martes, 26 de junio de 2007

El dinero de Son Goku

Mi sobrina Vero* me ha recogido unas monedas orientales, que encontró en un mercadillo de objetos de 2ª mano, tipo rastro, que montan todos los domingos en Guardamar. Como podrán apreciar en las fotos que acompañan este texto, hay dos grandes y otras dos más grandes aún. Por sus dimensiones, más que monedas parecen chapas de jugar al caliche. La monedita pequeña que ven en las fotos es de 1 céntimo de euro, y la he puesto para que tengan una referencia para calcular el tamaño de las otras. No soy ningún entendido en numismática, me limito a recopilar monedas extranjeras, más que nada por curiosidad, desde que en 1981 comencé mi colección con una de 10 peniques, con la efigie de la reina de Inglaterra en un lado y un león coronado en el opuesto, que encontré en un autocar cuando volvía a Burgos de un permiso. Tampoco sé nada de idiomas asiáticos, así que no son más que suposiciones mías el pensar que una de las grandes es china y el resto japonesas. Suposiciones y el que de las dos mayores, una tiene un valor de 1 TAEL y la otra de 1 YEN. En las dos menores, los caracteres son –en mi opinión- más parecidos a los de la japonesa. Tal vez alguien más puesto en el tema pueda aclararnos algo. Bienvenida sea su aportación.


*Esta chica siempre está haciéndome regalos. Al final me tocará invitarla a comer...

domingo, 24 de junio de 2007

El próximo eclipse

Cenando en casa hace poco con unos amigos, uno de ellos –Alberto- sacó a la palestra, casi de pasada, el tema de los eclipses totales de sol, y se planteó, medio en broma, la posibilidad de ir a ver el próximo, en el 2008, a China (nada menos). Quien haya tenido la suerte de contemplar uno en directo, sabe que le queda un gusanillo por dentro que le reconcome durante una temporada hasta quedar aparentemente dormido. Pero cuando se acerca otro eclipse, y los medios comienzan a hacerse eco de la proximidad del acontecimiento, el gusanillo sale de su letargo y provoca en su anfitrión unas ganas irrefrenables de ir a verlo, sea como sea. Así estoy yo desde 1999. Este amigo, uno de los que estuvo conmigo en Hungría ese año, ha tenido la suerte de ver otro más, el del año pasado, en Turquía. Yo me tuve que conformar con verlo por Internet, pero cuando llegó el momento de la totalidad, la página –de la NASA, por cierto- estaba tan saturada que la pantalla quedó congelada en una imagen de absoluta negritud. Tenía un par de páginas más en la recámara por si ocurría eso, pero aún estaban peor, así que me quedé con las ganas. Pueden imaginar que el gusanillo, a quien en principio no le había hecho ninguna gracia la idea, quedó cabreado como un chino, y aún de vez en cuando, si hablamos de este tema, se despereza un momento para mordisquear el tallo de mi conciencia, cerca de las raíces, allí donde están mis anhelos más profundos. Ahora ha vuelto a despertar, aunque no del todo, porque no pude evitar ponerme a recabar datos sobre el evento del año próximo. Resulta que será el 1 de agosto, fecha en la que CASI estaré de vacaciones. Pasará, además de por China, por Mongolia, Siberia (cruzará Rusia de norte a sur), Groenlandia y el nordeste de Canadá. Entré a la página que la NASA dedica a estos acontecimientos, a ver qué se cuenta Mr. Spenak, quien nos ayudó con sus precisos –y preciosos- datos a decidirnos en el 99. También eché un vistazo al sitio del grupo Shelios, astrofísicos del IAC que hacen lo que a mí me gustaría: no se pierden uno, sea donde sea. Esta gente suele tener buen ojo a la hora de escoger el lugar de observación, y vi que se iban a Novosibirsk, capital de Siberia occidental, también conocida en Rusia como la Ciudad de la Ciencia. A esas alturas, el gusanillo empezaba a dar muestras de inquietud, así que el siguiente paso ya fue buscar cómo llegar hasta allí. Como no me atrae la idea de volar en Tupolev, por los funestos presagios que les acompaña en cada viaje, me decanté por el Transiberiano, cuyo recorrido ya es en sí mismo una aventura. Desde Moscú a Novosibirsk hay un trayecto de casi cuatro días con sus noches, que se pueden hacer cómodamente en sus coches cama. He averiguado algunas cosillas más, pero me las dejaré para un segundo post, para ir haciéndoles gana a ustedes también. Qué, ¿se vienen?

