domingo, 30 de diciembre de 2007

Navidad, Navidad...

Los que me conocen saben que no soy partidario de los “Día de...” (del padre, de la madre, del maestro, etc.), que parecen haber sido ideados por aviesos comerciantes con el fin de incrementar sus ventas. Sin embargo, con la Navidad, siempre hago una excepción, aunque, eso sí, en casa vienen los Reyes Magos, los de toda la vida. Me resisto a caer en la tentación de recurrir a ese señor gordo de rojo que adelanta los regalos a la nochebuena. El romanticismo le ganó a lo práctico. En mi casa, de pequeño, siempre se montaba un arbolito –acorde al tamaño de la vivienda- y un belén, con su nacimiento, sus pastores, su río con patos y sus Reyes Magos cruzando el puente. Entre las figuras que salían en el Bonux por navidad, y las que íbamos comprando muy de tarde en tarde, reunimos un escenario de un tamaño respetable. Una semana antes, si no convencíamos a mi padre para que nos llevara a la playa a coger una bolsa de arena, buscábamos una obra cercana para proveérnosla, aunque fuese más basta y de peor calidad. En cuanto al árbol, era tan pequeño que mi madre lo guardaba plegado, envuelto en un periódico al principio y en una bolsa de plástico (de Simago, claro) después. Al año siguiente, lo sacaba de su envoltorio y emparejaba las ramas, que ya traían las bolas y otras figuras incorporadas, entre ellas un minúsculo Papá Noel que había traído mi tía Paquita desde Suiza (la primera vez que lo vimos, nos tuvo que explicar quién era) y que se pasaba todas las navidades de pie, en la base, junto al tronco. En la nochebuena, venían mi abuela materna y mi tía a cenar a casa. Casi siempre iba mi padre con el seiscientos a recogerlas, y yo me apuntaba por ayudar con el tocadiscos (de esos de maleta) y los discos de villancicos de Manolo Escobar y de los “Coros de los Niños de Bolullos de la Frontera”, o de la “Escolanía de Francolí de Llobregat”, que no me acuerdo muy bien. De una manera o de otra, después de cenar*, mi madre sacaba las pastas y la sidra, y mi hermana y yo las panderetas y, grandes y pequeños, competíamos cantando con los niños de donde fuesen y con el mismísimo Manolo Escobar, entre polvorones, mantecados, almendrados, peladillas, turrón duro y blando y murcianos rellenos de cabello de ángel. Hoy, siendo más los que nos juntamos, el tiempo nos ha hecho más descreídos (al menos a mí) y hemos perdido la chispa de esos momentos, aunque, al menos, seguimos reuniéndonos por nochebuena. Ah, ¡y sin poner la tele!

*En esa noche, mi madre, desde que tengo uso de razón, ha hecho una salsa de pollo con almendras con un aroma tan peculiar, que siempre la hemos llamado “salsa de nochebuena”. Parece mentira que una comida tan sencilla pueda oler –y saber- tan bien. Este año, por decisión de la mayoría, hemos cambiado el menú: mi mujer hizo unas carrilleras riquísimas, pero yo eché de menos mi “salsica”, ¿qué quieren que les diga?

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Lecturas

Ya acabé el Quijote. Y no lo digo con alivio, sino con algo de pena, que conste. En contra de la opinión de muchos, a mí me ha gustado más la primera parte que la segunda. Ésta me ha parecido más forzada, más “con prisas” que aquélla, seguramente obligada por el atrevimiento de Avellaneda. A pesar de eso, he encontrado en ella pasajes de una gran belleza, como éste, que ya les traje aquí no hace mucho; y aventuras más conseguidas y mejor trabajadas también, pero los protagonistas han perdido algo de la espontaneidad y frescura que tenían en la primera. Aparte de esto, los cuentos que Cervantes va intercalando dentro de la historia (estoy en el primer libro, por si no se han dado cuenta), que finalmente se van enlazando con ésta para acabar formando una sola, son de una exquisitez, en mi modesta opinión, difícilmente superable. En fin, un libro que, pese a su volumen, se lee fácil y rápidamente. Muy re-co-men-da-ble (¿oído Rafa?).

¿Y ahora qué voy a leer? Pues tengo varios cartuchos en la recámara, entre ellos dos del maestro Asimov: “Momentos estelares de la ciencia” (un aperitivillo de 148 páginas) y “La Alta Edad Media”. Para el final me dejaré “Las cruzadas vistas por los árabes”, de Amin Maalouf, que creo que me va a gustar. Además, cuento con que, en estas fechas de regalos y consumo irresponsable, alguno más caerá en mis manos, je, je, je. Ya les contaré.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Y ahora, un cuento

Como estamos en navidad, época tierna donde las haya, voy a atreverme con un pequeño cuento, esperando que les guste:


La madre

Marianín y Luisito eran mellizos. Ambos querían a su madre, algo natural en cualquier hijo, pero el primero llevaba su amor hasta extremos exagerados, rayanos en la locura. No se conformaba con llevar una foto suya en la cartera, o un tatuaje en el brazo, sino que encargó una pegatina con su imagen para ponerla en la luneta trasera del coche, en llamativos colores y con el lema “ser tu hijo, un orgullo”. No contento con eso, convenció a un primo suyo, orfebre, para que le confeccionara un pin en oro de 18 kilates con la silueta materna, para llevarla siempre en la solapa, cerca del corazón. La pobre mujer poco había podido hacer para corregir la conducta de su Marianín, pues murió cuando los niños comenzaban a dejar de serlo, pasando de asustar a las chicas persiguiéndolas, a fumar con ellas a escondidas en los rincones del barrio. El padre nunca quiso meter baza en ese asunto, pues bastante tenía con sus propios problemas y con sacar adelante a su menguada familia. El único que intentó -al principio- apelando a la sensatez, que su hermano dejase de hacer el payaso, fue Luisito. Lejos de amilanarse, el otro siempre le reprochaba que no amaba a su madre, que si la quisiese como debía ser, haría lo mismo que él y estaría orgulloso de ello. Finalmente, Luisito dejó de insistir en lo que vio era una batalla perdida, así que cuando tenían que ir juntos a alguna parte, en cuanto podía se apartaba prudentemente para no oír los exabruptos de su hermano, que curiosamente, siempre encontraba algún sarnacho que se le unía, o que, conociéndole, le azuzaba para reírse a su costa. Y no crean que el tiempo, que dicen da sabiduría, mejoró las cosas. Marianín, con los años fue haciéndose cada vez más intransigente, y arrogándose el papel de hermano mayor y maduro (había nacido unos minutos antes que Luisito), aprovechaba cualquier situación, fuese propicia o no, para menospreciarle: -“Mal hijo, tú nunca has querido a mamá”. Luisito, juiciosamente, le daba la espalda cabizbajo por no discutir, pues, en el fondo, le tenía mucho aprecio a su hermano. –“No hagáis caso al tío –decía a sus hijos-, siempre está bromeando”.


Moraleja.

Ya sé que esta historia les puede parecer absurda y sin sentido, pero cambien la palabra “madre” por “patria” o “España” y ya verán, ya...

Aprovecho para desearles unas buenas fiestas, y que lo peor que les pase en el nuevo año, sea como lo mejor que les ha pasado en éste que ahora acaba. ¡Salud para todos!

lunes, 17 de diciembre de 2007

Aniversarios

Así, como quien no quiere la cosa, tal día como hoy, pero hace justo un año, comencé a darles la tabarra en este bloc de notas digital. ¡Cómo pasa el tiempo! Si no recuerdan cuál fue la primera entrada, aquí les pongo un enlace. Como soy nuevo en esto, no sé si en estos aniversarios hay que hacer algún tipo de celebración. Infórmenme si se enteran de algo, pero me haré una cervecilla por si acaso.

Tal día como hoy también, pero hace unos cuantos años más -74 para ser exactos-, mi abuela María dio a luz al mayor de sus hijos, mi padre. Como no oye, no lo llamaré por teléfono, así que aprovecho para enviarle dos besos desde aquí. Espero que la brisa nocturna se los haga llegar, aunque, por si soplara de poniente, ya se los adelanté ayer en persona. Feliz cumpleaños, papá.

martes, 11 de diciembre de 2007

El Mercat Central

Los sábados por la mañana, me gusta ir al mercado con mi mujer y mi hijo. Disfruto del paseo entre carnes, frutas y verduras, saludando a algunos conocidos y “fentme la charraeta” con los placeros de los puestos en los que solemos comprar. Somos animales de costumbres y casi siempre vamos a los mismos sitios. Con los años hemos ido separando el grano de la paja y, finalmente, tenemos –creo- la selección de “paraetes” ideal. Además, aprovechamos luego para hacernos, una vez acabada la compra, la cervecilla y la consiguiente tertulia con los amigos en un bar cercano (lo mejor del fin de semana). Pues bien, volviendo al mercado, este pasado sábado encontramos en los puestos una especie de marca-libros, impresos a dos caras –en valenciano una y en castellano la opuesta-, con el horario especial de navidad. Me parecieron tan bonitos –y prácticos- que he creído conveniente reproducirlos aquí. Felicidades a quien corresponda.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Los "mantecaos" del Guingo

Cuando yo era pequeño, mi abuela -y en ocasiones también mi madre- hacía magdalenas, rollos y otras pastas en casa. Esas tardes, que recuerdo como algo muy especial, se trajinaba en la cocina entre grandes lebrillos -vidriados en tonos verdes y ocres- y aromas de huevo batido, canela y ralladura de limón. Aún las veo con los delantales de grueso algodón, arremangadas hasta los codos y enharinadas casi hasta la misma altura. Yo ayudaba en lo que podía, pero la mayor parte del tiempo la pasaba chupándome los dedos y mirando boquiabierto el ritual: desde la mezcla de ingredientes y posterior amasado, hasta el volcado en moldes. Otro de mis momentos favoritos, era –en el caso de los mantecados- cuando esparcían la masa y troquelábamos las figuras con los moldes de hojalata. Con el sobrante, mi abuela me dejaba improvisar figuras libres: lagartijas, conejos... que más tarde el horno se encargaba de deformar. El paso final era llevar las llandas* –andando, claro- al horno de Carmelo, que estaba –y aún está, con otro nombre- en el Paseo de los caídos. Cerca de las navidades, este trajín se multiplicaba por tres, pues se preparaban muchas más variedades -mantecados, murcianos, coquitos y almendrados- y cantidades, pues siempre había algún voluntarioso vecino que al grito de “¡che, quina oloreta mes bona! Qué esteu fent, mantecaos?”, asomaba la cabeza entre las cortinas de la cocina (la puerta de la calle siempre estaba abierta), auto-invitándose para cuando estuviesen acabados. Aparte de esto, también eran muy frecuentes las visitas familiares, que muy amablemente contribuían a que las pastas no se secasen en la despensa, ni el “vi dolçet” o el “mesclaet” se evaporasen. Se comía y se bebía sin pensar en colesteroles ni triglicéridos ni en ningún otro fantasma que amenazara la conciencia. Luego, si alguien dejaba este mundo, se preguntaba: “De qué ha mort fulanico? Las respuestas posibles eran: “De repent”. O “de mort natural”. O “de un síncope”. O “de una cosa roina”. Pero nunca se achacaba la muerte a ninguna de las plagas que asolan al hombre moderno (seguro que por desconocimiento, aunque los ilicitanos somos muy sabidos).

