lunes, 28 de mayo de 2007

Eclipse VIII

EL DÍA "D" – 1ª Parte

Hemos pasado una noche de pena, oyendo la tormenta que nos está cayendo encima y previendo lo peor para el momento del eclipse. Me levanto pronto, el primero, como casi todos los días. El sol, radiante, brilla con todo su esplendor. Después de asearme, compruebo si el móvil funciona. Negativo. Mientras arriba empiezan a dar signos de vida, decido llamar a Movistar, única llamada que me permite el aparatito. Se supone que es un número gratuito, pero después me entero que desde el extranjero no. Y no es precisamente barato. Me atiende un amable operador, quien después de anotar todos mis datos, me tiene unos minutos en espera para comprobar mi problema. Como es gratis, pienso, no cuelgo hasta que no me lo arreglen. Cuando al fin vuelve, me cuenta una extraña historia sobre un problema con las coberturas en Centroeuropa que está siendo subsanado. Mientras desayunamos, pensamos en acercarnos otra vez a la estación, a ver si suena la flauta. Por un lado, estamos tranquilos, porque conocemos a Alberto y sabemos que es alguien acostumbrado a viajar y a buscarse la vida solo. Sabemos que no se va a perder el fenómeno que se avecina, pero nos gustaría poder verlo todos juntos. Mientras me fumo un cigarro, el timbre del móvil me hace dar un brinco en el sillón. Tengo un mensaje en mi buzón de voz. Cuando llamo, puedo escuchar la temblorosa voz de Alberto decir: "- Si alguien puede oír esto, estoy en la estación de Keszthely. Voy a esperarme hasta las 11 y después me iré. No sé si me oiréis, pero si lo hacéis, venid a por mí." Apenas faltaban diez minutos para las 11 y después de estar tan cerca no nos íbamos a encontrar. Aviso a Vicen y salimos como flechas en su busca. Pero la afluencia de vehículos a los núcleos principales de población, con motivo del eclipse, se nota en la pequeña carretera. Aguantamos estoicamente la lenta marcha de la cola, pensando que la vuelta será más rápida, pues vemos con alivio que por el carril del sentido contrario casi no circula nadie. Cuando por fin llegamos a la estación, vemos a Alberto cruzando por el aparcamiento con su mochila y tengo que pitarle para que nos vea. Cómo siento no haber llevado conmigo la cámara, pues la cara que se le pone es de artículo de sociología. Nos abrazamos los tres y nuestras frases se van atropellando unas a otras dentro del coche. A los nervios del encuentro, tenemos que añadir los de la cercanía del eclipse. Teníamos decidido buscar un sitio con horizonte despejado, cuanto más al Este, mejor, pues estaríamos más cerca del centro de la franja de totalidad. Incluso yo ya le había echado el ojo el día anterior a un par de prados cerca de Tihany. Ahora, con el evento a punto de comenzar, decidimos que lo mejor es dejarse de aventuras y quedarse en el jardín de la casa, donde si no más centrados, estaremos mucho más cómodos. Pronto comenzamos a apreciar lo acertado de esta decisión, pues cuando llegamos a casa y descubrimos que la fase de ocultación ya lleva comenzada unos minutos, montamos y preparamos el equipo con toda rapidez y abrimos unas cervezas para ir refrescándonos. Vicente, entre mirada y mirada por su telescopio, está enseñando a Pepe por enésima vez a jugar al ajedrez. Alberto y yo, empezamos con nuestra secuencia fotográfica. Una extraña sensación se respira en el ambiente. Conforme avanza el eclipse, la luz va tomando una tonalidad "rara" y el silencio se va apoderando del mundo. También observamos el curioso fenómeno que muestran los rayos del sol al atravesar, por ejemplo, el follaje de un árbol: los círculos de luz que estamos acostumbrados a ver en el suelo, ahora tienen forma de "media luna", como el sol parcialmente eclipsado. Cuando faltan muy pocos minutos para la totalidad, salgo fuera del jardín, a la calle, para observar mejor el entorno...

CONTINUARÁ.

sábado, 26 de mayo de 2007

Chiste

Para desdramatizar un poco los duros momentos de una jornada de reflexión, les incluyo un chiste que he recibido esta semana de un amigo. Espero que les guste tanto como a mí.


George Bush va a un colegio de primaria para hablar sobre la guerra. Después de su discurso, le dice a los niños que le pregunten lo que quieran. Un niño levanta la mano, y George le pregunta cómo se llama:

- Bob.

¿Y qué quieres saber, Bob?