sábado, 23 de junio de 2007

Elx al carrer

Una de las iniciativas más interesantes –en mi opinión- de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de esta ciudad, es la denominada “Elx al carrer” (Elche en la calle para los forasteros). Aunque sólo lleva dos años celebrándose, me gusta encontrarme en distintos rincones –casi todos del centro, eso sí- a gente actuando y demostrando su talento en la calle. Si el año pasado, por encontrarme fuera, no lo pude disfrutar, éste no me lo he querido perder, y la verdad es que no me ha defraudado: pasacalles con zancudos, grupos de percusión,
músicos, acróbatas, danzantes... Para algunos –los de siempre-, no habrá sido más que algunos hippies y otras gentes de mal vivir armando escándalo por la calle. Por suerte para ellos, y por desgracia para el resto, la fiesta sólo ha durado un fin de semana. Pero un año pasa muy rápido, y antes llegará noviembre, con su mercado medieval, sus correfocs, etc. Por cierto, ¿creen que estas cosas se seguirían celebrando si el Ayuntamiento hubiese cambiado de color estas pasadas elecciones?

sábado, 16 de junio de 2007

Eclipse X

12 DE AGOSTO (LA RESACA)

Los dos días que nos quedan hasta ir a la capital los empleamos haciendo verdadero turismo. Por la mañana visitamos Sümeg, pueblo medieval situado unos kilómetros al interior del lago. Tras entrar a la oficina de turismo, atendida por voluntariosas amas de casa, desconocedoras de idioma alguno distinto al húngaro, subimos hasta el castillo, o lo que queda de él. Tras la empinada cuesta, llegamos a una gran explanada cubierta de hierba, donde podemos ver un par de catapultas y algún que otro ariete, todo ello de moderna factura, puesto allí para los turistas como nosotros. Al parecer, en este lugar hacen torneos medievales, al estilo de los que organizan en Benidorm, es decir, una horterada. Para llegar al verdadero castillo aún hay que trepar un buen rato por los riscos, así que desanimados por este aperitivo, pensamos ir a comer a Balatonfüred, que según Alberto, no está nada mal. Al llegar comprobamos que es muy parecido a muchos pueblos de la costa alicantina, cambiando el agua salada por la dulce del lago, claro, y con el encanto añadido de estar en el extranjero. Comemos en el restaurante del Club Náutico, un sitio que de entrada nos parece de mucho lujo (por la pinta de los comensales) aunque luego comprobamos que los precios son razonables. Allí coincidimos con un equipo español de regatas, que ha venido a participar a unas pruebas al Balaton. Todo muy pijo, pero la comida compensa. Casi al azar he escogido uno de los mejores platos de la carta, compuesto de un surtido de carnes variadas asadas al grill, con unas flores decorativas hechas con tocino que despiertan nuestra admiración (y la envidia de mis compañeros de mesa). Memorizo (más o menos) el nombre del plato para repetir, si no hay alternativas mejores, en otros restaurantes. Por la tarde, ante la imposibilidad de dormir la siesta, decidimos darnos una vuelta por el paseo junto al lago, lleno de tiendas de souvenirs, puestos hippies de artesanía, bisutería, etc. En fin, lo típico de cualquier lugar costero. Alberto compra algunas cosillas para sus sobrinos y nosotros compramos vino para la casa, pues descubrimos algunas garrafas iguales a las que tenía Miklos en su casa hace dos noches. Sin ser una gran cosa, es agradable al paladar y no se sube a la cabeza con facilidad, como los vinos españoles de ese nivel de precio. Aún nos queda tiempo y decidimos ir a ver el palacio barroco de Festetics-Kastély, en Keszthely, rodeado de frondosos parques y cuidados jardines. En su interior, una biblioteca con más de 90.000 volúmenes, algunos de ellos en español. A la hora que llegamos ya está cerrada, pero aún tenemos tiempo de pasear por el exterior. Por la noche, antes de cenar, llamo a Joseph para ultimar con él los detalles de nuestra visita del día siguiente.