Cuando mi abuela dejó la vieja casa en la calle San Pascual, se acabaron las tardes de “pastar”, al menos por navidad. Mi madre siguió haciendo esporádicamente magdalenas, esta vez a menor escala y en el horno de butano de casa, pero acabó imponiéndose la practicidad –y la comodidad, creo yo- al "caserismo", lo que nos permitió descubrir las especialidades de los profesionales. Por ejemplo, los mantecados del Guingo, casi tan buenos –entonces- como los de mi abuela.


* La palabra llanda no aparece en el diccionario de la RAE. Aquí siempre se ha llamado así a las planchas de latón que se utilizan en las panaderías para hornear las pastas, o la coca por ejemplo. Pero también se llama así a las latas (de conserva, de aceite, o de lo que sea). Incluso se traduce también así como sinónimo de pesadez: -No me dones la llanda.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Los convites

Hace poco estuvimos en una boda. Se casó una de las hijas de mi buen amigo Antonio, y mientras dábamos una vuelta esperando a que llegara la hora de la cena, salió a la conversación el tema de los convites de antes. Esos de sillas plegables de madera, de mesas muy largas de aglomerado con manteles de papel. Sobre ellas, patatas fritas, olivas rellenas, almendras, jamón y queso, y aquellos pequeños bocadillos, envueltos en una fina servilleta de papel, que casi siempre eran de bambi, con jamón york, chorizo, salchichón, tortilla y atún con o sin tomate. Estos últimos eran los más fáciles de distinguir, pues al aceite empapaba el envoltorio, tornándolo transparente. Para beber, cerveza, Pepsi y Mirinda a gogó –o Crush, dependiendo del sitio o del presupuesto-. Nadie, que yo recuerde, bebía agua (ya que ibas a un convite, había que hacer gasto), y el vino estaba reservado a otro tipo de banquetes, de más postín. Al principio se celebraban en naves preparadas al efecto, o en otras del celebrante o de algún familiar cercano que, teniendo un uso totalmente distinto a diario, se adecuaban para ese fin ese día concreto. Luego se fueron trasladando a restaurantes con grandes salones, casi siempre de la periferia (El Peñascal, Rosita, etc.) que acabaron especializándose en estos menesteres, mejorando –supuestamente- los menús y las comodidades. Las familias más pequeñas, y sobre todo, con menos posibles, alquilaban a veces un local cerca de casa donde celebrar con los parientes y amigos el evento de turno (boda, comunión o bautizo), colaborando los más allegados en la preparación y en el servicio de las viandas, que pasaba a ser autoservicio una vez consumida la primera tanda. Cuando la fiesta acababa, bien avanzada la tarde, siempre se quedaba alguien para ayudar a recoger y limpiar. Luego, por la noche, grandes y pequeños caíamos en la cama rendidos, como si viniésemos de cavar mil hoyos, pero con una sonrisa en el corazón.

martes, 27 de noviembre de 2007

Los sabios... ¡casi na!

El pasado viernes, los últimos rescoldos del Grupo Ilicitano de Astronomía –el grupo de sabios según algunos-, decidieron reunirse para recordar viejos tiempos. Como la asociación nunca dispuso de local propio –ni cedido, ni de alquiler, ni de ninguna otra forma que se les ocurra-, siempre tuvo que recurrir a cafeterías u otros negocios de restauración para celebrar sus reuniones. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde la última junta oficial –la de disolución y liquidación de bienes-, celebrada en los altos de El Boquerón de Plata (con esto pueden hacerse una idea de los años que han pasado), es lógico pensar que los ex-miembros hemos ido ganando, en crecimiento paralelo al de la edad, en nivel adquisitivo (en pocas palabras, que nos estamos aburguesando). Esto nos llevó a escoger un sitio acorde a la importancia de tan magno evento, decidiéndonos por El Asador Ilicitano, que no nos defraudó en absoluto. Entre aromas de “hígado de pato con verduritas salteadas”, o “jamón de bellota con cama de huevo y papas”, fuimos desgranando nuestros recuerdos, que llegaron al súmmum cuando Ramón (el Sr. Presidente para nosotros), echó mano del baúl de los recuerdos y rescató algunas fotos que hicieron que a algunos se nos saltasen las lágrimas -de la risa más que de la emoción, todo hay que decirlo- ¡Qué jovencitos estábamos todos! Esas imágenes fueron el acompañamiento perfecto en la sobremesa, cuando ya comenzaban a hacer efecto los vapores de los vinos que habíamos degustado durante la cena, y de los licores que estábamos apurando en esos momentos. Aún tuvimos valor para escaparnos a hacernos unas caipirinhas –caipiroski en mi caso- y nos despedimos prometiéndonos el repetir al menos una vez al año, para no perder el contacto (ni la salud, pues a nuestra edad, esto no se puede hacer todas las semanas sin poner en peligro nuestras lindas analíticas). A ver si me llega alguna imagen, oiga, y se la pongo por aquí.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Homenaje

Después de una semana movidita en los terrenos familiar y laboral (lo primero es lo realmente serio y preocupante, lo segundo es un problema de educación, y no mía precisamente), vuelvo aquí para darles la paliza. Siento haberles tenido abandonados durante tanto tiempo, queridos cuatro lectores. Espero que la próxima semana esté la situación totalmente normalizada y las aguas vuelvan a su cauce. Mientras tanto, aquí les dejo esta joyita, extraída de la segunda parte de “El Quijote”, que como algunos sabrán, es lo que ando leyendo. Para redondear el momento, y como un pequeño homenaje a los genios, imagínenla –si quieren-, en la voz de Fernando Fernán Gómez, quien también ha decidido dejarnos esta semana:

“...en esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban la norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones del Oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus cabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose las yerbas, parecía asimesmo que ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar; los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse los prados con su venida...”


¿Se puede escribir algo más bonito?

jueves, 15 de noviembre de 2007

Se separan los Duques de Lugo...

... y aún no ha echado nadie la culpa a Zapatero.

Inaudito.

El correfoc

Ya me pasaron las fotos. Bueno, para ser sincero, hace una semana que llegaron a mis manos, pero no he tenido tiempo de seleccionarlas y reducirlas para ponerlas aquí. Tal y como les prometí, gracias a la colaboración de Daniel Invigorates San, intrépido reportero que obtuvo estas imágenes con gran riesgo para su integridad física y de la de su cámara –como podrán apreciar en alguna de ellas-, aquí están las fotos del correfoc, evento que prácticamente puso punto final al Festival Medieval 2007, que, como ya dije antes, me ha parecido el más flojo de todos cuantos he visto.

A disfrutar.


martes, 13 de noviembre de 2007

Yo sobreviví a dos Oktoberfest

Si de viajes hablamos, tengo dos espinitas clavadas que algún día, espero que no muy lejano, me sacaré. Una es la de los mercados navideños en Alemania –o en Suiza, donde llevan unos años muy en boga-, con su nieve, su vino caliente, sus pastas, y sus puestecitos de madera. Más que para comprar –que también-, creo que iría a empaparme del ambiente. La otra espinita, más gastronómica si cabe, es la Oktoberfest (La Fiesta de la Cerveza), en Munich. Al precio que se han puesto los vuelos, no sería de extrañar que nos hiciésemos el ánimo cualquier año, y un fin de semana nos dejásemos caer por allí. Mientras tanto, nos tendremos que conformar con las que las colonias alemanas celebran en España, por ejemplo en Calpe. El año pasado estuvimos a punto de ir, pero finalmente no lo hicimos. Este año, que ya lo teníamos decidido, coincidió la fecha con la de la mayor tormenta que ha conocido la pequeña ciudad vecina, que aún está recuperándose del diluvio. Para compensar, hicimos provisión de cerveza alemana en varios formatos (barriles y botes de distintos tamaños y marcas) y de salchichas de varios colores y sabores, que degustamos tranquilamente en casa en compañía de los amigos. De esto hace un mes más o menos, pero la recuperación ha sido larga. Para redondearlo, mi cuñado Juan, con motivo de su cumpleaños y el de mi amigo Vicen, que caen en la misma semana, decidió que sería una buena idea el celebrar, el pasado sábado, otra Oktoberfest en su casa, con un barril de Alhambra especial, quesos variados y otros productos de la tierra (lo digo por el cerdo, que anda y se revuelca por ella). Si a ello añadimos un par de botellitas de vino, una de cava (para brindar), una riquísima tarta, un litro de pacharán Ziordiak, que trajo Alberto desde Estella, de la cosecha familiar de su señora, unos licorcillos alemanes en botellitas mini* y dos cajas de puritos, obtendremos una bonita resaca (o convalecencia según los casos) que amenizó nuestra mañana de domingo (yo no pude, porque tenía que arreglar la lavadora). Hay que tener en cuenta, además, que fallaron 4 comensales, y a los que quedamos no nos gusta dejar cosas en la mesa. En fin, para que se hagan una idea, ahí va una foto en la que capté algo de la felicidad del momento. Si quieren ver más, no tienen más que pedirlo.


