lunes, 9 de abril de 2007

Del fumar, y otras formas de suicidio lento

Ayer domingo, en el suplemento semanal de El País, pude leer la batalla dialéctica entablada por Javier Marías, columnista de esa publicación, con el portavoz del Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo. A la réplica de este último a un artículo publicado por el primero el pasado 18 de marzo, responde Marías con unas puntualizaciones hechas en el mismo apartado de “cartas de los lectores”, para rematar después la faena (por si no había tenido bastante el osado portavoz) reincidiendo nuevamente en el tema en su artículo de última página. Aunque no me gusta inmiscuirme en disputas ajenas, creo que el haber pasado por todas las etapas del consumo “tabaquil”, me otorga, al menos, el derecho a opinar al respecto. Primero fui no fumador, luego fumador pasivo, para pasar a ser fumador, ex-fumador, fumador compulsivo, ex-fumador otra vez y ahora consumidor ocasional, los fines de semana y vacaciones, de algún purito de esos pequeñitos después de las comidas principales. Creo que Marías ha confundido, en mi modesta opinión, las pretensiones de este señor, que no eran otras que el respeto a los no fumadores, es decir, al derecho de cualquier persona a respirar aire sin humo (de tabaco. Si entramos en el tema de otros humos, aún heriríamos más susceptibilidades, porque vehículo tenemos –o utilizamos- casi todos). El tabaco nos hace egoístas, y lo digo por experiencia propia. Sin embargo, la “intolerancia” denunciada por Marías, era inexistente hasta no hace tanto tiempo. Recuerdo, de niño, haber ido al Ambulatorio de San Fermín (un centro de salud, para los no indígenas) y encontrar gente fumando en la sala de espera. Pero era algo tan normal como fumar en el autobús, en la carnicería, en la panadería, en el cine... Y no nos molestaba el humo, incluso estando resfriados. Pero es que luego, entrabas al consultorio, y el médico estaba fumando también. Esto, para los que no lo hayan conocido, puede sonar escandaloso, pero nosotros lo veíamos tan normal que no le dábamos la menor importancia. Nacer ya lleva implícito el tener una papeleta para el sorteo de la muerte, que más tarde o más temprano, siempre toca. Luego, a lo largo de la vida, algunos, de forma consciente o no, van comprando más papeletas, con lo que sus posibilidades aumentan. Lo malo, es que nuestros hijos ya nacen con más opciones que nosotros, por la basura de mundo que les estamos dejando...

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