martes, 13 de marzo de 2007

El sexto sentido - 2ª parte

Y ese momento ya llegó.

Junto a mi colegio (Las Graduadas), había un parque con columpios, adonde íbamos de vez en cuando a jugar. La rampa de uno de los toboganes, en vez de ser de chapa, como todos, estaba hecha de listones de madera. Algún gamberro había roto uno de ellos, lo cual prácticamente lo había inutilizado, pues quedaba una peligrosa astilla, capaz de producir algo más que un arañazo a quien osara ponerla a prueba. Nosotros, que no teníamos miedo a nada (bueno, un poco a los gitanos del otro lado del río), nos tirábamos en cuclillas, a ver quien se daba la leche más bonita al llegar abajo. Como el listón roto era uno de los centrales, los zapatos bajaban por los dos laterales, esquivando la amenaza. Peero, en una de las veces que me tocó a mí (la última para ser más exactos), perdí el equilibrio y mi nalga pasó rozando el peligro, pero mi pantalón tuvo menos suerte y sufrió un desgarro (aún lo recuerdo y me erizo) bastante importante. Cuando llegué a casa y le enseñé el roto a mi madre, ¿qué creen que dijo?: -“Ya te has tirado por el tobogán roto del Paseo de los caidos”, mientras su zapatilla pasaba del pie a la mano con la velocidad del rayo.

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