*Ya sé de dónde sacó Andrés Montes lo del tiki-taka. Es una costumbre alemana de, en las sobremesas, sacar estas pequeñas botellitas de licor de hierbas, o de higo con vodka, que tienen un número de dos cifras en el culo. Antes de iniciar la ronda, se decide si pagará el que tenga el más alto o el más bajo, se golpean las botellas contra la mesa diciendo lo de tiki-taka hasta que se forma espumilla en su interior, y entonces se apuran de un trago. Se comprueba quién ha sido el perdedor, y se inicia una nueva ronda... Para que luego digan que en los mundiales no se aprende ¿eh, Salinas?

jueves, 8 de noviembre de 2007

De "empastrás"

De todas mis travesuras infantiles, hubo dos que no olvido y que no tuvieron daños colaterales, es decir, nada ni nadie salió perjudicado, salvo el protagonista: yo mismo.

En la primera de ellas recuerdo que, un sábado por la mañana, mi madre se fue al mercado dejándonos a mi hermana y a mí solos en casa (entonces en las fábricas se trabajaba hasta el sábado a mediodía, y donde lo hacía mi padre no era una excepción). Nos dejó los bocadillos preparados para almorzar y me dio permiso para beberme un culín de un vaso pequeño de moscatel (no se escandalicen, entonces era muy frecuente que los niños bebiésemos algo de alcohol con las comidas, en domingos y ocasiones especiales. Normalmente un poco de cerveza, pero a veces también un dedito de vino, que según mi abuela materna, hacía sangre). Nos sentamos a almorzar en el suelo, en la puerta misma del “pastaor” (la despensa), junto a la pequeña garrafa que contenía tan goloso néctar. Me serví “un poquito” más de lo que mi madre me había dicho, e intenté convencer a mi hermana, tres años menor que yo, para que también bebiera, y así no podría chivarse. Por suerte para los dos, se negó en redondo. De todos modos, cuando acabamos de almorzar creo que había repuesto “el dedito” dos o tres veces, con lo que me encontraba eufórico. La euforia pronto se transformó en mareo y en un fuerte dolor de cabeza, así que pensé que donde mejor estaría sería en la cama. Y así me encontró mi madre cuando volvió, acostado y con una fuerte jaqueca. En la misma postura me halló mi padre, y cuando se acercó para darme un beso, el fuerte aliento del moscatel le echó para atrás. Interrogaron a mi hermana y cantó de plano. No tuve más castigo que la resaca, que no fue poco, y la regañina de mis padres, cuyas amonestaciones retumbaban en mi pobre cabeza.

En la otra, sufrí un ataque de “colgate”, aunque tal vez fuese de “profiden”. En mi casa, mi madre siempre utilizaba para lavarse los dientes perborato de sosa. Estos eran unos polvos que se depositaban en el cepillo y al contacto con la humedad se tornaban rosáceos. De un sabor asquerosillo, nunca pude entender cómo era tan aficionada a ellos. Cuando entre todos logramos convencerla de que nos comprara pasta “normal” (ella siguió usando el perborato), casi hacemos fiesta en casa. Con la novedad del primer tubo, ese sábado creo que me lavé los dientes un par de veces seguidas, pero como aún no tenía la sensación de frescor que anunciaban por la tele, me puse a chupar directamente del dentífrico, pues lo encontraba riquísimo. Luego, escondí lo poco que quedó, para que no me riñeran. Más tarde, después de la sobremesa de los mayores, sacamos las sillas a la galería para ver la tele al fresco (dentro hacía un calor sofocante). No sé si fue la pasta que se iba secando en mis cuerdas vocales, o algún ingrediente el que afectó a las mismas, pero de repente comencé a hablar como Pepe Isbert, para alborozo de mi hermana y de mi tío Juanito, que había venido a comer, y preocupación de mis padres. Cuando ya estaban hablando de llevarme a un médico, pues mi afonía aumentaba por momentos, confesé como pude mi delito. Entre carcajadas, me enviaron –literalmente- a hacer gárgaras. La ronquera sólo me duró hasta el día siguiente, pero tuve cachondeo durante mucho, muuuucho tiempo.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Jaime

De toda la pandilla, Jaime era quien tenía una imaginación más inquieta, puede que alentada por las lecturas de los tebeos que compraban sus hermanos mayores. Era él quien nos ponía los motes, pero sin que estos fuesen excluyentes ni hicieran alusión a defectos físicos o de otra índole (él tenía los ojos achinados, llevaba gafas y bizqueaba un poco, y tal vez por eso era especialmente sensible en ese sentido). A mí, por ejemplo, me asignó el de “Artillería Schmidt” (aunque él decía que se escribía Ximis’t, como las pilas). No sabía explicarnos el porqué de los apodos que nos endosaba, simplemente pensaba que era el que mejor nos “pegaba” a cada uno. Aparte de esto, tenía unas “salidas” muy graciosas, fuera de lo común. Era un estudiante no muy brillante, y en una ocasión en la que el profesor le preguntó algo que, como casi siempre, no sabía, le invitó socarronamente a que nos expusiera algo de sus vastos conocimientos. Lejos de amilanarse, Jaime nos dejó boquiabiertos con una historia –algo confusa, eso sí- sobre las brujas de Salem, creo. Ya no le volvió a preguntar más.

Remontándonos algo más en el tiempo (esto que acabo de contar sucedió en una clase de 8º de EGB), tuve con él algunos roces, producto del juego, que provocaron mi reclusión temporal y voluntaria. En la primera de ellas, íbamos a jugar a piratas. Fui corriendo a mi casa, y sin que me viera mi madre, cogí prestada una percha que había en su ropero, compuesta por un trozo de madera curva y un gancho. Desenrosqué éste con cuidado, con lo que quedó como un “alfanje” de los que veíamos en las películas de bucaneros. Con él escondido entre las ropas, volví a la calle, donde causó sensación entre mis amigos, armados con palos normales y corrientes. En uno de los lances del juego, Jaime no pudo esquivar uno de mis golpes, que fue derecho a su sien, provocándole un chichón y la rotura de sus gafas. Los demás, lejos de quitar importancia al asunto, fueron añadiendo leña de tal manera, que, asustado, corrí hasta mi casa y dejé todo como estaba originalmente, sin que mi madre se hubiera enterado de nada. Estuve unos días sin bajar a la calle, lo que de por sí ya era algo llamativo. Las madres, que no son tontas, saben inmediatamente cuándo ha pasado algo, así que la mía me estuvo interrogando de modo sutil hasta que, entre lo poco que yo le conté –casi nada- y lo que le contó la de Jaime, se las arregló para que bajara otra vez e hiciéramos las paces.

La segunda fue –o pudo haber sido- peor. Tengo una tía que fue emigrante, en Suiza, y cada vez que venía de vacaciones, nos traía a sus sobrinos favoritos juguetes que, o bien no existían aquí, o bien no estaban al alcance de los bolsillos de nuestros padres. En una de ellas trajo, entre otras cosas, un pequeño coche de metal, un deportivo amarillo muy parecido al de Meteoro, una serie de dibujos que hacía furor entonces. Recuerdo que lo dejábamos deslizarse por la costera, donde cogía una velocidad que le permitía dejar muy atrás a sus contrincantes, de plástico o de metal, pero peor acabados y con las ruedas mucho más “espesas”. Fue la atracción de la semana. Jaime, tal vez movido por los celos, interrumpía su carrera cada dos por tres con su pie, hasta que en una de ellas, harto de su comportamiento, le di un empujón que lo dejó en medio de la calzada, con tan mala suerte, que un coche que subía le pisó el pie (quiso la casualidad que en una calle donde apenas había tráfico, en aquel momento pasase uno). Afortunadamente, el coche subía e iba muy despacio, con lo que todo quedó en el susto y en algo de dolor, pero mi reacción fue la misma que en el caso anterior, sólo que esta vez no me esperé a ver el desenlace: cogí el juguete y salí corriendo. Nuestras madres tuvieron que intervenir nuevamente para arreglarlo todo.

lunes, 29 de octubre de 2007

Festival Medieval

Este fin de semana –y el anterior-, hemos tenido en Elche el “Festival Medieval”, con su teatro en la calle, con su correfoc y con su mercado, entre otras actividades. Este año me ha parecido más flojo que ninguno, tal vez porque no pude ver a los gaiteros del fin de semana pasado, y en éste no ha habido pasacalles. Tampoco pude ir en la noche del sábado a ver el correfoc, que era una de las cosas en la que más interés tenía (pero me tocaba turno de hospital y no pudo ser), aunque envié un corresponsal para que hiciese las fotos por mí –Dani-, quien espero me las envíe a tiempo para la segunda parte de este tema. Pero creo que lo que más me ha defraudado ha sido el mercado medieval, sobre todo porque mi sobrina –Vero- y su pareja –Marcos-, están en Argentina y no han podido participar en él como en los dos últimos años. Y ese hueco se nota. En fin, como tampoco he podido salir a “fotar” como hubiese sido mi gusto, les incluiré algunas imágenes de ediciones anteriores, para su deleite. A disfrutar.

En el 2004 vinieron los gaiteros de no-sé-dónde

En el 2005, unos abanderados italianos...

... y unos zancudos del Volga (muy cachondos ellos)

En el 2006, podíamos ver algunos puestos como éste

o como éste, con chica guapa incluida

Y este año, como dije antes, no pude ver a la banda de gaiteros "Os Trasnos", pero me encontré a este pequeño grupo, que tampoco estaba mal.

domingo, 28 de octubre de 2007

El lado bueno de fumar

A la suertuda de mi hermana mediana le ha tocado un viaje a Estados Unidos. Para que luego digan que fumar es malo. Envió un mensajillo de esos del móvil con un código de los cigarrillos que ella consume (¿o son los cigarrillos los que la consumen a ella?) y ¡zas!, viaje al canto. Tenía para escoger entre varios destinos y, tras una breve consulta familiar, se han decantado por Nueva York. Como, además, pueden escoger fecha y tienen casi un año para decidirse (ahora hablo en plural porque su marido también se va, claro), nos ha dicho que si queríamos irnos con ellos. Una semana en Nueva York, con sus rascacielos, sus telescopios, sus objetivos y otro material fotográfico, mmmm... La verdad es que apetece, pero puede resultar carísimo. Por otra parte, como lo del eclipse está cada vez más frío, pues no sé, no sé...

domingo, 21 de octubre de 2007

El billete

Todos los domingos por la tarde, sin excepción, salíamos a dar una vuelta por el centro. Por la gente que había habitualmente, creo que es lo que hacía todo el mundo. Nuestro recorrido era siempre el mismo: Puente viejo (de la Virgen), Alfonso XII, Plaça de Baix, Corredora, Glorieta (allí dábamos una vuelta, o dos, o tres, o...), carrer Ample, Les Eres de Sta. Lluçia y vuelta atrás. Para el retorno tomábamos la variante Hospital-Salvador (los nombres de las calles y plazas, evidentemente, eran otros entonces, pero me gustan más estos, así que, con su permiso, omitiré los antiguos), haciendo breves paradas en los escaparates que nos iban interesando (los mayores en Garrido, Rico Antón, Beltrán, etc., mientras que los pequeños hacíamos alto ineludiblemente en las jugueterías de Parreño o Rico, y también en la droguería Pérez-Seguí, donde vendían artículos de broma y tenían un pequeño escaparate dedicado a ellos). Los hombres –todos-, iban por la calle con su señora cogida del brazo, mientras que con el otro –algunos-, estrujaban un transistor contra su oreja, para estar al tanto de la última hora futbolística. Recuerdo también que, a partir de las ocho o así, se repartía en algunos bares y pastelerías del centro, una hoja con los resultados de los partidos. Cuando la economía lo permitía, parábamos a “repostar” en algún bar por el camino, casi siempre en “El Palmeral y la Dama” o en “Canterelles”, más cerca de casa. Yo prefería el primero, porque siempre había una ventana o algún barril donde sentarnos, pero tampoco lloraba si íbamos al otro.

