lunes, 7 de mayo de 2007

El destripador - 2ª parte

Por suerte (para mí y para los juguetes que había por casa), con el tiempo fui adquiriendo la habilidad suficiente para desmontar y volver a montar procurando que sobrara el mínimo de piezas. ¡Cuántas muñecas quedarían tuertas hasta descubrir el mecanismo que las hacía cerrar los ojos al acostarlas! La mayor de mis hermanas lo recordará mejor que yo. Los muelles de los coches “a fricción”, la falsa suspensión de los pequeños coches de hierro, las escopetas que disparaban tapones de corcho... no había artilugio que se resistiera a mi curiosidad. Luego, más mayorcito, llegó la época “constructiva”. Con una pila de petaca, cinta adhesiva y una bombilla, me construía una linterna para poder seguir leyendo bajo las sábanas cuando mis padres me obligaban a apagar la luz. O esas máquinas de bolas (flippers) que nos hacíamos con un tablero pequeño, clavos, dos pinzas de las de tender y gomas, muchas gomas. Y escopetas también de gomas, hechas con un palo largo, con una muesca en un extremo y una pinza sujeta con una o varias gomas en el otro, con las que era mucho más fácil hacer puntería en los soldados de plástico o en lo que pusiéramos de blanco. ¿Y qué me dicen de los carros hechos con una plataforma de madera (en la que apenas cabíamos acurrucados), dos ejes (el de delante móvil, pues era el de la dirección) con sendos cojinetes en el extremo de cada uno de ellos, que hacían las veces de ruedas? Tuvimos la suerte de nacer en un barrio con muchas cuestas, en una época –como ya dije antes- en la que apenas había tráfico, así que cuando conseguíamos construir un par de ellos, hacíamos carreras dejándonos caer por la pendiente (creo que la farmacéutica estaba muy feliz de tenernos en su barrio, pues la mercromina, el alcohol, la venda y el esparadrapo eran artículos de uso muy frecuente en nuestras casas). Lo más difícil era conseguir los cojinetes, pues lo demás podíamos encontrarlo casi en la calle. Cada cierto tiempo, el tío mecánico de uno, o el amigo del padre de otro, se ablandaba y nos facilitaba la materia prima tan preciada. Luego, con la ayuda de algún hermano mayor o algún adulto entusiasta –que siempre los hay-, construíamos los bólidos. Yo nunca tuve la suerte de conseguir mis propios rodamientos, así que tuve que conformarme con rasparme codos y rodillas en los carros de los demás, cosa ésta que mi madre nunca supo valorar suficientemente.

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