba, visitada y respetada por la gente de bien. Su “leal” ministro de defensa, lejos de sus propósitos, ha sido incinerado y enterrado en un lugar secreto para no ser molestado. D.E.P. (Descanse En Pena)

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