Una de aquellas tardes-noches de domingo, al pasar por la Plaça de la Merçé, cogido de la mano de mi padre, mis ojos se fueron hacia un papelito que, doblado hasta lo imposible, hacía equilibrios en las sombras de la boca de una trapa (alcantarilla para los forasteros). Con ese sexto sentido que tienen los niños y las mujeres para el dinero, intenté en vano desasirme de la mano de mi padre, mientras gritaba: -“¡Un billete, un billete!”. Todos los viandantes miraban hacia el mismo lugar que yo. Por un momento parecían perros de caza, de muestra, señalando a la invisible presa, que por suerte sólo yo sabía dónde estaba. En un instante que me pareció eterno, mi padre dudó de soltarme, mas cuando vio que los demás, tal vez avergonzados, seguían su camino, liberó a su presa, que voló como un halcón hacia su botín. No lo abrí hasta que no estuve otra vez en la seguridad de su cobijo, descubriendo que era un billete de ¡veinte duros! Con él nos dimos un festín en “El Palmeral y la Dama” y aún nos sobró para repetir alguna que otra vez. ¡Qué buenos los calamares y las patatas con ajo! Pero mejor aún, es sentirte héroe durante un tiempo.


P.D.: Si algún lector ocasional puede acreditar que el billete encontrado es suyo, que se ponga en contacto conmigo que muy gustosamente le reintegraré su importe (sin intereses, claro).

jueves, 18 de octubre de 2007

Eclipse XVI - Último capítulo

18 DE AGOSTO

Pese a que tenemos más que estudiado el itinerario de vuelta, inexplicablemente nos perdemos. Nos hemos pasado la salida del aeropuerto y aunque debemos estar cerca, pues vemos el ir y venir de los aviones, no tenemos ni idea de por dónde hay que atacarle. De momento decido salir en la siguiente población y preguntar, o intentar orientarnos con el mapa. Salimos de la autovía y, sin apenas darnos cuenta, nos adentramos en la Hungría profunda. Sabemos que estamos a escasos 20 ó 30 km. de Budapest, pero el aspecto de lo que nos rodea nos hace sentirnos a años luz de distancia. Algunos puestos de melones y sandías, a precios mucho más baratos de los que hemos visto a lo largo del Balaton, nos indican que ya no estamos en zona eminentemente turística. Estos tenderetes parecen estar aquí para los húngaros y para los despistados como nosotros (tal vez no seamos los únicos). Finalmente situamos en el mapa el lugar donde nos encontramos y descubrimos con alivio que, como pensábamos, estamos cerca de nuestro destino. Suelo ser bastante puntual (podríamos denominarlo incluso como una manía), habíamos salido con tiempo de sobra precisamente por si ocurría algún imprevisto y llegamos justo a la hora en que habíamos quedado para devolver el coche. Afortunadamente, nos están esperando en el pequeño aparcamiento que hay junto a la terminal. Otra breve despedida y adentro, a facturar. El vuelo de vuelta se nos hace mucho más corto, especialmente porque la escala en Amsterdam es de apenas una hora. Es tan justa que si hubiera habido algún retraso en el primer vuelo, hubiéramos perdido el segundo. Por suerte, topamos con una eficiente señorita en el mostrador que nos factura, sin pedírselo, el equipaje hasta Alicante. Sólo tenemos que preocuparnos de cruzar el aeropuerto de Schipol de punta a punta en menos de media hora. Finalmente todo sale bien, y después de dos vuelos sin incidencias, tomamos tierra en El Altet. Primer susto. En la cinta de las maletas, todo el mundo recoge las suyas, pero las nuestras no asoman. Cuando ya empezamos a ponernos nerviosos, caemos en la cuenta de que al haberlas facturado desde Budapest, no están en esta cinta, sino en la de los vuelos “no comunitarios”, dos más allá. Al salir a la calle, volvemos a sentir la “agradable” sensación del calor levantino, que llevamos diez días sin catar. Nos recoge el hermano de Vicen, quien amablemente nos acerca a casa. Como tenemos mono de Mahou y de calamares a la romana, vamos al primer bar que pensamos que puede tenerlos, en la zona de l’Aljep. Los calamares están infames, lo que nos hace pensar que tal vez deberíamos haber esperado un poco. Mientras, mi mujer sube a casa a echar un vistazo. Segundo susto. Un hedor insoportable se ha apoderado de la casa. Al parecer, cuando nos fuimos desconectó el frigorífico sin acordarse de vaciar el congelador. En 10 días, con las tórridas temperaturas del mes de agosto y la casa cerrada, se ha podrido hasta el acero inoxidable de las bandejas. Este ha sido el curioso punto final de nuestro viaje, pero aún nos dura la felicidad del eclipse y no le damos la menor importancia al incidente. Mi mayor preocupación en esos momentos es la misma que me viene rondando la cabeza desde el día D: ¿Habrán salido bien las diapositivas?

FIN

Con este capítulo acaba el pequeño relato sobre mi primer viaje serio. Aunque después hemos salido alguna vez que otra al exterior, para mí, este viaje siempre ha sido "el viaje", tal vez porque todo lo primero deja una importante huella en nuestras vidas, o quizá porque al placer de viajar en sí, pude añadir el lujo de disfrutar de un eclipse total de sol con la impagable compañía de mi familia y de dos buenos amigos. Si tuviera que apostar, lo haría por lo segundo. Es muy difícil transmitir por escrito las emociones de los buenos momentos -y de algunos no tan buenos-, pero si no he podido contagiarles mi entusiasmo, espero al menos haberles entretenido el tiempo que han durado estos pequeños episodios. Gracias por su atención.
¡Ah!, y las diapositivas salieron bien. :-)

lunes, 15 de octubre de 2007

El Clot de Galvany

Hace unos meses, les hablé del Clot de Galvany, una zona húmeda próxima a Elche, donde he podido ver y fotografiar algunas aves acuáticas con relativa comodidad. En esa misma entrada les contaba que había visto unas fotos en un librito, tomadas en Agosto de 1990 por Vicent Sansano, en las que apenas había muestras de la salvaje explotación a que ha sido sometido nuestro litoral en los últimos tiempos. Por gentileza del autor, paso a mostrárselas para que lo comprueben ustedes mismos: A continuación les incluiré otras dos, tomadas por mí en agosto de este año, es decir, 17 años después. Como verán, el paisaje ha cambiado un poco:
Los mayores abusos urbanísticos se han cometido en el área correspondiente al Ayuntamiento de Santa Pola, pues las construcciones han llegado hasta los mismísimos límites del paraje natural. Al atardecer, es posible que a algún propietario se le cuele por las ventanas, junto con los mosquitos, algún ave despistada. En esta otra foto, tomada de Google Earth, podrán ver mejor lo que les digo (pese a no ser muy actual). La flecha roja, al igual que en la anterior, señala el lugar donde se encuentra la charca de contacto. También podrán apreciar que, en la zona que depende del consistorio ilicitano, su presunto protector, se comienza a construir peligrosamente cerca. ¿Cuánto tiempo le queda al Clot?

