jueves, 29 de marzo de 2007

De tarjetas y otras zarandajas.

Hace dos lunes, con motivo de San José, recibí, entre otros obsequios, una tarjeta-regalo de la FNAC, uno de mis sitios favoritos. ¿Qué por qué lo es? Porque allí puedo encontrar reunidas varias de mis aficiones: los libros, la música, la fotografía y todo tipo de aparatitos y aparatotes electrónicos (para la cerveza hay que salir fuera, pero por suerte, en este País, para esas cosas no hay que ir muy lejos). Con el saldo disponible, pude comprar un libro de la editorial Taschen -para mí, sinónimo de calidad- sobre Egipto, por el módico precio de 10 euros; otro de gramática de la lengua española, que nunca viene mal teniendo estudiantes en casa, y un tercero titulado “El tejido del cosmos”, obra de Brian Greene, uno de los más eminentes físicos mundiales, autor del bestseller “El universo elegante”. En música no encontré nada que me llamase la atención. Prácticamente tengo todo lo que me gusta ya en CD, y de las novedades, es raro que haya algo que me sorprenda. Sin embargo, hace un par de semanas, mientras almorzaba, vi un vídeo musical que despertó mi interés: un chaval llamado Mika, a quien algunos comparan con Freddie Mercury, y que en mi opinión es una mezcla de éste con Elton John y con Bowie. La canción, explosivamente divertida, y el vídeo, que no se queda atrás, me alegraron la mañana, pues llegaron como una ráfaga de aire fresco en unos momentos de bastante agobio a nivel laboral. El caso es que no pude encontrar el disco, aunque tampoco sé si lo hubiese comprado, pues en esto opino como algunas feministas con respecto a los hombres: por tener una longaniza, cargar con el cerdo entero... En el apartado tecnológico, añadí a la cesta una memoria USB de 2 Gb por apenas 20 euros. ¡Cómo han bajado estas cosas! Pero mi mayor sorpresa vino a la hora de pasar por caja. Resulta que la tarjeta la tienes que agotar TODA en una compra, de lo contrario pierdes el saldo restante. ¡Qué desfachatez! Las tarjetas de otras compañías permiten el gasto parcial de su límite, con lo cual creo que salen ganando, pues siempre comprarás más en dos o tres visitas que en una. En esta ocasión llevaba cosas por valor superior al de la tarjeta, pero me molestó bastante el hecho de que tener que liquidarla “por obligación”. Para colmo, han cambiado recientemente las cajas y resulta que las nuevas “no pueden leer” las tarjetas-regalo (en mi caso, comprada la semana anterior), con lo que completar la compra fue todo un suplicio, solventado finalmente por el buen hacer de una cajera “veterana” que tuvo que venir en auxilio de las dos personas que nos atendían en ese instante, mientras la cola se iba alargando e impacientando por momentos, a partes iguales. Punto negativo para la FNAC. Pero, a pesar de todo, volveré...

martes, 27 de marzo de 2007

El catastro ilicitano

Hace unas semanas, cenando en casa de nuestros amigos y compañeros de viajes Dani y Rocío, salió a la conversación el tema del “catastro ilicitano”, una placa de bronce de la época romana, donde aparece una relación de propietarios y sus posesiones. Un tío de Rocío, Catedrático en el Departamento de Ciencias de la Antigüedad y de la Edad Media en la Universidad Autónoma de Barcelona, fue quien les comentó, estas navidades pasadas, las particularidades y la importancia de la pieza, pues al parecer, sólo hay otra parecida en Verona. No soy ningún experto en arqueología –realmente, en nada- pero me extrañó no haber oído hablar antes de ella, y mucho más no haber leído una sola palabra sobre el tema en los libros de Pedro Ibarra que han pasado por mis manos. Un objeto de esa importancia debería haber estado en el MAHE con motivo del regreso de La Dama el año pasado (y tal vez lo estuviera, pero no tuve la ocasión de disfrutar del museo a fondo). He sondeado a varias personas, entre otras a mi amigo Vicen (bastante más puesto que yo en estos temas) sin resultado positivo. He buscado en internet, obteniendo lo mismo: nada. Cuando ya me daba por vencido, encontré, en el libro Elche, una mirada histórica*, recientemente editado con el patrocinio del Ayuntamiento de Elche y coordinado por Miguel Ors Montenegro, una amplia reseña, con foto incluida, de la “tábula de Ilice”, que es, al parecer, su nombre oficial. En el capítulo titulado Prehistoria y antigüedad, a cargo de Rafael Ramos Fernández, podrán encontrar todo lo que sobre ella quieran saber. Y si desean verla “en directo”, no tienen más que acercarse al Museo de La Alcudia, donde está expuesta. Un día de estos me acercaré a hacerle una visita, y de paso, alguna foto.

