lunes, 9 de abril de 2007

Eclipse V

HUNGRIA, 9 DE AGOSTO DE 1999

Después de un viaje sin incidentes, aterrizamos en Budapest. Sellito en el pasaporte y para afuera. Allí tenemos que encontrarnos con alguien que nos está esperando para entregarnos un coche de alquiler, el cual traemos reservado desde España a través de la misma persona que nos buscó el alojamiento. Después del primer choque térmico y olfativo (es verdad que cada país huele "diferente"), nos dirigimos a la cafetería, donde nos encontramos con estas personas. Ellos hablan húngaro y alemán y nosotros español y un poquito de inglés, así que por señas nos entendemos como podemos, o sea, mal. Con la máquina de planchar VISAs en una mano y las llaves del coche en la otra, comienzan los trámites. Para empezar, no le dan autorización telefónica a mi tarjeta. Llamada desde mi móvil (de tarjeta de prepago) a mi banco, donde me dicen que todo está en regla y que el fallo debe estar en Hungría. Después de mucho tira y afloja, y eso sin entendernos ni papa, convenimos en darle algún dinero a cuenta, y en pasarnos al día siguiente por su oficina en Keszthely para pasar la tarjeta por el lector electrónico. Aún no me explico como podemos decirnos tantas cosas con tan pocas señas, pero ellos por un motivo y nosotros por otro, tenemos ganas de acabar cuanto antes. Cogemos el coche, y con sus explicaciones llegamos a la autopista del Balaton. Lo de autopista debe ser de cachondeo, porque los socavones y desperfectos abundan por doquier. A nosotros nos viene bien, porque con el cansancio y el sueño acumulados después de tantas horas, si llega a ser de otra manera me quedo frito, pues con baches y todo, me cuesta trabajo mantener los ojos abiertos. Mi mujer y mis hijos, detrás, duermen como benditos. Vicente, junto a mí, consciente del peligro, se esfuerza por mantenerse despierto y hablarme. Después de lo que me parece una eternidad, llegamos al Balaton. La primera impresión que me causa (la zona en general, no el lago en particular) es que no se parece mucho a lo que había imaginado. Aunque ya vengo prevenido de que es el "mar de los húngaros", y esperaba infraestructura turística, creía que iba a estar todo "más salvaje", pero veo que no se diferencia mucho de algunas zonas similares en España. La vertiente sur, teóricamente más explotada, y la norte, más bohemia y menos masificada, pero no por ello desierta. A la 1 de la tarde, después de casi 20 horas en movimiento desde que salimos de casa, llegamos a nuestro destino: Vonyarcvashegy, en la parte septentrional del lago. Localizamos la agencia de Andrea, quien nos acompaña hasta la que será nuestra base de operaciones en los 10 días siguientes: un bonito chalet de madera y piedra, de dos pisos, con jardín y terraza y situado en una de las zonas más tranquilas del pueblo. Dentro nos esperan los dueños. La señora nos ha preparado unas pastitas típicas y un zumo, que no está precisamente frío, pero que entra bien. Una vez duchados, cambiados e informados sobre sitios donde comer, nos encaminamos hacia la Csarda "Torony", muy cerca de casa, lugar muy recomendado (en alemán + señas) por la madre de Andrea. El sitio: muy bonito; el trato: muy atento; la comida: excelente y abundante; la bebida: ídem; los precios: muy baratos. En fin: ¡un chollo! Salvo una excepción, ésta será la tónica habitual en nuestro periplo magiar. Hemos comido prácticamente solos. El turismo de la zona, casi enteramente alemán, tiene un horario para nutrirse totalmente distinto al nuestro. De hecho, cuando acabamos de comer, casi a las 5 de la tarde, empiezan a llegar los primeros alemanes para cenar. Una vez cumplidos los primeros trámites, vamos a por el siguiente paso en orden de prioridad:el avituallamiento. Pero antes, la siesta. Tras un corto pero reparador descanso, nos dirigimos a Keszthely, en busca de un supermercado. La idea es comer fuera y cenar en casa, así que nuestras compras se hacen con esta premisa.

El primer dilema llega con la elección de la cerveza. Todas las botellas que hay a la venta son de 1/2 litro, pero lejos de asustarnos, decidimos por unanimidad llevarnos una o dos de cada marca para probarlas todas y una vez escogida la mejor, hacer acopio para toda nuestra estancia. Antes de entrar al súper, hemos dado una vuelta por la pequeña pero coqueta ciudad, localizando los servicios que nos puedan hacer falta: Correos, farmacia, estación de ferrocarril, oficina de cambio, bares, etc. Nos proponemos volver la mañana siguiente para verlo todo más tranquilamente, pues aún nos quedan cosas que hacer en casa.

Por fin llega el esperado momento de la cata. Sentados en la terraza, a la fresca del crepúsculo húngaro, vamos abriendo botellas y puntuando, papel y lápiz en mano, el sabor y textura de cada una de ellas. Asumiendo el falso papel de auténticos expertos, vamos desgranando los pequeños matices:

- ésta es muy ligera y refrescante, dice uno.
- si, pero al final deja un fondo ligeramente amargo en el paladar, replica el otro.

Y en ello estamos, cuando nos damos cuenta de que tenemos una sonrisa de oreja a oreja y de que nos están comiendo los mosquitos. Pero ya hemos encontrado nuestra favorita: Radeberger. Satisfechos, nos refugiamos dentro y empezamos a contar los picotazos. Ya tenemos una misión prioritaria para el día siguiente: comprar Aután y un antihistamínico para el picor (y Radeberger, claro).
(Continuará...)

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