viernes, 12 de octubre de 2007

Don Honorato

Durante algunos años –tres concretamente-, acudí a la Escuela Unitaria nº 1, dirigida por D. Honorato en la calle Alfonso XII, frente a CODESA (la empresa eléctrica de entonces, que luego fue absorbida por Hidroeléctrica Española). Era éste un señor bajito, incluso para la época, de pelo ralo y engominado, ojos pequeños, muy vivos, boca de labio fino, rematado el superior por un bigotillo largo y estrecho, pegado a él (al estilo jefe local del movimiento). Sus manos, menudas y gordezuelas, nos parecían tenazas. Con ellas manejaba magistralmente una regla de madera, cuadrangular y maciza, pintada de negro, que no se rompía jamás, (aunque tenía otra en el cajón, por si se diera el caso). De su persona circulaban muchos rumores, y ninguno bueno. Uno de ellos contaba que había estado en la cárcel por haber arrancado la oreja a un alumno. Los más benévolos decían que había sido denunciado por malos tratos en varias ocasiones. En el tiempo en que estuve a sus órdenes, sólo puedo decir que aprendí lo que no hice con otros, pero también fui testigo de su crueldad. A los castigos habituales –entonces- de estar arrodillado con los brazos en cruz, con algunos libros en cada mano, el de la colleja de efecto sedante, o el de los golpes en los dedos con su regla negra, añadía algunos de cosecha propia, como el tortazo sin retroceso. Lo llamábamos así porque con una mano te cogía de la oreja y te doblaba la cabeza, dejando preparado el lado contrario para el sopapo a mano abierta. No había escapatoria. El cráneo te quedaba como aprisionado entre dos paredes, y el oído te zumbaba durante un buen rato. Afortunadamente, yo era bastante aplicado en aquella época y recibí pocos castigos de este tipo, pero pude contemplar bastantes correctivos aplicados a mis compañeros, sobre todo a los más torpes. Tenía la escuela –una casa vieja, con retrete turco, de los de agujero- tres filas de pupitres, una para cada curso. Los mayores (de unos 9 años, pues eran los de tercero) se sentaban a su derecha, y uno de ellos era el encargado de vigilar la clase en las ocasiones en que él salía a tomarse un café al bar Pic-nik. En una de ellas, el vigilante de turno no pudo controlarnos y a su regreso, D. Honorato nos sorprendió en plena barahúnda. Sabedor del castigo que le venía encima, al pobre chico no se le ocurrió otra cosa que echar a correr hacia el fondo de la clase, mientras que el enfurecido profesor reaccionó con otra idea igualmente genial: tirarle un timbre de hierro que tenía en su mesa para imponer silencio, que pasó por encima de nuestras cabezas, rozándonos las coronillas, y fue a estrellarse contra la pared, a escasos centímetros de la cara del aterrorizado muchacho, abriendo un desconchón tan grande como nuestro susto. Si llega a acertar, lo mata. Otra escena que recuerdo con mucha pena, es la de otro niño, larguirucho y desgarbado, especialmente torpe en algunas materias. Tenía un cuello larguísimo, que destacaba mucho más con los cogotes rapados que lucíamos entonces, y en él se cebó el maestro, una tarde en la que tuvo la desgracia de ser llamado a la pizarra. Con la famosa y temible regla negra, le daba unos golpes tan fuertes en el pescuezo, que me duele sólo de recordarlo. Fueron tantos y propinados con tanta saña, que no sé cómo no perdió la consciencia. De vuelta a casa, en el tramo en que coincidíamos, no podía dejar de mirar las marcas moradas que la vara le había dejado, y las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos y que su orgullo reprimía. Todos pensábamos que el profesor esta vez se había pasado y que recibiría su castigo. Cuando al día siguiente vimos aparecer a la madre de nuestro compañero, estábamos convencidos de que le iba a cantar las cuarenta. Para decepción nuestra, no sólo no le afeó su conducta, sino que le animó a seguir castigando a su hijo cuantas veces hiciese falta, pues –según ella- era un cazurro. Con madres así, la madrastra de Blancanieves era un hada madrina. Pese a todo, en lo didáctico no era un mal profesor, y cuando cerraron su colegio y nos llevaron a todos –él incluido- a Las Graduadas, había entre nosotros un sentido del compañerismo que no existía entre el resto del alumnado. Era una especie de complicidad que nos unía aunque no estuviésemos en la misma clase (no sabría decir si gracias a él o pese a él). Y en lo académico, nuestros nuevos profesores se asombraban al ver nuestra caligrafía, nuestra ortografía y nuestra disciplina, aunque en algunas cosas –pocas, la verdad- andábamos un poco descolgados, por haber seguido un método ajeno al utilizado en las escuelas públicas de entonces.

Hace tiempo que no le veo, quizá haya muerto ya, pero he seguido saludándole cada vez que me lo he tropezado por la calle, y no he podido evitar pensar cómo un hombre de su estatura (metro y medio aproximadamente) podía parecernos tan gigantesco.


domingo, 7 de octubre de 2007

La paloma

No recuerdo si la oí antes de verla, pero lo cierto es que había, en nuestro pequeño balcón, una paloma. No era una de las que vivían -y viven- en el Parque Municipal, de éstas de un blanco rabioso –que se convertía en blanco roñoso cuando las veías más cerca-, sino de las grises, de las que pintan para competición y creo que llaman deportivas. De un color o de otro, allí estaba, rendida e incapaz de volar, probablemente herida. Se dejó atrapar con una levísima resistencia por mi madre, quien había acudido alarmada por mis gritos: -“¡Mamá, corre, hay una paloma en el balcón! ¡Date prisa que se escapa! ¡Correeeee!”. El botín fue depositado en una chivata* de nylon, hasta que llegase mi padre y decidiera qué había que hacer. No había en el barrio nadie que tuviese ese tipo de animales, así que, mi padre pensó que seguramente habría venido desorientada desde más lejos, pero no estaría de más “respetarla” hasta el fin de semana siguiente, por si viniese alguien a reclamarla. Mi abuela materna, que vivía muy cerca, criaba en la terraza –como otros vecinos- algún que otro animalillo para el consumo doméstico, así que no nos resultó muy difícil conseguirle alimento para esos días. Como a ella no le gustaba esa carne y a mi madre tampoco, cuando llegó el día “D” (“D”el último viaje de la paloma), la llevamos a casa de mi otra abuela, quien la recibió con los brazos abiertos. A mi hermana y a mi nos explicaron que la trasladábamos porque nuestra casa era muy pequeña y allí no podía estar, pero cuando a la semana siguiente volvimos otra vez de visita, nadie supo aclararnos, sin titubeos ni medias sonrisas, cuál había sido el destino del animal. Aunque sospechábamos lo que había ocurrido, tuvimos que aceptar la versión oficial -que había escapado-, como en el NODO.

* Me refiero a esas de colorines que utilizábamos para ir a la plaza (al mercado para los no ilicitanos). Plegadas ocupaban muy poco espacio y tenían, sin embargo, una gran capacidad. Su mayor inconveniente eran las asas, demasiado finas, que se clavaban como cuchillos en los dedos en cuanto llevaban algo de peso. Mi hermana y yo las odiábamos por eso.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Eclipse XV (penúltimo capítulo)

17 DE AGOSTO


Es nuestro último día completo en Hungría. Decidimos comprar algo para comer en casa y cenar fuera, para así poder hacer las maletas tranquilamente. Nos dirigimos hacia la carnicería que hay al otro lado de la carretera. Como no hemos cambiado de continente, los animales son los mismos que estamos acostumbrados a consumir. Tal vez se corten y despiecen de distinta forma, pero eso también ocurre en España. Compramos unas chuletas de cerdo y patatas y huevos para hacer una tortilla. Habíamos traído una botellita de aceite de oliva desde casa y vamos a exprimirla. Pensábamos que nos iba a sobrar cerveza la última vez que compramos, pero si nos descuidamos, aún nos falta. Después de la sagrada siesta, empezamos a recoger y a hacer las maletas. Por la noche, vamos a cenar a la Torony Csarda, para despedirnos. Allí ya nos conocen y conocemos la carta, aunque aún nos llevamos una sorpresa. Decidimos cenar “suave”, pues hemos comido bastante y no tenemos mucho apetito, además de que queremos pasar una noche tranquila, pues al día siguiente hay que madrugar. Para Pepe pedimos una tortilla con jamón y Vicen, después de pedir un plato de pasta, pregunta, con señas y con nuestro inútil inglés chapurreado, si lleva carne. Por fin se hace entender y el camarero, con una sonrisa, le contesta afirmativamente. Cuando nos traen la cena, sus espagueti llevan por encima tres hermosas chuletas de cerdo. Nuestras carcajadas aún retumban en el comedor, cuando traen el plato de Pepe, una tortilla de tamaño familiar que habría servido para cenar dos o tres personas. Como despedida no está mal, pero lo que pretendíamos que fuese una cena “light”, se ha convertido en una comilona en toda regla. Afortunadamente, los precios siguen contenidos, la cerveza estupenda y el ambiente tranquilo y amable. Todo un lujo en estos tiempos. Nos despedimos de todo el mundo con pena. Mañana a estas horas, estaremos cenando en casa, a cientos de kilómetros de aquí...

Continuará...

viernes, 28 de septiembre de 2007

Cumpleaños - 2ª parte

Y para que nadie se sienta discriminado –en especial el celoso de mi hijo-, aquí llega esta segunda parte dedicada a los cumpleaños. En septiembre abundan –o abundaron- los nacimientos, al menos entre mis familiares y amigos. A saber: el día 7 fue el de mi mujer, el 20 el de mi hijo, el 21 el de mi amigo Alberto, el 23 el de mi hermana pequeña, el 28 el de mi hija y el de mi amigo Paco, y para terminar, el de mi sobrina Vero el 30. Y vamos a dejar de lado las onomásticas, porque esta entrada trata sobre los aniversarios, pero también me coincide alguna, también. Y es que las navidades, como todos saben, invitan al acercamiento, pero ya ven lo que ocurre cuando uno/a se acerca demasiado...

Cumpleaños - 1ª parte

Hoy, 28 de septiembre, es el cumpleaños de María, mi hija. Pero también lo es de mi buen amigo Paco, de Madrid (otra casualidad, ¿no?), aunque éste nació unos cuantos años antes que aquélla. Nos conocimos en Burgos, hace mucho, muuuuucho tiempo, “sirviendo” a la patria. Llegó al Gobierno Militar de la mano de Miguel, otra víctima del destino (y del desatino). Enseguida congeniamos, y de esa afinidad surgió un trío –permisos y rebajes mediante- inseparable. Desde entonces no hemos perdido el contacto, aunque Miguel se ha ido distanciando un poco. Con Paco hablo de vez en cuando por teléfono, nos escribimos tarjetas por navidad, y ahora, con Internet, chateamos. Además, esporádicamente se deja caer por este su blog y bajo el pseudónimo de Pericles, deja prueba escrita de ello. Teniendo en cuenta la distancia que nos separa, creo que mantengo con él un “roce” más frecuente del que conservo con otros amigos más cercanos geográficamente. Este año, sin ir más lejos, nos hemos visto en dos ocasiones: en el conciertazo de Roger Waters en Barcelona, y en Madrid hace unas semanas. No está mal.

