jueves, 22 de marzo de 2007

Eclipse-III

Como todos los jueves, aquí va una nueva entrega del relato sobre el eclipse:
COMIENZA EL ESPECTÁCULO

Si alguno de los lectores es nerviosillo, disfruta con los viajes y además le gusta la astronomía (aunque sólo sea un poquito), sabrá lo que sentía yo, en el mes de marzo, con los billetes de avión en el bolsillo, la casa reservada y pensando que aún me quedaban más de cuatro meses para ver en directo mi primer eclipse total. Pero todo llega, hasta las vacaciones, y el 8 de agosto, todavía con la resaca de la boda de la hija de mi jefe, celebrada la noche anterior, nos plantamos en el Aeropuerto de El Altet dispuestos a comenzar nuestro periplo. Primera alegría: nuestro vuelo, que tiene prevista su salida a las 20:40, se retrasa 2 ó 3 horas. Para amenizar la espera, la compañía nos obsequia con unos fantásticos bocadillos del desierto (por lo secos), corriendo las bebidas por nuestra cuenta. Al menos, el camarero, al descubrir que somos indígenas, nos cambia, con un guiño de complicidad, los bocatas de jamón york por otros de serrano. Despegue antológico, con turbulencias de 8.7 en la escala de Ritcher y todos con cara de acojono. Bueno, todos menos mi mujer, que por ser su primer vuelo, piensa que esto es normal y lo ve hasta divertido. No combinan muy bien los bocatas pajizos y los traqueteos en el aire, así que a los pocos minutos, un sudor frío recorre todo mi cuerpo. El resto del pasaje (todos holandeses, y con un asombroso parecido físico a Van Gaal), no ayuda mucho a conseguir que me tranquilice. La penumbra, unida a su miedo, les hace parecer mucho más feos, si cabe, que con las luces encendidas. Por fin todo se normaliza y consigo dormir hasta el momento del aterrizaje.

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