- Tengo 3 preguntas:
1. ¿por qué EE.UU. invadió Iraq sin el apoyo de la ONU?
2. ¿por qué es usted el presidente si Al Gore tuvo más votos?
3. ¿qué pasó con Osama Bin Laden?

Justo después de esto sonó la sirena del recreo. George Bush le dijo a los niños que continuarían al finalizar éste. Cuando reanudaron la clase, George preguntó: ¿Por dónde íbamos? ¡Ah!, es verdad, el turno de preguntas. ¿Alguien quiere preguntarme algo? Un niño diferente levantó su mano. George lo señaló y le preguntó su nombre.

- Steve.

¿Y cuál es tu pregunta, Steve?

- Tengo 5 preguntas:
1. ¿por qué EE.UU. invadió Iraq sin el apoyo de la ONU?
2. ¿por qué es usted el presidente si Al Gore tuvo más votos?
3. ¿qué pasó con Osama Bin Laden?
4. ¿por qué la sirena del recreo sonó 20 minutos antes?
5. ¿dónde esta Bob?

Elecciones municipales

Hoy es jornada de reflexión y teóricamente no se debe hablar de política, así que yo lo haré, aunque sólo sea por llevar la contraria. Mañana domingo hay elecciones municipales (y autonómicas), con lo que hemos tenido diversión durante algunas semanas (más de las deseables). Dejando de lado las perlas que a lo largo de estos días han ido soltando los distintos candidatos y sus jefes nacionales, hemos tenido que soportar promesas tan increíbles, tantas inauguraciones (algunas por 2ª o 3ª vez), y tantas puestas de primera piedra que, de no ser porque ya estamos acostumbrados a la desfachatez y cara dura de los políticos, la cosa podría haber acabado en tragedia. Prometen y prometen, pero una vez en el poder, se les cae el pro y les queda sólo el meten. ¡Y ya lo creo que nos la meten! Está bien que nos tomen el pelo una vez, pero cuando lo hacen en cada convocatoria, están invitando al absentismo al civilizado españolito, que de un tiempo a esta parte, va a votar –eso el que va- con la nariz tapada, y deposita su confianza no en el mejor, sino en el menos “peor”. Lamentablemente es así. No cuento a los incondicionales borregos, que votan y defienden a su pastor por muchas barbaridades que diga o haga. Si usted está entre los de la nariz tapada, y a estas alturas tiene dudas (cosa del todo normal, no crea), tal vez lo de más abajo le ayude a aclarar sus ideas. No están todos los que concurren, pero sí los favoritos (de algunos). Y si no lo consigue, haga lo que más le parezca, pero después no se queje.

Partido Popular
Candidata: Mercedes Alonso


“La charnega”, como la llaman las malas lenguas (por ser oriunda de Granada), tiene más enemigos dentro de su propio partido que fuera de él.
Es una buena opción para los amantes del vértigo que no puedan o quieran acceder a “Quiebra Mítica”. Nos ha prometido -entre otras cosas- que las obras del 2º hospital, que viene reivindicándose desde hace años y años y años y años, comenzarán en dos meses. También un túnel bajo la Corredera. En serio.

A FAVOR
- No se me ocurre nada. Si acaso, que tiene buenos padrinos.

EN CONTRA
- La jaula de grillos que ha venido siendo el PP local (y regional, pero menos), se mudaría ahora al Ayuntamiento. Creo que deberían limpiar su casa antes de intentar arreglar la de los demás.


EUPV–Bloc-Verds-IR
Candidata: Ángeles Candela


Tal vez sería una buena opción para Elche, pero con otro candidato.
Es la encarnación del histórico y eterno desacuerdo entre socialistas y comunistas en Elche. El papel de mosca cojonera le va que ni pintado.

A FAVOR
-Tiene más mili que Cascorro.

EN CONTRA
- Lleva mucho tiempo intentándolo sin conseguirlo (por algo será).
- En los carteles han puesto elche con minúsculas (menudos asesores de campaña).
- Hay algunos proyectos que serían interesantes para la ciudad (dicen), que se irían al traste si ella ganara.
- Hay quien la acusa de nepotismo (su hija va en las listas, posiblemente sea por eso)


Agrupación Popular
Candidato: Manuel Ortuño


¿Qué se puede decir de Manuel Ortuño que no se sepa?
Si cumple todo lo que promete en su programa, España entera va a querer venirse a vivir aquí.
Opción apta para los amantes de las emociones fuertes.