*Este libro, editado simultáneamente en castellano y valenciano, fue el regalo de mi hija estos últimos Reyes, con dedicatoria incluida de Miguel Ors, a quien agradezco desde aquí tan gentil detalle.

jueves, 22 de marzo de 2007

Eclipse-III

Como todos los jueves, aquí va una nueva entrega del relato sobre el eclipse:
COMIENZA EL ESPECTÁCULO

Si alguno de los lectores es nerviosillo, disfruta con los viajes y además le gusta la astronomía (aunque sólo sea un poquito), sabrá lo que sentía yo, en el mes de marzo, con los billetes de avión en el bolsillo, la casa reservada y pensando que aún me quedaban más de cuatro meses para ver en directo mi primer eclipse total. Pero todo llega, hasta las vacaciones, y el 8 de agosto, todavía con la resaca de la boda de la hija de mi jefe, celebrada la noche anterior, nos plantamos en el Aeropuerto de El Altet dispuestos a comenzar nuestro periplo. Primera alegría: nuestro vuelo, que tiene prevista su salida a las 20:40, se retrasa 2 ó 3 horas. Para amenizar la espera, la compañía nos obsequia con unos fantásticos bocadillos del desierto (por lo secos), corriendo las bebidas por nuestra cuenta. Al menos, el camarero, al descubrir que somos indígenas, nos cambia, con un guiño de complicidad, los bocatas de jamón york por otros de serrano. Despegue antológico, con turbulencias de 8.7 en la escala de Ritcher y todos con cara de acojono. Bueno, todos menos mi mujer, que por ser su primer vuelo, piensa que esto es normal y lo ve hasta divertido. No combinan muy bien los bocatas pajizos y los traqueteos en el aire, así que a los pocos minutos, un sudor frío recorre todo mi cuerpo. El resto del pasaje (todos holandeses, y con un asombroso parecido físico a Van Gaal), no ayuda mucho a conseguir que me tranquilice. La penumbra, unida a su miedo, les hace parecer mucho más feos, si cabe, que con las luces encendidas. Por fin todo se normaliza y consigo dormir hasta el momento del aterrizaje.

martes, 20 de marzo de 2007

El cazador cazado

De camino al trabajo, he podido ver a veces, en los huertos de palmeras que bordean la circunvalación sur, espectáculos propios de documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. Aparte de que me gustan bastante los pájaros, y tengo la vista acostumbrada a distinguir sus fugaces movimientos, es posible que ayude también el hecho de que aproveche las paradas en los semáforos para otear a mi alrededor, en vez de dejar la vista fija en los pilotos del coche que me precede mientras me hurgo en la nariz, como hacen otros (y otras también, no crean). He podido ver una pareja de cernícalos en plena caza junto al cruce de la carretera de Santa Pola (hace ahora un año más o menos, los vi varias veces en la misma zona), pero el pasado jueves tuve a uno de ellos “levitando” a apenas tres metros del suelo y a otros tantos de la carretera. Alguien parado en el carril del sentido contrario casi lo habría podido tocar (cosa poco probable, por otra parte). Cuando llevas la cámara, nunca pasan estas cosas. He visto también garcillas bueyeras picoteando en los montones de broza que dejan los peones cuando limpian las cunetas, espantando con el pico a las lavanderas que les podrían hacer competencia. Pero el espectáculo más sorprendente, fue el de un águila merodeando a una bandada de tordos, esperando el descuido de alguno para poder merendar. Sólo lo había visto antes en televisión, casi de niño, y recuerdo que lo citaban como algo raro, excepcional, pero para mi sorpresa, la danza se repitió poco después, aunque un poco más lejos. En ambas ocasiones, como recordaba de la tele, la bandada –una auténtica nube negra- se revolvía de pronto contra el agresor, poniéndolo en serios apuros. Por circunstancias del tráfico, no pude ver el desenlace final, pero imagino que la señora águila, más tarde o más temprano, se saldría con la suya. Cuando llegué a casa, intenté localizar a los protagonistas con los prismáticos, pero no lo pude conseguir, así que espero que la suerte me sonría en otra ocasión (estoy seguro de que se volverá a repetir), y poder disponer de tiempo suficiente para esperar a ver cómo acaba la cosa. Les mantendré informados.

martes, 13 de marzo de 2007

El viaje a la eternidad

En el MAHE (Museo Arqueológico y de Historia de Elche) hay, durante unos días, una exposición monográfica sobre el Egipto Faraónico, y en especial, sobre el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón por Carnarvon y Carter. Estuvimos allí hace un par de sábados y pudimos constatar que, si bien no hay muchas piezas, las que están –cedidas por el Museu Egipci de Barcelona-, tienen la relevancia suficiente para despertar el interés de cualquier persona mínimamente curiosa.


