sábado, 17 de febrero de 2007

Cosas de la tele

En otro artículo anterior, mencioné a la televisión. En mi niñez, ésta era en blanco y negro, y sólo había dos canales: la primera cadena, y la segunda -o UHF-, que ahora se llama “La Dos”. Huelga decir que las funciones básicas, como el cambio de canal o el volumen, se accionaban en el mismo aparato, pues el mando a distancia aún no había llegado a nuestro país. Evidentemente, sus funciones las suplíamos mi hermana o yo. No funcionábamos con pilas, si acaso, con alguna colleja cuando nos hacíamos los remolones. Mi hermana menor no pudo disfrutar del honor de compartir tan glorioso cometido con nosotros, pues cuando adquirió la estatura y la pericia suficiente para relevarnos, mi padre compró una nueva TV en color con mando a distancia, con lo que ese disgusto se solapó con aquella alegría. Por esas mismas fechas, una fina pelusilla negra se abría paso en mi labio superior. Pero volvamos a los tiempos del B/N, motivo de este post. Los sábados por la tarde, después de comer, hacían la película. Digo la película porque no había otra en toda la semana (bastante más tarde, pusieron otra los jueves por la noche). Solía ser de uno de los tres géneros que los chicos de mi época teníamos bien diferenciados: de guerra, del oeste o de espadas. Si había muchos besos, se convertía en un rollo, así que aprovechábamos esos momentos para ir al baño, pues los intermedios –como ahora- eran tan cortos y escasos, que no permitían esos menesteres. Si no recuerdo mal, las emisiones se iniciaban a mediodía, con el telediario, y luego de éste se interrumpían hasta las 18:00 aproximadamente, hora en que comenzaba la programación para los pequeños de la casa. El programa estrella era “Antena infantil”, con Valentina, Locomotoro, el Capitán Tan y el Tío Aquiles, que se enfrentaban a los malos –malísimos- Hermanos Malasombra. Esto se complementaba con dibujos animados: el conejo de la suerte (Buggs Bunny), el pato Lucas, Porky Pig, Popeye y muchos otros que disfrutábamos mientras merendábamos. El tiempo que quedaba hasta el telediario de la noche, se rellenaba con programas de diversa índole. Recuerdo uno de ellos que se llamaba “Por tierra, mar y aire” que trataba sobre las bondades del ejército. En serio. Pero el que más me gustaba era uno que se llamaba “Novela” y en el que se dramatizaban, todas las noches y en capítulos de media hora, grandes clásicos de la literatura (El Conde de Montecristo, Crimen y Castigo...) Lo malo es que, de vez en cuando, algún capítulo era de dos rombos y me quedaba sin verlo. Luego, la Familia Telerín nos enviaba a la cama, para poder madrugar y estudiar al día siguiente, y así convertirnos en hombres y mujeres de provecho. ¿O no?

No hay comentarios: