domingo, 10 de junio de 2007

La festa del Pla

Hace algunas semanas, se celebró la fiesta de mi barrio. El 17 de mayo fue San Pascual, así que entre el sábado y el domingo siguientes hubo diversas actividades en honor del santo, entre ellas una procesión que recorrió las calles en las que jugué de pequeño (no soy una persona religiosa, pero tampoco busco “convertir” a las que lo son, siempre que no molesten). Hay cosas que se siguen haciendo igual que hace 40 años: el porrate (bastante descafeinado, eso sí), la procesión que ya cité, la rifa del borrego, los cohetes por la mañana, por la tarde, por la noche, las tracas al paso del santo... Sin embargo, estoy seguro de que a los niños les gustaría que todas las tardes, durante esa semana, se pasearan los cabezudos como lo hacían antes, acompañados de dolçaina y tabalet, bailando en las replacetas. Aún recuerdo perfectamente la tonada, siempre la misma, que tocaba el tío de la charamita cada vez que paraban a bailar. En la tienda de Vicenta y Salborico (“ca los gordos”, como se decía en el barrio), vendían mechas-largas y despertadores para los más mayores, y piulas y mixtos de trueno para los más pequeños, lo que suponía un pequeño anticipo de lo que vendría después, en las fiestas de agosto. Entonces no se podía comprar pólvora en cualquier momento del año, como hoy. Sólo para la alborada y las fiestas de los barrios, los tenderos sacaban sus mercancías de las cajas de madera con serrín, para que los niños gastáramos las pesetas y duros que habíamos ido consiguiendo de abuelos, padres y tíos para ese fin. Entre los pequeños, lo más comprado, por su versatilidad, eran los mixtos de trueno: unas tiras de cartón de unos 4 cm. de ancho, con pegotes de material levemente explosivo, del tamaño de la uña del dedo meñique, dispuestos cada 3 ó 4 cm. en uno de los bordes. Lo habitual era cortar un trocito de la tira, encenderlo por fricción en el suelo o en la pared, y mantenerlo en la mano contemplando las rápidas e inofensivas detonaciones. También se podía hacer explotar a las “uñas” chafándolas con una piedra –muy abundantes entonces por el suelo-, pues el material de que estaban hechas era muy similar –si no el mismo- al de los “pistones” que vendían para las pistolas de juguete. Otro uso era hacer tracas chinas con ellos, separando las “uñas” del cartón y poniéndolas todas juntas en una hoja de periódico, que luego se arrugaba formando una pelota para prenderle fuego. Esto último se hizo hasta que sacaron los “tomaticos”, muy parecidos a los tomates secos en tamaño, forma y color, bastante más divertidos que todo lo que habíamos tenido hasta entonces, pero que fueron rápidamente retirados de la venta porque se decía que alguien había muerto tras comerse uno (tal vez fuese una leyenda urbana). Poco más tarde, prohibieron también los mixtos de trueno, por lo nocivo de su composición, quedándonos sólo las piulas, las bengalas y alguna mecha-larga que algún osado “distraía” de la caja de su hermano mayor (a nosotros no nos las vendían). Y luego llegaron los chinos...

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