martes, 15 de mayo de 2007

Miguelín

Aquella mañana deambulábamos por el barrio en busca de algo que nos proporcionara diversión. Estábamos de vacaciones y no teníamos ganas de jugar a nada, así que andábamos de descubierta, a la caza de algún tesoro. Y justo enfrente de mi casa lo encontramos: una lata de cola en la baldosa. En Elche, ciudad industrial por antonomasia, había una fábrica, o un taller, o cualquier cosa relacionada con el calzado, en cada manzana. Por aquel entonces, la prevención de riesgos laborales, la contaminación, la recogida de resíduos tóxicos y todas esas cosas que ahora nos parecen tan normales, aún no estaban ni en la imaginación del más listo (sin ánimo de ofender) de nuestros dirigentes. Encontrar en la calle latas de cola, de disolventes, sacos de retal y desperdicios industriales de todo tipo, era lo más normal del mundo (del mundo ilicitano, claro). Estoy seguro de que no era la primera lata que veíamos abandonada a su suerte, pero ese día nos tenía que tocar el premio y nos tocó, vaya si nos tocó (sobre todo a Miguelín). No recuerdo por qué decidimos abrirla y ver si quedaba algún resto, pero supongo que sería para hacernos una pelota con la cola que pudiera quedar (estas pelotas rebotan mucho, son muy flexibles y vienen muy bien para jugar al ajo picayo*). El caso es que, deslumbrados por el fuerte sol de verano, no acertábamos a ver si quedaba algo en el interior, así que Miguelín, que casualmente llevaba cerillas en el bolsillo, decidió encender una para ver mejor. Acercarla a la boca –al mismo tiempo que el ojo, con todas nuestras cabezas apelotonadas alrededor-, salir la flama y retroceder instintivamente fue todo uno, pero Miguelín fue el peor parado. Afortunadamente pudo cerrar el ojo a tiempo, pero la ceja y las pestañas se quedaron en la aventura, casi como Terminator después de la batalla. Así y todo, estuvo una temporada con el ojo vendado, y no se nos ocurrió repetir más el experimento. La suerte que tuvimos, sobre todo él, es que no quedase apenas nada en la lata, pues el final podría haber sido bastante peor.


*El ajo picayo consistía en alguien que “pagaba” llevando la pelota y persiguiendo a los demás. Si conseguía acertarle con ella a alguien, éste heredaba la pelota y pasaba a ser el perseguidor. Al principio se comenzaba tirándola suavemente, con la fuerza justa para darle al perseguido, pero siempre había alguien que caldeaba los ánimos y acabábamos lanzando con todas nuestras fuerzas, provocándonos moratones de un color inigualable, y de tamaño directamente proporcional a la dureza de la pelota y a la fuerza del lanzador. Ahhh, aquellos dolores de costillas...

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