A FAVOR
-Tiene más mili aún –si cabe- que Ángeles Candela.
- Sabe muchas cosas de mucha gente.
- Tiene una cohorte de fieles seguidores que le votarán allá donde esté, haga lo que haga.

EN CONTRA
- Es una de las personas más odiadas en Elche.
- Hay algunos que saben muchas cosas sobre él.
- Otros, de su mismo color, votarían al PSOE antes que a él.
- Tiene una cohorte de fieles seguidores que le votarán allá donde esté, haga lo que haga.


P.S.O.E.
Candidato: Alejandro Soler

El candidato socialista parte con la ventaja que da el estar en el partido que ha gobernado el Ayuntamiento desde las primeras elecciones democráticas. Como no podemos comparar, han sido los mejores alcaldes que hemos tenido desde que se restauró la democracia. Seguro que se podría haber hecho mejor (a todo hay quien gane), pero honestamente, creo que no podemos quejarnos. No obstante, tengo la impresión de que su candidatura aún no está madura y se ha adelantado una o dos convocatorias.

A FAVOR
- Más de lo mismo (la vida sigue igual)

EN CONTRA
- Más de lo mismo (la vida sigue igual)

jueves, 17 de mayo de 2007

Los tontos del haba

Ha llegado el buen tiempo, y con él, los GILIPOLLAS (así, en mayúsculas) que conducen con el bra-ci-to por fuera del coche, colgando como si fuese un salchichón atado a la puerta. No sé si se la quieren dar de tener muuucho dominio de la conducción y nos quieren decir a los demás que con una mano se bastan para manejar el volante, fumar, accionar la palanca del cambio, darle más volumen –aún- a la música, mover el melón al son, hablar/marcar/jugar con el móvil y hurgarse la nariz, todo ello al mismo tiempo. La inmensa mayoría, además, va pisando huevos, y es normal, porque la neurona acaba agobiada con tanto trabajo simultáneo y se tiene que tomar algún tiempo para respirar. Y no crean que esto es patrimonio exclusivo de los más jóvenes, nooo, los hay de toda edad y condición. Así que habrá que tener paciencia, y esperar a que vuelva el frío. Vayan contándolos, por curiosidad, y verán cuántos le salen. Y si entre los lectores hay algún estudiante de sociología, puede hacer un trabajo interesante sobre los que, además, llevan la famosa pe-ga-ti-ni-ta del lavadero de que hablé en otro post. Dios los cría...

martes, 15 de mayo de 2007

Miguelín

Aquella mañana deambulábamos por el barrio en busca de algo que nos proporcionara diversión. Estábamos de vacaciones y no teníamos ganas de jugar a nada, así que andábamos de descubierta, a la caza de algún tesoro. Y justo enfrente de mi casa lo encontramos: una lata de cola en la baldosa. En Elche, ciudad industrial por antonomasia, había una fábrica, o un taller, o cualquier cosa relacionada con el calzado, en cada manzana. Por aquel entonces, la prevención de riesgos laborales, la contaminación, la recogida de resíduos tóxicos y todas esas cosas que ahora nos parecen tan normales, aún no estaban ni en la imaginación del más listo (sin ánimo de ofender) de nuestros dirigentes. Encontrar en la calle latas de cola, de disolventes, sacos de retal y desperdicios industriales de todo tipo, era lo más normal del mundo (del mundo ilicitano, claro). Estoy seguro de que no era la primera lata que veíamos abandonada a su suerte, pero ese día nos tenía que tocar el premio y nos tocó, vaya si nos tocó (sobre todo a Miguelín). No recuerdo por qué decidimos abrirla y ver si quedaba algún resto, pero supongo que sería para hacernos una pelota con la cola que pudiera quedar (estas pelotas rebotan mucho, son muy flexibles y vienen muy bien para jugar al ajo picayo*). El caso es que, deslumbrados por el fuerte sol de verano, no acertábamos a ver si quedaba algo en el interior, así que Miguelín, que casualmente llevaba cerillas en el bolsillo, decidió encender una para ver mejor. Acercarla a la boca –al mismo tiempo que el ojo, con todas nuestras cabezas apelotonadas alrededor-, salir la flama y retroceder instintivamente fue todo uno, pero Miguelín fue el peor parado. Afortunadamente pudo cerrar el ojo a tiempo, pero la ceja y las pestañas se quedaron en la aventura, casi como Terminator después de la batalla. Así y todo, estuvo una temporada con el ojo vendado, y no se nos ocurrió repetir más el experimento. La suerte que tuvimos, sobre todo él, es que no quedase apenas nada en la lata, pues el final podría haber sido bastante peor.


*El ajo picayo consistía en alguien que “pagaba” llevando la pelota y persiguiendo a los demás. Si conseguía acertarle con ella a alguien, éste heredaba la pelota y pasaba a ser el perseguidor. Al principio se comenzaba tirándola suavemente, con la fuerza justa para darle al perseguido, pero siempre había alguien que caldeaba los ánimos y acabábamos lanzando con todas nuestras fuerzas, provocándonos moratones de un color inigualable, y de tamaño directamente proporcional a la dureza de la pelota y a la fuerza del lanzador. Ahhh, aquellos dolores de costillas...

viernes, 11 de mayo de 2007

De la estupidez humana

El hombre es por naturaleza un animal gregario. Siempre ha gustado de vivir rodeado de sus semejantes. Visto desde el punto de vista práctico, es mucho más viable llevar a cabo cualquier proyecto comunal que uno individual (partiendo siempre desde cero). Pero cuando el grupo se hace muy grande, hay que tratar de destacar para no parecer igual que los demás. Entonces se actúa y se viste de acuerdo a unos gustos personales que vienen dictados por la moda y que podemos encontrar en sitios especializados, como El Corte Inglés, Zara, etc. De esta forma se crean las tribus urbanas. En un principio, Dios creó a los “pijos” y a los “macarras”. En medio estaban los que no eran ni una cosa ni otra, “ni chicha ni limoná” como se dice aquí, pero esos no contaban. Aunque algunos tipos de pijos y macarras puros siguen subsistiendo, de estas dos tribus principales derivaron otras: hippies, punkies, heavies... y con el tiempo han ido surgiendo nuevas mutaciones y divisiones: grunges, góticos, raperos, atuneros, etc. No voy a entrar a criticar ahora la forma de vestir de cada uno, pero sí hay algunas cosas que llaman mi atención, por ejemplo: los pantalones piratas para el hombre, o los bañadores-calzón que llegan hasta la rodilla. Después de un par de años viéndolos, ya no se me escapa la risa como antes, pero aún me sonrío (por no llorar) cuando veo a esos niños de “taitantos”, tan guapos y peinaditos, con esos pantaloncitos de regar. Luego está la absurda moda de ir de manga corta en invierno, con las carnes de punta haga el frío que haga, y de manga larga en verano, aunque caigan los chorretes de sudor por las lorzas. Pero, dejando de lado la ropa, lo que ya es el colmo de la tontería, es ponerse la pegatina de un lavadero de coches en la luna trasera o en el portón. ¿Se imaginan ustedes su coche con una pegatina de “Gasolinera La Desviación”, o “Gasolinera Mara”? ¿No, verdad? ¿Entonces por qué se ponen esa de “Panfi-Net”, “Gili-Net”, “Tonti-Net” o como coño se llame y la pasean tan orgullosos por ahí? ¿Estamos tontos o qué? A propósito, ¿alguien sabe cuántos litros de agua se consumen en el lavado de un coche en un sitio de esos? Solamente es curiosidad.

martes, 8 de mayo de 2007

Eclipse VII

LA VÍSPERA – 2ª Parte

Por la tarde nos encaminamos a Tihany, en busca de Miklos, nuestro anfitrión para esa noche. De todos los pueblos del lago, el más bonito, sin duda, es éste. Enclavado en una colina que en forma de península se adentra en el Balaton, es residencia habitual de artistas y todo miembro de la burguesía magiar que se precie tiene una casita aquí. Hasta el mercadillo de hippies parece tener más caché que los de los otros pueblos. Hoy apenas lo hemos visto, porque preocupados por buscar la casa de este hombre, nos hemos pasado y hemos llegado hasta el embarcadero donde acaba la carretera. Aprovechando la estrechez que en el lago provoca la península, una línea de transbordadores trasvasa vehículos y pasajeros de una orilla a la otra, ahorrando así una vuelta de varias decenas de kilómetros. El móvil sigue sin funcionar, así que nos dirigimos a unas cabinas desde donde llamo a Miklos y queda en venir a recogernos. Allí vemos a otro matrimonio de españoles, desesperados porque su móvil tampoco funciona y el marido no se atreve a llamar desde la cabina, no sabemos si por aprensión o porque no tiene más luces (un poco pijos sí que parecen). Por fin aparece nuestro contacto con una pequeña Scooter y tras los besos, presentaciones y apretones de manos preliminares, nos conmina a que le sigamos. Miklos es un hombre de cincuenta y tantos, con una gran clase y una mentalidad y una manera de vestir que correspondería a alguien algunos años más joven. De trato muy agradable y atento, es el jefe que uno siempre quiere tener... hasta que lo tiene o habla con sus empleados y descubre que no es tan distinto de los otros jefes. Precisamente, ha pensado en cómo nos vamos a entender durante la cena y ha invitado también a uno de sus ex-empleados, Paul, que habla un castellano bastante aceptable y fue uno de mis primeros interlocutores en su empresa cuando empezaron nuestras relaciones comerciales. El resto de comensales está compuesto por la novia (y empleada) de Miklos, Erika, y por la mujer de Paul, que trabaja también en la empresa como contable. La casa, que por fuera no nos pareció gran cosa, por dentro es sorprendente. No se ha escatimado un céntimo en su decoración y reforma. La mesa está dispuesta en un pequeño patio, donde nos están preparando una cena típica a base de goulash principalmente. Cuando nos sentamos, Miklos aparece con unas Radeberger bien frías en las manos. Vicente y yo cruzamos una mirada cómplice: la noche empieza bien. Miklos me comenta que es la mejor cerveza que se vende en Hungría, lo cual corroboro apurando la mía, por educación, en dos tragos (lo habría hecho en uno: es un botellín de 20 cl.). Nuestro primer contacto con el goulash y la páprika húngaros nos sorprende muy gratamente. A todos nos gusta mucho el picante, especialmente a Vicen, quien repite en dos ocasiones. El guisado, sin ser el mejor que probaremos en toda nuestra estancia en el país, está francamente bueno. El vino tampoco desmerece al anfitrión, con lo cual la cena transcurre de un modo placentero para todos. Tras abordar temas triviales durante la misma, con los postres pasamos al campo de los negocios, donde me hace entrega de varias quejas verbales en tono un poco dolido, de dos o tres pares de zapatos rotos y de una cantidad importante de dinero en moneda española. A estas horas, después de todo lo que hemos bebido, de lo que menos ganas tengo precisamente es de que me den la murga. Además, no dejo de pensar en el pobre Alberto, perdido en cualquier estación y sin poder contactar con nosotros. Pasadas las 12 de la noche, decidimos que es el momento de partir. Agradecemos a nuestro anfitrión y sus acompañantes todos sus desvelos y partimos hacia Vonyarcvashegy, con el anhelo de no encontrar ninguna patrulla de tráfico por el camino. En todas las guías hablan de ellas como algo temible, y son especialmente implacables con los conductores beodos. En Hungría, la tasa de alcoholemia permitida en conductores es el 0,0% y las sanciones económicas por este motivo, muy elevadas. Afortunadamente, en todo nuestro circuito húngaro, no tendremos ningún encuentro desagradable. Llegamos a casa sin problemas, y tras dejar a la familia, Vicen y yo decidimos acercarnos a la estación de Keszthely, especulando con la posibilidad de que, al no haber podido contactar con nosotros, Alberto haya decidido pernoctar allí, siempre suponiendo, claro está, que haya dado con el tren correcto. La cosa cada vez se pone más dramática. A unas horas del eclipse, negros nubarrones comienzan a poblar el cielo y algunas gotas de lluvia nos han acompañado desde Tihany. En la estación, distinguimos en la oscuridad algunos bultos de gente durmiendo en los bancos. Sin alzar mucho la voz, llamamos a nuestro amigo dos o tres veces sin recibir ninguna respuesta. Alguien se incorpora y nos mira, pero se vuelve a acostar. A 100 metros, en unos vagones aparentemente abandonados, oímos gritos, no sabemos si de una fiesta o de una pelea. De repente recuerdo que llevo encima todo el dinero que me ha dado Miklos (junto con el nuestro, que tampoco es moco de pavo) y decido que es hora de volver. Taciturnos, nos acostamos mirando de reojo al cielo.

lunes, 7 de mayo de 2007

El destripador - 2ª parte

Por suerte (para mí y para los juguetes que había por casa), con el tiempo fui adquiriendo la habilidad suficiente para desmontar y volver a montar procurando que sobrara el mínimo de piezas. ¡Cuántas muñecas quedarían tuertas hasta descubrir el mecanismo que las hacía cerrar los ojos al acostarlas! La mayor de mis hermanas lo recordará mejor que yo. Los muelles de los coches “a fricción”, la falsa suspensión de los pequeños coches de hierro, las escopetas que disparaban tapones de corcho... no había artilugio que se resistiera a mi curiosidad. Luego, más mayorcito, llegó la época “constructiva”. Con una pila de petaca, cinta adhesiva y una bombilla, me construía una linterna para poder seguir leyendo bajo las sábanas cuando mis padres me obligaban a apagar la luz. O esas máquinas de bolas (flippers) que nos hacíamos con un tablero pequeño, clavos, dos pinzas de las de tender y gomas, muchas gomas. Y escopetas también de gomas, hechas con un palo largo, con una muesca en un extremo y una pinza sujeta con una o varias gomas en el otro, con las que era mucho más fácil hacer puntería en los soldados de plástico o en lo que pusiéramos de blanco. ¿Y qué me dicen de los carros hechos con una plataforma de madera (en la que apenas cabíamos acurrucados), dos ejes (el de delante móvil, pues era el de la dirección) con sendos cojinetes en el extremo de cada uno de ellos, que hacían las veces de ruedas? Tuvimos la suerte de nacer en un barrio con muchas cuestas, en una época –como ya dije antes- en la que apenas había tráfico, así que cuando conseguíamos construir un par de ellos, hacíamos carreras dejándonos caer por la pendiente (creo que la farmacéutica estaba muy feliz de tenernos en su barrio, pues la mercromina, el alcohol, la venda y el esparadrapo eran artículos de uso muy frecuente en nuestras casas). Lo más difícil era conseguir los cojinetes, pues lo demás podíamos encontrarlo casi en la calle. Cada cierto tiempo, el tío mecánico de uno, o el amigo del padre de otro, se ablandaba y nos facilitaba la materia prima tan preciada. Luego, con la ayuda de algún hermano mayor o algún adulto entusiasta –que siempre los hay-, construíamos los bólidos. Yo nunca tuve la suerte de conseguir mis propios rodamientos, así que tuve que conformarme con rasparme codos y rodillas en los carros de los demás, cosa ésta que mi madre nunca supo valorar suficientemente.

martes, 1 de mayo de 2007

El Apaput.

Me gusta mucho la fotografía, sobre todo la de naturaleza, con una predilección especial por las aves. Dentro de éstas, ha habido una especie que siempre se me ha resistido, y es el apaput (la abubilla para los forasteros). Si los pájaros son de por sí animalillos huidizos y muy desconfiados, en el apaput esto se multiplica por diez. Tanto es así que nunca había podido “capturarlo” en una imagen decente con mi cámara, con lo que esa foto se había convertido casi en una obsesión. Cada vez que uno se cruzaba en mi camino, me refería al él –o a ella- como “el apaput”, como si siempre fuese el mismo, pues parecía que todos sus movimientos estuviesen calculados para fastidiarme. Cuando ya lo tenía encuadrado y el dedo comenzaba a pulsar el disparador, alzaba el vuelo, dejándome con un palmo de narices. Y cuando no llevaba la cámara encima, se paraba en mis cercanías, haciendo poses provocativas y casi burlándose de su tonto perseguidor (ya sé que suena increíble, pero tengo testigos de ello). Todo esto se acabó el año pasado, cuando en las salinas de Sta. Pola pude “cazar” uno con bastante disimulo, y aunque no fue la foto perfecta, me di por satisfecho. Pero esta pasada Semana Santa, aprovechando que la gente “normal” estaba en las procesiones, nos acercamos hasta La Alcudia para ver la “Tábula de Ilici” (casualmente estaba cedida, así que nos quedamos con las ganas). Paseando por las excavaciones del exterior, una pareja de apaputs me mareaba con su vuelo ondulante y evasivo. Al fin, vi que entraban en un bancal fronterizo con el yacimiento, pero a un nivel más bajo que éste, así que cambié el objetivo y me aproximé con suma cautela hasta el lugar donde calculé que estarían. Me asomé conteniendo la respiración y allí estaba uno de ellos, picoteando gusanillos y larvas entre las naranjas podridas del suelo. El estar a diferente altura creo que me ayudó, pues el pájaro sólo veía mi cabeza –y la cámara delante de ésta-, así que me dio tiempo a hacerle tres o cuatro fotos antes de que saliera volando, entre las que he escogido la que acompaña este texto para mostrársela. No es gran cosa –está con la cresta plegada-, pero es lo mejor que he podido hacer hasta hoy. Y en el Museu de la Ciencia de Barcelona compré un reclamo (es un silbato gordo realmente, pero me hizo gracia) para hacer acudir a estas aves, así que si obtengo nuevos y mejores resultados, les informaré debidamente.