Aún recuerdo una tarde del final de aquel verano, en la que, sentados en los escalones que daban al patio del Gobierno Militar, charlábamos sobre mi inminente licencia –yo era de un reemplazo anterior al suyo- y él sentenció: -“No nos volveremos a ver. Tú te irás por un lado, nosotros por otro y cada uno a sus cosas. Al principio tal vez nos llamemos y hablemos algo, pero luego, todo pasará al olvido y nuestra amistad será una anécdota más de la mili” . Ya le advertí que, al menos por mi parte, no iba a ser así. Creo que el tiempo ha acabado dándome la razón.
Aquellos "maravillosos" años

Feliz cumpleaños, amigo. Feliz cumpleaños, hija.

martes, 25 de septiembre de 2007

Sun Wu-Kung (Son Go-ku para los amigos)

Acabo de leer un librito titulado “Viaje al Oeste. Las aventuras del Rey Mono”. La obra, editada por Siruela en un solo tomo de 2260 páginas, impreso en papel biblia y con una tipografía minúscula, es, sin embargo, de lectura muy amena. Si les interesa el argumento, pueden encontrar una amplia reseña en Paralaje, una página amiga. Hace cosa de un año, o quizás algo más, acabé otro “tocho” de igual o mayor tamaño: “Las mil y una noches”, editada por Planeta en dos tomos de 1500 ó 1600 páginas cada uno, en traducción del maestro Juan Vernet (de esta misma traducción, Galaxia-Guttemberg ha sacado ahora una edición muy bonita y lujosa en tres tomos, aunque a precios prohibitivos). Después de estos dos aperitivos, creo que ya no tengo excusa para no leer “El Quijote”, al que me he resistido durante años. Esta supuesta aversión –que no lo es en absoluto- podría venir de mis tiempos de estudiante, en los cuales las prácticas de mecanografía las hacíamos con fragmentos de la gran obra de Cervantes. Fueron dos los años en los que repetí, machaconamente, los párrafos que habían seleccionado los autores de aquellos libros de texto, así que llegué a aprender algunos de memoria. Creo que ha llegado el momento de recordarlos.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Malos tiempos - tiempos malos

Mi padre está mal. Hace cosa de año y medio más o menos comenzó a quejarse de un dolor de oído que finalmente, tras mucho peregrinar entre médicos y sanadores de todo pelaje y condición, le fue diagnosticado como una Otitis Externa Maligna (me van a permitir que la escriba así, en mayúsculas, pues se trata de una enfermedad grave). Desde entonces ha sufrido dos intervenciones quirúrgicas y ha recibido tratamientos con antibióticos de lo más agresivos, pero “el bicho” sigue ahí, atrincherado en su cabeza y actuando como una auténtica carcoma, minando su salud poco a poco, sin prisa pero sin pausa. Aparte del dolor que lleva sufriendo todo este tiempo –los parches de morfina, en conjunción con Nolotil y otros analgésicos mínimamente lo alivian-, ha sufrido una pérdida de peso importante –con 1,72 m. de estatura, ahora pesa 56 Kgs.-, lo que le ha provocado una debilidad que le ha obligado a utilizar un andador, aunque ya apenas se levanta. Aparte de todo esto, psicológicamente ya ha tirado la toalla, pues ha asumido que lo suyo no tiene remedio. Es una persona prácticamente ciega –la diabetes lo dejó así a los cincuenta y pocos- y sorda –otras secuelas de la actual enfermedad-, así que, durante todo el día, su único entretenimiento consiste en cavilar sobre ello y en soportar el dolor que lo atormenta y lo consume. Es normal que ya ni le pueda arrancar una sonrisa.

Por todo esto, no puedo evitar pensar que, en cualquier momento, me llamará mi madre para darme la mala noticia. Sobre todo los días nublados, como estos que tenemos ahora, en los que siento una especial inquietud. Pero no les hablo de un nublado normal, no, sino estos en los que todo el cielo aparece encapotado y gris, claro u oscuro pero gris, y en los que llovizna intermitentemente. Son días que atraen a la tristeza y a la melancolía, por no decir a la muerte. Esta “manía” (llamémosla así), la tengo desde niño, pues en días de estos cenicientos, siempre había en mi barrio algún entierro. La vida está llena de casualidades (llamémoslas también así) como ésta...

domingo, 16 de septiembre de 2007

Gredos – 2ª parte

Una bonita combinación de colores junto a La Plataforma


Llevábamos dos años saliendo al extranjero* (a Eslovenia y a “Las Cotswolds”, en la campiña inglesa) con nuestros amigos Dani y Rocío, pero este verano, por serios problemas familiares, no quisimos aventurarnos a reservar nada por si se complicase el tema, cosa que lamentablemente ha ocurrido, aunque cuando ya habían pasado las vacaciones. Como a principio de agosto todo estaba tranquilo, decidimos ir unos días a Gredos (si me conocen y/o siguen este blog, ya sabrán que es uno de mis sitios favoritos) y a Madrid, a ver a mi buen amigo Pericles y familia, y de paso visitar el Parque Warner, pues mi mujer e hijo estaban deseando hacerlo. Al ir solos, nos pareció mejor reservar habitaciones en “La Mira de Gredos”, en Hoyos del Espino, sitio que ya conocemos de otros viajes y lugar recomendable donde los haya. Aunque las habitaciones pecan de pequeñas, y los colchones SÍ acusan el paso del tiempo, es un hostal limpio y tranquilo, regentado por la muy atenta familia Hinojal, donde además, comer es una experiencia que no deberían perderse (esto no es publicidad, aunque lo parezca). Si bien nos alojamos en régimen de media pensión, acabamos comiendo allí todos los días, y es que, en mi opinión, no hay sitio mejor en toda la Sierra.
En cuanto a visitas, hemos hecho las mismas de siempre, y es que no me canso de pasear por el pinar, o de caminar río abajo (o arriba), o de buscar a mi amigo el mirlo acuático en Valdehascas... Aunque este año, en lo que a fauna se refiere, hemos tenido alguna sorpresa muy agradable. Una de ellas fue conocer a Clara, una joven bióloga que organiza observaciones guiadas de aves. Encontramos su teléfono en un folleto que había en el hostal, y concertamos una excursión para el viernes siguiente, a las 9 de la m
añana (como bien dice el refrán: “el que quiere presumir, tiene que sufrir”). El termómetro de “La Mira” marcaba a esa hora 8 grados (temperatura de pleno invierno aquí en Elche), pero con una manga y los pelos “tiesos” nos encaminamos hacia Navacepeda de Tormes. Allí nos encontramos con nuestra simpática guía, quien en un paseo de unas 3 horas, nos fue descubriendo algunos pajarillos que ya conocíamos (verdecillos, pinzones, alcaudones, carboneros, colirrojos, lavanderas, agateadores, trepadores azules, abejarucos...) y otros inéditos para mí, entre los que destacaré al mito. A través de su telescopio, pude ver a uno de ellos dándose un festín con una oruga. También anoté mentalmente en mi agenda el avistamiento de currucas, mosquiteros –al papialbo tampoco le conocía-, escribanos, y a mi amigo el petirrojo, así como un buen número de rapaces: buitres negros, ratoneros, milanos negros y reales... Posiblemente me deje alguna en el tintero. Pero las sorpresas en avifauna no habían hecho más que empezar. A la mañana siguiente, me despertó un fuerte ruido en mi ventana, y al levantarme a comprobar qué era, descubrí que una collalba gris se había colado entre la doble ventana (la de fuera estaba un poquito abierta), posiblemente persiguiendo algo, y no acertaba a salir. Una y otra vez, saltaba dándose de bruces contra el cristal. Me quedé tan bobo mirándola, que cuando quise reaccionar y hacerle una foto antes de ayudarla a escapar, encontró la salida por sí misma, dejándome compuesto y sin novia. Ya que estaba despierto, cogí mis prismáticos y aproveché para ver a un grupo de jilgueros, a la familia de colirrojos tizones que anidaban en o cerca del hostal, y a varios mirlos que acudieron al jardín en busca de comida. Más tarde, camino del río en busca de caballitos del diablo, me topé con lo que creí que era un gavilán. Le hice varias fotos para asegurarme que alguna saliera bien, y ya en casa descubrí con sorpresa que se trataba de ¡un cuco! Había tenido ocasión de oírlos alguna vez, pero jamás había visto ninguno “en directo”. Por si todo eso fuese poco, al volver hacia el coche nos encontramos con mi viejo amigo el apaput –abubilla para los no valencianos-, tan desconfiado y huidizo como siempre. Si bien Clara me dijo el día anterior que por allí se dejaban ver con cierta frecuencia (de hecho, el logo de su empresa “Gredos Vivo” es una abubilla), no había tenido el gusto hasta ese momento, y eso que hemos ido veces.

Y esto es todo lo que voy a contarles sobre esta nueva visita a la Sierra. El olor a naturaleza que se respira a cada paso, ya se lo imaginarán ustedes, aunque les recomiendo que se sumerjan en él como yo lo hago: en cuerpo y alma.


