sábado, 9 de junio de 2007

Eclipse IX

EL DÍA "D" – 2ª Parte

La luz es cada vez más débil y apenas se oye un ruido. Tengo la carne de gallina, puede que por los nervios, aunque la temperatura ha descendido al menos un par de grados. Vuelvo al telescopio para estar preparado en el momento cumbre. Saco el filtro y de repente desaparece todo vestigio de luz. Vicen, mirando a través de su telescopio, grita como un cowboy por la emoción. Alberto y yo, mientras, ponemos a prueba la elasticidad de las articulaciones de nuestras extremidades haciendo fotos como posesos y mirando boquiabiertos el espectáculo más grande de la naturaleza. Quien ha tenido la oportunidad de verlo "en directo", sabe que no exagero en absoluto. Mi mujer, mis hijos, todos caemos rendidos ante la belleza del momento.
Me resulta imposible transcribir la variedad de exclamaciones, imprecaciones, emociones, gritos y silencios que se amalgaman en los 2 minutos escasos que dura el espectáculo celeste.

Cuando el sol vuelve a asomar por detrás de la luna, todos nos abrazamos, con una emoción y alegría indescriptibles. Todo lo que hemos leído y visto en libros, revistas, reportajes de televisión, etc. se queda muy corto al compararlo con la realidad. Es algo demasiado grande para contarlo con palabras. Sacamos otras cervezas para celebrarlo y nos hacemos las fotos de rigor. La normalidad vuelve pronto al entorno. La vida vuelve a renacer: se oyen los pájaros, los perros, los vecinos... y los coches en la carretera. Aún no hemos apurado nuestras cervezas cuando descubrimos que el cielo se está encapotando. Cirro-cúmulos provenientes del Oeste han tapado el sol en cuestión de minutos, lo cual es motivo de nuevas felicitaciones por la suerte que hemos tenido y de que recojamos todo para irnos a comer a la Torony. Todos los comentarios giran en torno al eclipse, hasta que Alberto nos cuenta su odisea particular con todo lujo de detalles. La narración completa es merecedora de un artículo aparte, pero trataré de resumirla lo mejor que pueda. Después de aterrizar en Budapest, intentó ponerse en contacto conmigo en varias ocasiones, sin conseguirlo, claro. Alguien a quien conoció en el viaje le acercó hasta la estación del ferrocarril, donde le ayudó a sacar su billete para Balatonfüred, población cercana a Tihany. Tras un despiste en el tren, que le separó unos cuantos kilómetros del lago, pudo llegar finalmente a su destino. Luego de un nuevo intento fallido de contactar conmigo, encontró un sitio cómodo fuera de la estación donde pasar la noche: bajo unos árboles, en un mullido colchón de césped, extendió su saco de dormir y cerró los ojos acunado por el machacón ritmo de una discoteca cercana. La tormenta, a las 3 de la madrugada, le sorprendió durmiendo profundamente. ¡Lo que faltaba!, pensó. A sólo unas horas del eclipse, no había podido hablar con nosotros, llovía a cántaros y no tenía donde dormir. Se refugió en la estación, donde pasó el resto de la noche. Por la mañana, nuevo intento de contacto y nuevo chasco. Al menos, el tiempo había cambiado. Tomó el primer tren hacia Keszthely y al llegar, gastó sus últimas monedas en una nueva llamada. ¡Oh! ¡El buzón de voz! Dejó su angustioso mensaje y se dispuso a esperarnos pacientemente. Según nos dice ahora, mientras acabamos nuestro goulash, en lo único que pensaba era en que, al menos, iba a ver el eclipse. Aunque fuera solo, pero lo iba a ver, no como en Finlandia, donde el mal tiempo le aguó la fiesta. Tal y como dejó grabado, a las 11 cogió su mochila, dispuesto a buscar un sitio donde plantar el trípode. Esperó unos minutos más "por si las moscas" y al ver que no aparecíamos salió a la calle. Al cruzar el aparcamiento, vio como un coche amarillo tocaba el claxon y venía derecho hacia él. Cuando descubrió nuestras sonrientes caras a través del parabrisas, comprendió que, después de todo, la suerte no le había abandonado.

Esa tarde, volvemos a la estación. Alberto tiene pensado pasar la noche con nosotros, y marcharse al día siguiente, jueves, a Budapest, donde piensa estar hasta el viernes por la tarde, cuando regrese a España. Nos hacemos una cerveza infame (por lo mala y por lo pequeña) en el cutre-bar de la estación y nos vamos al centro. Esa noche lo convencemos de que se quede con nosotros esos días, para ir el viernes todos juntos a Budapest, a pasar el día. Tengo otro contacto esperándonos allí: Joseph, último secretario de Miklos. Su padre fue "agregado comercial" en la embajada húngara en España en la época comunista. Él pasó parte de su juventud en Madrid, donde descubrió las cañas y las tapas, según me contó. Habla un castellano casi perfecto. Se ofreció a ser nuestro anfitrión en la capital y para corresponderle, le he traído unas botellas de rioja, otra de sus grandes añoranzas (compartida con su padre). Pero aún faltan dos días para ir a Budapest.


Continuará...

No hay comentarios: