domingo, 3 de junio de 2007

La tapa

Aquel sábado por la tarde no recuerdo si es que no me gustaba la película que estaban dando, o que simplemente no había película por ser sábado santo. En esos años, el luto por un allegado era muy estricto, rigurosísimo, así que pueden imaginarse cómo se llevaba lo de que hubiese muerto el Señor. No se respetaba ni la niñez. Recuerdo un viernes santo (o sábado) en que iba silbando cerca de mi casa, con la inocencia de mis 6 o 7 años, y una señora me echó tal paquete –en voz baja, eso sí-, que me fui corriendo llorando a mi casa. No se podía cantar, ni silbar, ni casi hablar en voz alta –y mucho menos jugar gritando en la calle- hasta el domingo de resurrección, en que ya todo valía. Pues bien, aquel sábado recuerdo que no encontré a ninguno de mis amigos, así que me puse a vagar por mi calle arriba y abajo por si aparecía alguien. En esas me encontré una tapa de alioli (entonces sólo había de una marca, así que les dejo que adivinen cuál era), en la que aún quedaba algún resto de producto adherido en su cara interior. Como me gustaba experimentar con todo, probé a patinar con un pie sobre ella costera abajo, con tan mala suerte que al cuarto o quinto impulso caí hacia delante dándome un rodillazo en el mentón, mientras tenía la punta de la lengua fuera. Al ir a ponerme saliva en la rodilla (siempre era la cura de primera urgencia) me dí cuenta de que tenía más sangre en la boca que en la pierna, aparte de que notaba un hormigueo extraño en la lengua. Por si acaso, eché el candado a la boca y me fui corriendo hasta mi casa. Cuando mi madre abrió la puerta y preguntó que qué pasaba (ya se olía que había pasado algo), abrí la boca y saqué la lengua, cayendo un borbotón de sangre y saliva que me llegó hasta los pantalones. Por el camino –bastante corto, por cierto- me dio tiempo a pensar que me había partido la lengua, que me iba a quedar mudo y que encima, mi padre me iba a dar una paliza por hacer el tonto. Por fortuna, todo quedó en un corte –profundo, eso sí- y en un sermón paterno por mi falta de “conocimiento”. Al parecer, ellos también se asustaron y habían pensado –como yo- que la cosa había sido más grave, así que respiraron aliviados al ver que no era para tanto. Luego nos reíamos todos al contarle mi nueva “batallita” a los abuelos. Pero estuve hablando “raro” una buena temporada.

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