*
Ya les contaré cuando tenga tiempo

martes, 11 de septiembre de 2007

Eclipse XIV

16 DE AGOSTO

Vamos otra vez a Keszthely. Allí nos sucede una de las anécdotas más curiosas del viaje. Vicen quiere comprar piezas de ajedrez del tipo “soviético”, totalmente minimalistas pero muy valoradas sentimentalmente por los aficionados a este deporte. Después de preguntar en varias tiendas, únicamente nos ofrecen las típicas piezas de plástico que podríamos comprar en cualquier juguetería de España. En uno de los escaparates, nos damos cuenta de que hay un letrero anunciando un torneo de ajedrez, donde aparecen los teléfonos y direcciones de contacto. En pleno centro, en un corredor comercial de un viejo edificio, encontramos el club, pero está cerrado. Buscamos en el plano la otra dirección y vemos que no está muy lejos de allí, así que mientras mi mujer e hijos se quedan a curiosear por el centro, nosotros dos nos encaminamos en busca del presidente. Por Vicen ya lo habríamos dejado hace rato, pero tampoco tenemos nada mejor que hacer y me lo tomo como un reto personal. Finalmente encontramos el domicilio, en un barrio humilde, o eso nos parece. En los bajos, un taller de motocicletas al estilo español de los años 70: las motos en la calle, la acera llena de manchas de aceite y el mecánico trasteando en una de ellas junto a la puerta. Nosotros, vestidos de turista, con pantalones cortos y la cámara colgando de mi hombro (como siempre), vamos causando sensación. Mientras intentamos descifrar los nombres escritos en los timbres, se abre la puerta y sale una señora de mediana edad, a quien le enseño el folleto con el nombre del buscado. Nos dice por señas que la sigamos y nos guía hasta un edificio oficial, custodiado por un guardia armado junto a una barrera. Suponemos que es el Georgikon, la primera facultad de ciencias agrícolas de Europa, fundada en 1797, o un organismo dependiente de éste. Entramos con ella en una oficina, donde trabaja otra señora de la misma edad. Intercambian entre ellas algunas frases y risitas y mientras nuestra guía hace unas gestiones telefónicas para nosotros, su compañera nos interroga sobre nuestro origen. Cuando les decimos que somos españoles, aún se alboroza más (pensaba que éramos italianos). Nos cuenta entusiasmada que estuvo en España hace unos años, concretamente en Benidorm. Todo en inglés, claro. De otras oficinas salen a vernos, atraídos por esa ruptura repentina de la rutina laboral. Mientras, su compañera ha acabado la gestión y nos informa que debemos volver al centro, al Ayuntamiento, pues nuestro personaje trabaja allí y nos está esperando. Agradecemos todos sus desvelos y nos ponemos en marcha de nuevo, no sin antes despedirnos de todo el mundo. Cuando llegamos al Ayuntamiento, otro guardia, esta vez municipal, pero de la talla XXL, nos guía de inmediato hasta el interfecto. El retumbar de sus botas por los desiertos pasillos nos transmite algo de inquietud. Pensamos que quien va a ser nuestro interlocutor dentro de un momento, debe ser alguien importante por la celeridad con que ha respondido el policía a nuestro requerimiento, pero cuando llegamos a su despacho, cambiamos de opinión. Es éste un cuartucho minúsculo, de apenas 4 ó 5 m2, ocupados en su mayor parte por la mesa y la silla del inquilino, lejas con archivadores y millones y millones de papeles, amontonados de cualquier forma y repartidos por todas partes, incluso en las dos sillas que se supone están destinadas a las visitas. Los aparta dejándolos descuidadamente encima de otro montón y nos indica por señas que nos sentemos. Me recuerda a Jabba, de La Guerra de las Galaxias, pero finalmente pienso que me recuerda más a un teniente que tuve en Burgos, cuando el servicio militar. Cuando nos habla, descubro sobresaltado que debe ser pariente suyo, pues tiene el mismo tono de voz cascado que aquél. Intentamos entendernos sin éxito, pues no habla ni papa de inglés, sólo húngaro y algo de alemán. Saca un formulario de inscripción para que lo rellenemos, pues está convencido de que queremos participar en el torneo, pero nuestras negativas y el no entendernos le sacan de quicio. Finalmente, llama por teléfono a alguien y casi al instante se presenta un joven muy agradable, quien en perfecto inglés nos va traduciendo lo que su jefe dice. Finalmente logramos hacerle entender que no podemos participar en el torneo porque volvemos a España en un par de días, coincidiendo con el inicio del mismo. El hombre resopla decepcionado cuando se lo traduce su subordinado. Cuando, además, le decimos lo que estamos buscando, nos mira como si acabáramos de bajar de un ovni, dando por terminada la conversación con un gesto y un refunfuño que no deja lugar a dudas. Salimos a la calle casi corriendo, contentos de volver a ver el sol. Vicen me explica luego, mientras comemos en la Helikon Taberna, el porqué de la decepción del “honorable” presidente. Resulta que cuando en un torneo participan jugadores de varios países, éste adquiere la categoría de internacional, subiendo puntos a nivel federativo (es por esto que la mayoría de los torneos se celebran en verano). Por lo visto le faltaba un país para conseguirlo y es muy probable que haya estado fantaseando con esa idea desde la llamada de su simpática vecina. La Helikon Taberna está en una colina en un lugar entre Keszthely y Vonyarcvashegy, con una buena vista sobre el lago. Es otro de los lugares recomendados en nuestras guías, pero esta vez no cumple nuestras expectativas. La única anécdota reseñable estriba en que nos ofrecen goulash para niños y cuando lo traen descubrimos que es exactamente igual que el de los adultos (Vicen come todos los días goulash de primero) pero en un recipiente más pequeño. Creíamos que lo de “para niños” se referiría a menos picante, o a más suave, pero no ha sido así.

Por la tarde, una vez cumplido el ritual de la siesta, subimos hasta la ermita de San Miguel, en lo alto de un pequeño cerro junto al Balaton. La cuesta es empinada y decido subirla en coche, pues aún estoy en plena digestión. De repente se acaba el camino y aparecemos junto a la ermita, en un pequeño cementerio. El corte ha sido tan repentino que por los pelos no nos llevamos alguna lápida por delante. Aparco lo mejor que puedo, procurando perjudicar mínimamente el entorno e intentando ignorar las imprecaciones que me dedica mi señora. La verdad es que no ha sido buena idea subir con el coche, pero ahora ya está hecho. Hago las fotos de rigor y nos bajamos rápidamente. El tramo ribereño que hay desde donde estamos hasta el comienzo de la playa de Vonyarcvashegy, está bastante salvaje. Nos recuerda a las albuferas y marjales que conocemos de nuestra tierra. Pasarelas de madera, algunas bastante deterioradas, se adentran en el lago entre el cañizo y los juncos. Buscando alguna foto interesante, me aventuro por una de ellas. De pronto oigo el ruido de un motor y veo que se acerca en mi dirección una canoa de la policía. Se detienen a mi izquierda, a escasos 10 metros de mí y se encaran con unos lugareños que hasta ahora no había visto y que al parecer están pescando o cazando sin que ello esté permitido. Mantienen una breve discusión antes de alejarse nuevamente hacia el interior. Aquí ya está todo visto y decidimos seguir hasta la parte “civilizada” del lago. El tiempo ha empeorado bastante desde ayer. Está la mayor parte del día nublado, cuando no llovizna débilmente. La temperatura también ha bajado algo. Llegamos a la playa, desierta a esta hora de personas, pero poblada por un pequeño ejército de patos y cisnes que, bordeando la orilla, van buscando los restos que hayan podido dejar los bañistas a lo largo del día. Comienza a chispear y el vientecillo es de todo menos agradable, pero una madre y su hija, que acaban de llegar, deciden que es el momento ideal para bañarse. Sólo de verlas adentrarse en el agua, me dan escalofríos. Especulamos con la posibilidad de que los primeros metros de playa, con dos o tres palmos escasos de agua, estén bastante resbaladizos, porque todos estos patos y los enormes cisnes que los acompañan, tienen que evacuar en algún sitio, y estoy seguro de que no se van al centro del lago para ello. Para nosotros, acostumbrados a bañarnos en las más o menos limpias aguas del Mediterráneo o en las transparentes pozas de los ríos de montaña, esto no deja de ser un lodazal. Decididamente, no nos bañaríamos en el Balaton ni aunque nos pagasen por ello.


Continuará...

domingo, 9 de septiembre de 2007

Gredos – 1ª parte

Fue hace unos 18 años cuando viajé a la Sierra de Gredos por primera vez, invitado por un viejo amigo de “la mili”, quien había alquilado por un mes una casa en Barajas, junto a Navarredonda, en la vertiente norte del macizo. La casa era grande, de las de pueblo, con muchas habitaciones, pero se lo había dicho a tanta gente –pensando que no iba a ir nadie, eso sí-, que cuando llegamos estaba llena. Nos acompañaba Ramón, entrañable amigo y presidente por aquellos días del Grupo Ilicitano de Astronomía. Menos mal que siendo previsor, pensé en la conveniencia de llevarnos las tiendas de campaña, por si surgiera algún problema, así que a la mañana siguiente (por la tarde nos dio pereza y dormimos en la casa, en colchonetas) montamos nuestro campamento en una zona que el ayuntamiento tenía habilitada en el pinar, junto al prácticamente recién nacido Río Tormes. Siempre he sido un amante de los pinos, de su porte y de su aroma, pero este bosque, donde domina el pino silvestre (o albar, aunque aquí lo llaman serrano) es realmente majestuoso. Al construir el camping, muy cerca de allí, al otro lado del río, se prohibió la acampada en esta zona, que se habilitó como área recreativa, si bien la afluencia de visitantes es mínima, al menos en todas las ocasiones en que he vuelto. Es una lástima, porque un sitio rebosante de vida como éste, ha pasado a ser un “cementerio” en el que apenas nada se mueve. El río está sucio y abandonado, lleno de malas hierbas. Paradójicamente, cuando la presión humana era mayor, el paraje estaba más cuidado. Y no digamos animado: multitud de carboneros, pinzones, verdecillos, mirlos, arrendajos y cornejas –entre otros- se veían por doquier, mientras que en lo más alto, águilas y milanos se turnaban para patrullar el cielo. Estos últimos aún se siguen viendo, pero su población ha descendido tanto, que se ha convertido en sorpresa lo que era rutina. Pues allí, señores –retomando el hilo del tema a tratar- pasamos unos días extraordinarios, en los que expertamente guiados por amigos de amigos de nuestros amigos, descubrimos algunos de los sitios clave de la Sierra, a los que hemos vuelto siempre que hemos podido. Astronómicamente, disfrutamos de uno de los mejores cielos de España –el mejor en nuestra opinión- y de la más fructífera y divertida “caza” de Perseidas que he tenido hasta ahora. Y en lo gastronómico, descubrimos las “patatas revolconas”, los chuletones de vaca avileña y lo grandes que pueden llegar a ser las costillas, pasando por la gran variedad de productos porcinos que allí sirven como tapa en los bares. Ya para terminar, hablaré del viaje, que fue en sí una aventura. En aquellos años, las autovías brillaban por su ausencia y los navegadores actuales aún no estaban ni en la imaginación de su inventor, así que tirando de mapa de Campsa, planificamos nuestra ruta (la más corta, que no siempre es la mejor). Aunque vimos muchísimas más cosas de las que teníamos pensadas, tardamos casi dos horas más de lo previsto. Por si eso fuese poco, a la altura de La Roda se rompió el silencioso del tubo de escape del coche (un 124 que tenía por aquel entonces), con lo que fuimos con ruido de “tabarquera” la mayor parte del camino. Un par de agentes de la Guardia Civil que estaban con sus motos a la salida de una gasolinera, nos miraron moviendo sus cabezas en señal de desaprobación, pero la cosa no pasó de ahí. La vuelta, sin embargo, aún fue más accidentada: a la altura de Guisando, casi nos empotramos contra el coche de delante, que frenó bruscamente por una extraña maniobra que efectuó el que le precedía. Afortunadamente, nos salimos a la cuneta sin más consecuencias. Pero no tuvimos tanta suerte cerca del peligroso cruce de San Clemente: adelantando a un camión, sufrimos un reventón de una de las ruedas traseras. Terminé la maniobra como pude –pero bien. En esas ocasiones es cuando viene bien tener “la sangre de horchata”-, y haciendo eses, llevé el coche hasta el arcén, donde descubrimos que, al ir tan cargado, con el golpe se había roto el depósito de gasolina y estaba saliendo un buen chorrito, con lo que la cosa podía haber acabado en tragedia. Queríamos haber llegado para ver la “alborada”, pero después de muchas vicisitudes mecánicas, que no contaré por no alargarme más, pudimos reparar el coche –pese a ser domingo- y llegamos a Elche a eso de la una de la madrugada, cuando todo había terminado.

