domingo, 28 de enero de 2007

Saturnino y Lucas

¿Quién no ha tenido alguna vez de niño algún pollito o patito que le siguiera a todas partes? En una ocasión nos juntamos en casa con dos patitos, uno rubio y otro negro. No recuerdo ahora cómo llegaron a nuestro poder, pero supongo que alguna tía o una de mis abuelas nos regalaría uno a cada uno a mi hermana y a mí, pues mi madre no solía ablandarse ante nuestros insistentes lloros de los sábados por la mañana en el mercado. En aquella época había una serie en TV sobre un patito rubio, que se llamaba Saturnino, y así le pusimos a su igual. El negro se quedó en Lucas, como su famoso tocayo de los dibujos animados. Así, Saturnino y Lucas seguían a sus pequeños dueños por el diminuto patio (la galería) donde jugábamos cuando, por cualquier motivo, no nos dejaban bajar a la calle. Esa era su casa. Ahí comían, ahí jugaban y ahí dormían, arrebujados en cualquier rincón, pues mi madre no dejaba, bajo ningún concepto, que entrasen dentro de la casa. Pero una noche, más fria y húmeda que de costumbre*, tuvo un detalle con los pequeños animales. Los envolvió en una mantita vieja, y los puso encima de una silla, para que no estuvieran en el suelo. Eso sí, en la galería. Al poco llegó mi padre a casa, quien por aquel entonces se traía a veces “deberes” de la fábrica. Algún saco con algunos pares de hormas de madera, y otra bolsa con cortes, que montaba en las hormas después de cenar, escuchando la “Silueta”**. Aún no habríamos empezado a cenar, cuando mi madre, con un presentimiento de esos que sólo tienen ellas, le preguntó a mi padre dónde había dejado los sacos de “faena”. –“Pues donde siempre, en la silla de la galería”. Mi madre salió corriendo a ver si aún se podía hacer algo por nuestros patitos, pero mi hermana ya había comenzado a llorar a moco tendido sin esperar a conocer el resultado, mientras yo le gritaba a mi pobre y asustado padre: ¡asesino, criminal! Muchos años después, cada vez que los sindicatos han hablado de los nefastos efectos de la economía sumergida en Elche, no he podido evitar pensar en Lucas y Saturnino.


* a ese frío húmedo, que cala hasta los huesos, aquí lo llamamos “helor”.
** “Silueta de la ciudad” era un programa de información local, que emitía Radio Elche (EAJ53) todas las noches y que comenzaba y terminaba con el Himno de Elche, que, aunque a muchos les choque, no es el archiconocido y empalagoso “Aromas ilicitanos”.

3 comentarios:

Carlitos dijo...

Muy bello relato, Peji. ¡Gracias! Si he entendido bien, tanto vos como tu padre trabajan/trabajaban en el mismo gremio?

Abrazo,

Carlitos

pejiguera dijo...

Pues sí, Carlitos, sí. En Elche, casi todo el mundo trabaja en el calzado o en la industria auxiliar relacionada con él. Pero el boom de la construcción por un lado, y la crisis (esta vez seria) de los zapateros por otra, han provocado que mucha gente cambie de gremio, cuando no de oficio.

Y las gracias son para ti. Me ha alegrado mucho tu visita. Sabes que siempre eres bienvenido (aunque no comas carrrne) :-D

Carlos dijo...

Carne como, pero muuuuuuuuuuuuuuuuuy de vez en cuando (como cuando voy a Argentina o cuando me invitan a comer a un restorán de comida bosnia). Prometeme que no le decís a nadie! ;-)