Continuará...

martes, 12 de junio de 2007

Koper - Capodistria

Hace dos veranos estuvimos de vacaciones en Eslovenia, bonito país, ex-componente de la antigua Yugoslavia, que declaró su independencia en junio de 1991 –casualmente el mismo día de mi cumpleaños-. Aunque nuestro alojamiento y base de operaciones lo tuvimos en la montaña (la cabra siempre tira al monte), en un pueblecito junto al Lago Bohinj, en el corazón del Parque Nacional del Triglav, las reducidas dimensiones del país (en superficie viene a ser como la provincia de Cáceres), nos permitieron desplazarnos hasta su diminuta franja costera en el Adriático –apenas 47 km., justo frente a Venecia-, donde visitamos lugares tan interesantes como Piran o Koper. Fue en esta última ciudad, donde encontré, paseando por una de sus bonitas callejuelas, la placa conmemorativa cuya foto seguidamente incluyo.


Como verán, es un homenaje a los brigadistas internacionales de la Istria eslovena que murieron en la Guerra Civil española y fue instalada durante el mandato del Mariscal Tito. Llamó mi atención de inmediato por un emblema que me resultó familiar: Voluntarios Internacionales de la Libertad. Descansen En Paz.

domingo, 10 de junio de 2007

La festa del Pla

Hace algunas semanas, se celebró la fiesta de mi barrio. El 17 de mayo fue San Pascual, así que entre el sábado y el domingo siguientes hubo diversas actividades en honor del santo, entre ellas una procesión que recorrió las calles en las que jugué de pequeño (no soy una persona religiosa, pero tampoco busco “convertir” a las que lo son, siempre que no molesten). Hay cosas que se siguen haciendo igual que hace 40 años: el porrate (bastante descafeinado, eso sí), la procesión que ya cité, la rifa del borrego, los cohetes por la mañana, por la tarde, por la noche, las tracas al paso del santo... Sin embargo, estoy seguro de que a los niños les gustaría que todas las tardes, durante esa semana, se pasearan los cabezudos como lo hacían antes, acompañados de dolçaina y tabalet, bailando en las replacetas. Aún recuerdo perfectamente la tonada, siempre la misma, que tocaba el tío de la charamita cada vez que paraban a bailar. En la tienda de Vicenta y Salborico (“ca los gordos”, como se decía en el barrio), vendían mechas-largas y despertadores para los más mayores, y piulas y mixtos de trueno para los más pequeños, lo que suponía un pequeño anticipo de lo que vendría después, en las fiestas de agosto. Entonces no se podía comprar pólvora en cualquier momento del año, como hoy. Sólo para la alborada y las fiestas de los barrios, los tenderos sacaban sus mercancías de las cajas de madera con serrín, para que los niños gastáramos las pesetas y duros que habíamos ido consiguiendo de abuelos, padres y tíos para ese fin. Entre los pequeños, lo más comprado, por su versatilidad, eran los mixtos de trueno: unas tiras de cartón de unos 4 cm. de ancho, con pegotes de material levemente explosivo, del tamaño de la uña del dedo meñique, dispuestos cada 3 ó 4 cm. en uno de los bordes. Lo habitual era cortar un trocito de la tira, encenderlo por fricción en el suelo o en la pared, y mantenerlo en la mano contemplando las rápidas e inofensivas detonaciones. También se podía hacer explotar a las “uñas” chafándolas con una piedra –muy abundantes entonces por el suelo-, pues el material de que estaban hechas era muy similar –si no el mismo- al de los “pistones” que vendían para las pistolas de juguete. Otro uso era hacer tracas chinas con ellos, separando las “uñas” del cartón y poniéndolas todas juntas en una hoja de periódico, que luego se arrugaba formando una pelota para prenderle fuego. Esto último se hizo hasta que sacaron los “tomaticos”, muy parecidos a los tomates secos en tamaño, forma y color, bastante más divertidos que todo lo que habíamos tenido hasta entonces, pero que fueron rápidamente retirados de la venta porque se decía que alguien había muerto tras comerse uno (tal vez fuese una leyenda urbana). Poco más tarde, prohibieron también los mixtos de trueno, por lo nocivo de su composición, quedándonos sólo las piulas, las bengalas y alguna mecha-larga que algún osado “distraía” de la caja de su hermano mayor (a nosotros no nos las vendían). Y luego llegaron los chinos...

sábado, 9 de junio de 2007

Eclipse IX

EL DÍA "D" – 2ª Parte

La luz es cada vez más débil y apenas se oye un ruido. Tengo la carne de gallina, puede que por los nervios, aunque la temperatura ha descendido al menos un par de grados. Vuelvo al telescopio para estar preparado en el momento cumbre. Saco el filtro y de repente desaparece todo vestigio de luz. Vicen, mirando a través de su telescopio, grita como un cowboy por la emoción. Alberto y yo, mientras, ponemos a prueba la elasticidad de las articulaciones de nuestras extremidades haciendo fotos como posesos y mirando boquiabiertos el espectáculo más grande de la naturaleza. Quien ha tenido la oportunidad de verlo "en directo", sabe que no exagero en absoluto. Mi mujer, mis hijos, todos caemos rendidos ante la belleza del momento.
Me resulta imposible transcribir la variedad de exclamaciones, imprecaciones, emociones, gritos y silencios que se amalgaman en los 2 minutos escasos que dura el espectáculo celeste.

Cuando el sol vuelve a asomar por detrás de la luna, todos nos abrazamos, con una emoción y alegría indescriptibles. Todo lo que hemos leído y visto en libros, revistas, reportajes de televisión, etc. se queda muy corto al compararlo con la realidad. Es algo demasiado grande para contarlo con palabras. Sacamos otras cervezas para celebrarlo y nos hacemos las fotos de rigor. La normalidad vuelve pronto al entorno. La vida vuelve a renacer: se oyen los pájaros, los perros, los vecinos... y los coches en la carretera. Aún no hemos apurado nuestras cervezas cuando descubrimos que el cielo se está encapotando. Cirro-cúmulos provenientes del Oeste han tapado el sol en cuestión de minutos, lo cual es motivo de nuevas felicitaciones por la suerte que hemos tenido y de que recojamos todo para irnos a comer a la Torony. Todos los comentarios giran en torno al eclipse, hasta que Alberto nos cuenta su odisea particular con todo lujo de detalles. La narración completa es merecedora de un artículo aparte, pero trataré de resumirla lo mejor que pueda. Después de aterrizar en Budapest, intentó ponerse en contacto conmigo en varias ocasiones, sin conseguirlo, claro. Alguien a quien conoció en el viaje le acercó hasta la estación del ferrocarril, donde le ayudó a sacar su billete para Balatonfüred, población cercana a Tihany. Tras un despiste en el tren, que le separó unos cuantos kilómetros del lago, pudo llegar finalmente a su destino. Luego de un nuevo intento fallido de contactar conmigo, encontró un sitio cómodo fuera de la estación donde pasar la noche: bajo unos árboles, en un mullido colchón de césped, extendió su saco de dormir y cerró los ojos acunado por el machacón ritmo de una discoteca cercana. La tormenta, a las 3 de la madrugada, le sorprendió durmiendo profundamente. ¡Lo que faltaba!, pensó. A sólo unas horas del eclipse, no había podido hablar con nosotros, llovía a cántaros y no tenía donde dormir. Se refugió en la estación, donde pasó el resto de la noche. Por la mañana, nuevo intento de contacto y nuevo chasco. Al menos, el tiempo había cambiado. Tomó el primer tren hacia Keszthely y al llegar, gastó sus últimas monedas en una nueva llamada. ¡Oh! ¡El buzón de voz! Dejó su angustioso mensaje y se dispuso a esperarnos pacientemente. Según nos dice ahora, mientras acabamos nuestro goulash, en lo único que pensaba era en que, al menos, iba a ver el eclipse. Aunque fuera solo, pero lo iba a ver, no como en Finlandia, donde el mal tiempo le aguó la fiesta. Tal y como dejó grabado, a las 11 cogió su mochila, dispuesto a buscar un sitio donde plantar el trípode. Esperó unos minutos más "por si las moscas" y al ver que no aparecíamos salió a la calle. Al cruzar el aparcamiento, vio como un coche amarillo tocaba el claxon y venía derecho hacia él. Cuando descubrió nuestras sonrientes caras a través del parabrisas, comprendió que, después de todo, la suerte no le había abandonado.