He estado en muchos sitios, algunos bellísimos, pero aquel verano, pese al accidentado final, lo tengo en el recuerdo como uno de los mejores de mi vida.

martes, 4 de septiembre de 2007

El próximo eclipse II

¿Recuerdan que no hace mucho les hablé del próximo eclipse total de sol? Pues bien, he estado haciendo nuevas investigaciones al respecto, que les resumiré en lo que sigue:
-Las posibilidades de vuelo directo Alicante-Novosibirsk son, al día de hoy, nulas. Hay un vuelo desde Barcelona, con Air Siberia, no muy barato por cierto, pero de esta compañía no tengo muy buenos informes, aunque, la verdad, casi todos son de “Radio Macuto”. Hay otra opción de vuelos más interesante, vía Alemania, que es la que más me atrae, de momento. De todos modos, he leído por ahí, que los escasos recursos hoteleros de la zona han sido copados precisamente por los alemanes, así que estoy considerando el descartar la opción de Siberia.
-Hay gente que está organizando un viaje a Mongolia, pero son tres semanas y vale un pico (más de 3.000 euros por persona). Si ya para mí supone un problema la fecha del acontecimiento (1 de agosto), porque casualmente coincide con la cresta pre-vacacional de mi empresa, cuando más trabajo hay, ni se me pasa por la cabeza decirle al jefe que me pierdo por Mongolia (o por donde sea) más de tres semanas. De todas formas, tendría que adelantar mis vacaciones una semana con respecto a mis compañeros (todos en la empresa las cogemos en las mismas fechas), lo que ya de por sí es problemático. Siempre queda la ilusión de coger el cuponazo o algo así, un premio importante que me permitiera ser mi propio jefe y disponer de mi tiempo a mi antojo, pero no apostaré a favor de esa hipótesis. Por el momento dejaremos de lado este problema para centrarnos en las posibilidades de alojamiento y transporte en sí, y una vez resueltas estas “minucias”, ver si realmente podemos ir o no.
-Cuando más vueltas le estaba dando a la cosa, me entero por mi hermana de que Aimeric, uno de los hijos de mi primo francés Gilbert, se marcha un año a Xian, en China, para terminar sus estudios. Aparte de los muchos atractivos turístico-culturales de la zona, casualmente, la franja de totalidad del eclipse pasa muy cerquita de allí. Mmmm. Es otra posibilidad bastante sugerente... Necesito un empujoncito. A ver si alguien del cuerpo de expedicionarios se anima y va buscando alternativas –o soluciones-, que últimamente me falta tiempo para todo (ver post anterior). Su colaboración será muy apreciada.

Incompatibilidad de menesteres

Los juegos, sobre todo si son adictivos, son muy poco compatibles con otras obligaciones, como por ejemplo, mantener actualizado un blog, encuadernar u otras cosillas que tengo pendientes. A mis años, he de reconocer que, sin ser un vicioso, soy un incondicional de los juegos de ordenador. Hasta hace bien poco, he estado dándole al “Diablo II”. Como sólo puedo jugar algunas noches y los fines de semana, me ha durado bastante –más de cinco años, creo-, en los que he podido acabar –o casi- con dos personajes. Pero si creía que éste era un juego adictivo, era porque aún no conocía el GTA S.Andreas, que cayó en mis manos por mi cumpleaños (gracias Rafa, gracias Vicen). El nivel de enganche es tal, que he tenido que imponerme un horario de tareas para poder cumplir con mis compromisos (escribir esto, entre otros). ¡Qué dura es la vida del jugador! En fin...

Les dejo, que tengo que echar una partidita, je, je.

martes, 28 de agosto de 2007

Cómeme el coco, negro

Hace ya algunas semanas estuvimos en el Gran Teatro, viendo el espectáculo montado por La Cubana con motivo de su 25 aniversario: “Cómeme el coco, negro”. Cuando nos enteramos, ya no pudimos conseguir entradas del patio de butacas, teniendo que conformarnos con la primera fila del 2º anfiteatro. Aunque la visibilidad era perfecta, lo bueno habría sido estar abajo, máxime porque en esta obra el espectador forma parte del espectáculo. Algunos se involucran tanto, que hacen pensar si no serán un miembro más del elenco. Aunque llegamos con 15 ó 20 minutos de antelación, el director estaba esperando en la puerta, nervioso, dándonos achuchones para que entrásemos, pues llegábamos tarde. En efecto, en el escenario, alguien cantaba el “Soy minero”, de Antonio Molina. Veinte minutos después de la hora prevista de inicio, los actores ejecutan el número final y se baja el telón, dejando a la mayoría del público sorprendido, mirándose con cara de tonto. Tras los momentos iniciales de estupor, se abre la cortina y una de las coristas anuncia que esto se ha acabado, que podemos irnos. En estas entra el director, corriendo nervioso pasillo abajo gritándoles a sus muchachos que comiencen a desmontar, que si no, no llegan. Algún espectador le pide explicaciones, comenzando entonces una acalorada discusión que... Pero no les cuento más, pues lo mejor es que, si tienen la oportunidad, vayan a verla. No les defraudará. Incluso les invitarán a cenar.

sábado, 11 de agosto de 2007

El almacén de Reme

En la esquina de arriba de mi casa, en la otra acera, en una planta baja, tenía Reme su almacén (de calzado, claro). Lo poco que recuerdo de ella es que era una señora “poliota”, como decimos aquí, de mediana edad, campechana, escandalosa e ilicitana 100%. De su marido no recuerdo ni la cara ni el nombre, aunque sé que le llamaban “Tallo” (o “Tayo”. Desconozco si era abreviatura de nombre, o su apodo), y cada vez que alguna gesta del Elche C.F. estaba cerca (en aquella época hubo alguna que otra, eran los tiempos de los calendarios de Roque Sepulcre, etc.), revolucionaba a toda la chiquillería del barrio para hacer banderitas y pancartas. Las banderitas eran muy rudimentarias: un palillo de madera, de los que se utilizaban en el calzado antes de que aparecieran los de plástico, que sumergíamos en un bote de cola hasta la mitad, para pegarle el papel impreso con la franja verde. Todo esto se hacía en la calle, con lo que, aparte de nosotros, siempre se involucraba algún vecino. La algarabía que se montaba era de película.
Pues bien, una mañana de verano, la Sra. Reme nos cogió a José el de Sansano* y a mi, con 7 u 8 años que tendríamos entonces, y nos encargó que le emparejásemos unas estanterías que tenía llenas de cajas de zapatos en una de las habitaciones de la casa que hacía las veces de almacén, con la promesa de un premio en metálico que, si bien no recuerdo el importe exacto -posiblemente fuese un duro-, nos hubiera permitido pasar la tarde como marqueses, chupando algún polo, de no ser por la “empastrá” que hicimos. La mayoría del calzado que había en aquel cuarto eran zapatillas “de mona”, de poco peso, pero había que cogerlas del suelo y ponerlas en unas inestables estanterías de madera. En cualquier caso, no era el tipo de trabajo más adecuado para unos niños de nuestra estatura y fuerza, y menos si nos dejaban solos, que fue lo que ocurrió. Cuando hubimos completado la zona baja y tuvimos que pasar a la superior, nos tocó encaramarnos como los monos por la estantería, hasta que ésta se nos vino encima con todo lo que en ella había, que por suerte pesaba poco. Al ver la que habíamos liado, nos dio por reírnos, y así nos encontró Reme, sentados en el suelo, semiocultos por las cajas abiertas y su contenido, y muertos de risa. En cuanto pudimos, salimos corriendo, dejándola allí con las manos en la cabeza, arrepentida de habernos “contratado”.

* Cuando llegaba alguien nuevo a la pandilla, y su nombre coincidía con el de otro más “veterano”, se le ponía un mote o bien se le añadía el apellido, pero siempre precedido por “el de...”

lunes, 6 de agosto de 2007

Eclipse XIII

15 DE AGOSTO

Es el momento de ir a ver el otro lado del lago. Por toda la carretera, coincidiendo con el fin de la quincena, nos encontramos con decenas de mujeres con carteles de cartón o de madera intentando alquilar sus casas, que han quedado desocupadas. Visitamos Siofok, que fue uno de los lugares donde se organizó más movida con motivo del eclipse. Allí compramos un par de camisetas conmemorativas del evento, comemos en otra de las Csardas recomendadas y volvemos a Tihany utilizando el transbordador. Al ser festivo, hay muchos húngaros que se han desplazado desde otros puntos del país hasta el lago. El barco va atiborrado. Un velero apura demasiado una maniobra de cruce y nos pone el corazón en un puño. Pasa por delante de nosotros a escasos 10 metros. En Tihany paramos un poco a tiendear y a ver la abadía y sus alrededores, que sólo hemos visto desde la carretera el día que vinimos a cenar con Miklos. Se respira una atmósfera de placidez que nos incita a comprar un helado muuuuy cremoso. En los puestos de los hippies nos hacemos también con un par de cajitas sorpresa, con las que disfrutaremos mucho a la vuelta. Estas cajitas, hechas enteramente de madera, del tamaño de un paquete de tabaco, llevan una tapa corrediza en uno de sus lados con un pequeño pomo. Al deslizar la tapa para ver su interior, sale rápidamente una pequeña serpiente que “pica” el dedo de quien la manipula. El mecanismo está tan bien sincronizado que no hay tiempo de poner el dedo a salvo. Quien la abre, es inexorablemente picado por la culebra.

Se hace de noche y volvemos a casa a atiborrarnos de salami. En el pequeño huerto que los propietarios tienen detrás de la casa, unos tomates están en su punto exacto de madurez. Decidimos comerlos, con cierto remordimiento, pero pensamos que, si los dejamos como están, cuando nos vayamos ya no serán aprovechados por nadie, porque se habrán echado a perder. La ensalada de esa noche es memorable: dos tomates recién cogidos de la mata, con aceite de oliva virgen que hemos traído desde España. Cada trozo nos sabe a gloria. Hasta el salami está mejor que nunca. A veces, las cosas más sencillas son las que más placer nos proporcionan. Mmmm.

Continuará...