martes, 8 de mayo de 2007

Eclipse VII

LA VÍSPERA – 2ª Parte

Por la tarde nos encaminamos a Tihany, en busca de Miklos, nuestro anfitrión para esa noche. De todos los pueblos del lago, el más bonito, sin duda, es éste. Enclavado en una colina que en forma de península se adentra en el Balaton, es residencia habitual de artistas y todo miembro de la burguesía magiar que se precie tiene una casita aquí. Hasta el mercadillo de hippies parece tener más caché que los de los otros pueblos. Hoy apenas lo hemos visto, porque preocupados por buscar la casa de este hombre, nos hemos pasado y hemos llegado hasta el embarcadero donde acaba la carretera. Aprovechando la estrechez que en el lago provoca la península, una línea de transbordadores trasvasa vehículos y pasajeros de una orilla a la otra, ahorrando así una vuelta de varias decenas de kilómetros. El móvil sigue sin funcionar, así que nos dirigimos a unas cabinas desde donde llamo a Miklos y queda en venir a recogernos. Allí vemos a otro matrimonio de españoles, desesperados porque su móvil tampoco funciona y el marido no se atreve a llamar desde la cabina, no sabemos si por aprensión o porque no tiene más luces (un poco pijos sí que parecen). Por fin aparece nuestro contacto con una pequeña Scooter y tras los besos, presentaciones y apretones de manos preliminares, nos conmina a que le sigamos. Miklos es un hombre de cincuenta y tantos, con una gran clase y una mentalidad y una manera de vestir que correspondería a alguien algunos años más joven. De trato muy agradable y atento, es el jefe que uno siempre quiere tener... hasta que lo tiene o habla con sus empleados y descubre que no es tan distinto de los otros jefes. Precisamente, ha pensado en cómo nos vamos a entender durante la cena y ha invitado también a uno de sus ex-empleados, Paul, que habla un castellano bastante aceptable y fue uno de mis primeros interlocutores en su empresa cuando empezaron nuestras relaciones comerciales. El resto de comensales está compuesto por la novia (y empleada) de Miklos, Erika, y por la mujer de Paul, que trabaja también en la empresa como contable. La casa, que por fuera no nos pareció gran cosa, por dentro es sorprendente. No se ha escatimado un céntimo en su decoración y reforma. La mesa está dispuesta en un pequeño patio, donde nos están preparando una cena típica a base de goulash principalmente. Cuando nos sentamos, Miklos aparece con unas Radeberger bien frías en las manos. Vicente y yo cruzamos una mirada cómplice: la noche empieza bien. Miklos me comenta que es la mejor cerveza que se vende en Hungría, lo cual corroboro apurando la mía, por educación, en dos tragos (lo habría hecho en uno: es un botellín de 20 cl.). Nuestro primer contacto con el goulash y la páprika húngaros nos sorprende muy gratamente. A todos nos gusta mucho el picante, especialmente a Vicen, quien repite en dos ocasiones. El guisado, sin ser el mejor que probaremos en toda nuestra estancia en el país, está francamente bueno. El vino tampoco desmerece al anfitrión, con lo cual la cena transcurre de un modo placentero para todos. Tras abordar temas triviales durante la misma, con los postres pasamos al campo de los negocios, donde me hace entrega de varias quejas verbales en tono un poco dolido, de dos o tres pares de zapatos rotos y de una cantidad importante de dinero en moneda española. A estas horas, después de todo lo que hemos bebido, de lo que menos ganas tengo precisamente es de que me den la murga. Además, no dejo de pensar en el pobre Alberto, perdido en cualquier estación y sin poder contactar con nosotros. Pasadas las 12 de la noche, decidimos que es el momento de partir. Agradecemos a nuestro anfitrión y sus acompañantes todos sus desvelos y partimos hacia Vonyarcvashegy, con el anhelo de no encontrar ninguna patrulla de tráfico por el camino. En todas las guías hablan de ellas como algo temible, y son especialmente implacables con los conductores beodos. En Hungría, la tasa de alcoholemia permitida en conductores es el 0,0% y las sanciones económicas por este motivo, muy elevadas. Afortunadamente, en todo nuestro circuito húngaro, no tendremos ningún encuentro desagradable. Llegamos a casa sin problemas, y tras dejar a la familia, Vicen y yo decidimos acercarnos a la estación de Keszthely, especulando con la posibilidad de que, al no haber podido contactar con nosotros, Alberto haya decidido pernoctar allí, siempre suponiendo, claro está, que haya dado con el tren correcto. La cosa cada vez se pone más dramática. A unas horas del eclipse, negros nubarrones comienzan a poblar el cielo y algunas gotas de lluvia nos han acompañado desde Tihany. En la estación, distinguimos en la oscuridad algunos bultos de gente durmiendo en los bancos. Sin alzar mucho la voz, llamamos a nuestro amigo dos o tres veces sin recibir ninguna respuesta. Alguien se incorpora y nos mira, pero se vuelve a acostar. A 100 metros, en unos vagones aparentemente abandonados, oímos gritos, no sabemos si de una fiesta o de una pelea. De repente recuerdo que llevo encima todo el dinero que me ha dado Miklos (junto con el nuestro, que tampoco es moco de pavo) y decido que es hora de volver. Taciturnos, nos acostamos mirando de reojo al cielo.

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