En la foto de abajo podrán ver que la muestra está separada en dos partes bien diferenciadas: a la izquierda, todas las figuras, amuletos y artilugios relacionados con la obsesión de los egipcios para garantizarse la eternidad, desde los recipientes para depositar las vísceras, hasta una maqueta del interior de la pirámide, pasando por momias y sarcófagos de hombres y animales; a la derecha, fragmentos del diario de excavación de Howard Carter, narrando paso a paso sus avances en el interior de la tumba, magistralmente ilustrados por las imágenes tomadas por el fotógrafo Harry Burton.



Otra cosa que llamó mi atención, fue uno de los retratos funerarios de El Fayum, pintados en el oasis del mismo nombre entre los siglos I y IV D.C., ya bajo dominación romana, y que sustituyeron a las tradicionales máscaras talladas de épocas anteriores. En la foto no sé si apreciarán el carácter enigmático, misterioso o sorprendente que se les atribuye, pero a mi, éste me produjo un curioso efecto que ninguna otra imagen me había provocado antes: mi imaginación me llevó junto al artista, cuando inmortalizaba a su cliente mientras mantenían una trivial conversación a la sombra de las palmeras. Cosas de la edad, supongo, porque la cerveza con los amigos vino después...

El sexto sentido - 2ª parte

Y ese momento ya llegó.

Junto a mi colegio (Las Graduadas), había un parque con columpios, adonde íbamos de vez en cuando a jugar. La rampa de uno de los toboganes, en vez de ser de chapa, como todos, estaba hecha de listones de madera. Algún gamberro había roto uno de ellos, lo cual prácticamente lo había inutilizado, pues quedaba una peligrosa astilla, capaz de producir algo más que un arañazo a quien osara ponerla a prueba. Nosotros, que no teníamos miedo a nada (bueno, un poco a los gitanos del otro lado del río), nos tirábamos en cuclillas, a ver quien se daba la leche más bonita al llegar abajo. Como el listón roto era uno de los centrales, los zapatos bajaban por los dos laterales, esquivando la amenaza. Peero, en una de las veces que me tocó a mí (la última para ser más exactos), perdí el equilibrio y mi nalga pasó rozando el peligro, pero mi pantalón tuvo menos suerte y sufrió un desgarro (aún lo recuerdo y me erizo) bastante importante. Cuando llegué a casa y le enseñé el roto a mi madre, ¿qué creen que dijo?: -“Ya te has tirado por el tobogán roto del Paseo de los caidos”, mientras su zapatilla pasaba del pie a la mano con la velocidad del rayo.

martes, 6 de marzo de 2007

El sexto sentido - 1ª parte

¿Verdad que las madres lo saben todo? Es cierto que nos conocen como si nos hubiesen parido, pero a menudo hacen cosas que escapan a la comprensión humana. Un ejemplo: recuerdo que, a veces, en mi barrio, cuando no teníamos otra cosa que hacer, íbamos a jugar a la rambla, lugar que teníamos prohibido. La rambla era el cauce del Vinalopó, pero antes de “domesticarlo”, es decir, inmensos taludes de tierra que bajaban hasta unos metros del lugar por donde el río discurría mansamente, aún sin encauzar. Justo al otro lado está el barrio del raval, y en las casas más cercanas al cauce, vivían normalmente gitanos, y veíamos a los más pequeños jugando fuera, como nosotros. A veces, cuando ellos tampoco tenían otra cosa que hacer, nos poníamos a tirarnos piedras de un lado a otro y a insultarnos. Era un juego inofensivo, pues las que más “aventaban”, apenas solían llegar al agua. Luego, cuando ya nos dolían los brazos, hacíamos ademán de bajar hacia ellos, a lo que respondían de igual forma, pero sin ademán. Ellos bajaban en serio, corriendo descalzos, como si fuesen a arrancarnos la piel a tiras, lo que provocaba que tocásemos apresuradamente retirada y no dejásemos de correr hasta encontrarnos en la tranquilidad de nuestras estrechas calles, tres o cuatro manzanas más allá. Otras veces nos ignorábamos y ellos estaban a lo suyo y nosotros a lo nuestro, esto es, a buscar algún tesoro. Mucha gente pensaba que la ladera del río era su vertedero particular, y echaba allí lo que ya no le servía. Cuando encontrábamos una tapadera de wc abandonada hacíamos fiesta, pues la utilizábamos –sin hacerle ascos- como trineo, deslizándonos por turnos sobre ella cuesta abajo. A veces llegábamos nosotros antes que la tapadera, pero de una forma o de otra, acabábamos siempre magullados y rebozados de tierra. Luego nos “espolsábamos” unos a otros el polvo, nos limpiábamos los zapatos con saliva y nos adecentábamos –a nuestra manera- lo más que podíamos, pero cuando llegaba a mi casa, mi madre, nada más mirarme, me decía con los brazos en jarras y arrugando el morro: -“Ya has estado en la rambla”.

Hay otro ejemplo mejor, pero ese lo dejo para otro momento.

Eclipse-II

ELCHE. ENERO DE 1999

La verdad es que yo desde un principio tengo la cabeza puesta en Hungría. Las previsiones meteorológicas son de las mejores y me atrae la idea de conocer el país. En las páginas de la NASA aparece como uno de los lugares con mayores posibilidades, en especial el lago Balaton, considerado el mayor lago de Centroeuropa. Para asegurarme aún más, a través de un cliente húngaro de la empresa donde trabajo, me informo sobre cómo se esta cociendo lo del eclipse en su país y cuales van a ser los mejores sitios para su observación. Al mismo tiempo, encuentro por casualidad unas páginas turísticas (en Internet) sobre el Balaton, con un mapa de la zona y enlaces con agencias de alquiler de casas y apartamentos. Las casas están muy bien, hay distintos pueblos donde escoger y los precios son bastante asequibles (7.000 Pts. una casa de dos plantas con jardín, para 5-6 personas). Como mi inglés es bastante básico, Dani, un compañero de trabajo se presta para hablar en mi nombre. Escojo una al azar, llama y ¡oh sorpresa!: su interlocutora, Andrea, habla castellano. Ni que decir tiene que no busqué más opciones. Si todo se da igual de bien, el viaje va a ser un chollo, pensé; pero ahora queda la parte del transporte... Tenemos el dilema de esperarnos a abril a que salgan las tarifas especiales de verano y correr el riesgo de quedarnos sin billetes, o reservarlos ya pero a un precio superior. No es lo mismo viajar una o dos personas que hacerlo cinco. Y como no me gustan los viajes organizados, tengo que buscarme yo la vida. Tras estudiar varias opciones, nos quedamos, por supuesto, con la más económica (50.000 ptas. aprox. por persona), que no la más cómoda. Total, hay que hacer escala en Holanda, y esperar allí ¡¡ocho horas!! hasta el vuelo a Budapest. Quien conozca el aeropuerto de Amsterdam sabe que esto no es nada... (CONTINUARÁ)
P.S.: Las cantidades aparecen en pesetas, porque en 1999 aún no había llegado el euro a nuestras vidas. Si algún "no residente" quiere saber el equivalente en euros, debe dividirlas entre 166,386. De nada.

jueves, 1 de marzo de 2007

El carro de la basura

Como ya dije otro día, jugábamos al fútbol en la replaceta Polo. Dejando de lado el hecho de que éramos muy pequeños entonces, creo que han encogido la plaza, porque tengo la impresión de que antes era mucho más grande. Nos daba tiempo hasta de cansarnos. Pues bien, había varios motivos que nos hicieran parar el juego en seco. Uno de ellos era el que ya conté de oir una moto o un coche (por si fuese la policía). Otro, que pasara alguien por el terreno de juego (normalmente un adulto). Y por último, que viniese “el carro de la basura”. Los encargados de avisar eran, generalmente, los porteros –o el portero, si jugábamos a “cada uno que se la repele”-, pues salvo cuando estaban en acción, eran los más indicados para ello. El carro de la basura era un carromato grande, forrado de metal, con tapaderas a ambos lados. Para imaginárselo mejor, piensen en un contenedor de basuras de los de ahora, pero con ruedas. Dos ruedas grandes, de carro, y un caballo delante. Y por si no hubiera bastante con la peste que despedía el carro, el caballo, siempre que paraba donde estábamos jugando, abría un poco las patas traseras y vaciaba su vejiga como si llevase dos días sin hacerlo. Se hacía un charco inmenso, humeante y maloliente, que provocaba a su marcha la suspensión del partido. Y cuando el señorito hacía aguas mayores, las mujeres se apresuraban a salir de sus casas con recogedor y escoba a cosechar los boñigos, pues resultaban un abono ideal y barato (gratis) para sus macetas. Cuando se iba, seguido por una cohorte de moscas y moscardas, dejaba un tufillo espeso, que perduraba un buen rato.