Esa tarde, volvemos a la estación. Alberto tiene pensado pasar la noche con nosotros, y marcharse al día siguiente, jueves, a Budapest, donde piensa estar hasta el viernes por la tarde, cuando regrese a España. Nos hacemos una cerveza infame (por lo mala y por lo pequeña) en el cutre-bar de la estación y nos vamos al centro. Esa noche lo convencemos de que se quede con nosotros esos días, para ir el viernes todos juntos a Budapest, a pasar el día. Tengo otro contacto esperándonos allí: Joseph, último secretario de Miklos. Su padre fue "agregado comercial" en la embajada húngara en España en la época comunista. Él pasó parte de su juventud en Madrid, donde descubrió las cañas y las tapas, según me contó. Habla un castellano casi perfecto. Se ofreció a ser nuestro anfitrión en la capital y para corresponderle, le he traído unas botellas de rioja, otra de sus grandes añoranzas (compartida con su padre). Pero aún faltan dos días para ir a Budapest.


Continuará...

domingo, 3 de junio de 2007

La tapa

Aquel sábado por la tarde no recuerdo si es que no me gustaba la película que estaban dando, o que simplemente no había película por ser sábado santo. En esos años, el luto por un allegado era muy estricto, rigurosísimo, así que pueden imaginarse cómo se llevaba lo de que hubiese muerto el Señor. No se respetaba ni la niñez. Recuerdo un viernes santo (o sábado) en que iba silbando cerca de mi casa, con la inocencia de mis 6 o 7 años, y una señora me echó tal paquete –en voz baja, eso sí-, que me fui corriendo llorando a mi casa. No se podía cantar, ni silbar, ni casi hablar en voz alta –y mucho menos jugar gritando en la calle- hasta el domingo de resurrección, en que ya todo valía. Pues bien, aquel sábado recuerdo que no encontré a ninguno de mis amigos, así que me puse a vagar por mi calle arriba y abajo por si aparecía alguien. En esas me encontré una tapa de alioli (entonces sólo había de una marca, así que les dejo que adivinen cuál era), en la que aún quedaba algún resto de producto adherido en su cara interior. Como me gustaba experimentar con todo, probé a patinar con un pie sobre ella costera abajo, con tan mala suerte que al cuarto o quinto impulso caí hacia delante dándome un rodillazo en el mentón, mientras tenía la punta de la lengua fuera. Al ir a ponerme saliva en la rodilla (siempre era la cura de primera urgencia) me dí cuenta de que tenía más sangre en la boca que en la pierna, aparte de que notaba un hormigueo extraño en la lengua. Por si acaso, eché el candado a la boca y me fui corriendo hasta mi casa. Cuando mi madre abrió la puerta y preguntó que qué pasaba (ya se olía que había pasado algo), abrí la boca y saqué la lengua, cayendo un borbotón de sangre y saliva que me llegó hasta los pantalones. Por el camino –bastante corto, por cierto- me dio tiempo a pensar que me había partido la lengua, que me iba a quedar mudo y que encima, mi padre me iba a dar una paliza por hacer el tonto. Por fortuna, todo quedó en un corte –profundo, eso sí- y en un sermón paterno por mi falta de “conocimiento”. Al parecer, ellos también se asustaron y habían pensado –como yo- que la cosa había sido más grave, así que respiraron aliviados al ver que no era para tanto. Luego nos reíamos todos al contarle mi nueva “batallita” a los abuelos. Pero estuve hablando “raro” una buena temporada.