martes, 13 de febrero de 2007

ELCHE 1970 (más o menos)

Mi barrio era un lugar tranquilo, donde todo el mundo se conocía y los niños podíamos jugar tranquilamente en la calle la mayor parte del día –fuera de horas lectivas, claro- hasta bien avanzado éste. Las puertas de las casas estaban casi siempre abiertas de par en par y nunca, salvo en muy contadas ocasiones, se colaba otro “fresco” que el que traía la brisa nocturna, muy escasa y apreciada en aquellas estrechas y empinadas calles próximas al río. El día a día se vivía a un ritmo muy distinto al de ahora, con tranquilidad más que con parsimonia. Aunque se trabajaba hasta el sábado a mediodía, nadie moría por el estrés, ni se sabía qué era eso. En verano, después de cenar, en las casas de planta baja, la gente sacaba sillas y mecedoras a la calle para tomar el fresco y, si se terciaba, para hablar con los vecinos. En algunas casas se acercaba la TV a la puerta (hasta donde diesen de sí los cables) para verla desde fuera. Antes, a la caída del sol, las mujeres habían salido con un cubo de agua a rociar “sus dominios”, es decir, el espacio de acera y de calle que ocupaban las fachadas de sus casas. Esto se hacía por dos motivos: para suavizar la temperatura de las baldosas, y para evitar la “polsaguera” (polvareda) que el paso de cualquier vehículo pudiese levantar*. Esto era bastante improbable por otra parte, porque apenas había coches en el barrio –uno o dos en mi calle- y las motos tampoco se prodigaban mucho. Al no ser lugar de paso habitual, el tráfico que sufríamos era mayormente peatonal, alegrado de uvas a peras por el ring-ring de alguna bicicleta. Para que se hagan una idea, entonces estaba prohibido jugar al fútbol en la calle, proscripción ésta que nos saltábamos a la torera, peeero, muy de vez en cuando, el sonido de una moto interrumpía nuestro juego y provocaba el que escondiésemos la pelota apresuradamente, por si fuese la policía. Cuando el motociclista que bajaba –o subía- por la calle San Pascual, llegaba a la altura de la “replaceta Polo” (nuestro campo de fútbol particular), se encontraba con una fila de niños sudorosos sentados en el bordillo, disimulando. Como he dicho antes, rara vez pasaba una moto por allí, pero además, sólo una de cada tres veces era la de la policía. En teoría, si nos hubiesen pillado alguna vez, nos habrían confiscado la pelota y posiblemente nos hubiésemos llevado algún tirón de orejas, pero, que yo recuerde, eso no llegó a ocurrir nunca.

*Al principio, para delicia nuestra, todo el barrio estaba sin alfastar, lo que nos permitía hacer “guas” para jugar a las canicas sin apenas dificultad.

2 comentarios:

Pericles dijo...

Aunque crecimos en lugares diferentes, tu relato de 1970 me ha hecho recordar aquellos tiempos de juegos en calles sin coches, circuitos de chapas y balones sudorosos.Recuerdo que en mi calle había más grillos que coches. Solo dos coches, que recuerde, alteraban el paisaje de bordillo continuo: un Gordini blanco y un seiscientos color caca. Tiempos de ¡Serenooooo! y de infalibles hermanos de la Salle, de huertas, de pollos de corral de verdad. Tiempos de Daniel Boone(el de saca la escopeta y dice ¡pum!)y de hermanos Malasombra.
En ocasiones, observando en el espejo al adulto reflejado, me sumergo en sus pupilas y creo ver al mocoso sonriente que fui, y le veo cazando grillos en un bario irreconocible pero que de alguna manera sigue allí.
Saludos Peji.

pejiguera dijo...

¡Che, Pericles! Tengo otro post preparado sobre la televisión, ampliando la escasa información que aquí he puesto, pero no nombro ninguna serie en concreto, como la de Daniel Boone que has traido a mi memoria. Tal vez la rectifique, pues aún estoy a tiempo. En cuanto a los grillos, recuerdo que una de nuestras travesuras de las noches veraniegas era cazarlos para tirarlos con disimulo dentro de las casas, para que "amenizaran" el sueño de los inquilinos.