jueves, 5 de julio de 2007

Eclipse XI

13 DE AGOSTO (BUSCANDO RUINAS) - La Capital

Budapest, como toda capital que se precie, tiene unos accesos bastante complicadillos para quien no los conoce, a lo que hay que añadir el problema que suponen las obras que todas las administraciones del mundo acometen en las fechas más inoportunas, que suelen coincidir siempre con las de afluencia masiva de visitantes. Pero bueno, para salvar ese primer escollo y con mi buena habilidad negociadora, convenzo a Joseph para que salga a recibirnos a una gasolinera en las afueras. Tras un pequeño despiste y el consiguiente retraso, nos encontramos y hacemos trasvase de pasajeros: Vicen y Alberto se pasan a su coche, y el resto lo seguimos detrás en el nuestro. Después de un rápido cursillo de conducción por la capital con consejos del tipo “no se te ocurra ocupar el carril del tranvía, pues se te puede caer el pelo”, etc., comienza la persecución propiamente dicha. Siguiéndolo, comprobamos cómo se salta a la torera casi todas las recomendaciones que nos había hecho, aunque, todo hay que decirlo, los que nos rodean son mucho más temerarios que nosotros. Finalmente, llegamos a las inmediaciones de la Iglesia de San Matías, donde dejamos los coches y seguimos andando. Nuestro anfitrión hace honor a su título y nos va explicando todo lo que vemos, añadiendo algunos toques de fino humor aprendido en sus días de estudiante en España. Un ejemplo: Casi todo está en obras allí arriba, edificios en ruinas, excavaciones... Cuando detrás de un cercado vemos a una cuadrilla hacer zanjas como para cimientos, le preguntamos qué están haciendo y su respuesta es de lo más elocuente: más ruinas. Llegamos por fin a la Iglesia y al Bastión de los Pescadores, desde donde se divisa una bonita panorámica de la ciudad, con los puentes sobre el Danubio y las barcazas que lo navegan en ese momento. Después de recorrerlo todo y de encontrarnos a 400 o 500 españoles, la mayoría de ellos catalanes, decidimos hacernos una cervecilla, pues si bien el cielo está encapotado, la humedad es bastante alta y la sensación de bochorno invita al consumo de Radeberger. Cuando ya estamos saliendo, vemos a nuestra izquierda un edificio con una cúpula enorme y una estatua ecuestre delante. Sorprendentemente, casi nadie baja los cuarenta o cincuenta escalones que lo separan de nosotros. Curiosos, le preguntamos a Joseph y éste nos informa de que es el Palacio donde la Emperatriz Sissi venía a pasar los veranos, pero que casi nadie baja porque todo el mundo se para en lo que ya hemos visto y se va. Decidimos acercarnos en un momento y cuando llegamos frente a la estatua que está en la puerta, vemos con sorpresa que tanto las caras “ocultas” de ésta como la de la cúpula, presentan un aspecto deteriorado, totalmente distinto al que se podía percibir desde nuestro anterior observatorio. Esta curiosidad nos la vamos a encontrar en otros monumentos y edificios a lo largo de la visita, pues nos informa nuestro cicerón sobre la escasez de recursos económicos del País en general y del Ayuntamiento en particular, pero donde no llega el dinero llega el ingenio. Una prueba palpable de ello es el edificio del Parlamento, al otro lado del río. Desde donde estamos se ve resplandeciente, magnífico. Cuando por la tarde lo visitamos, comprobamos que han pulido algunas piedras aleatoriamente en la fachada, dando de lejos la impresión de estar restaurado por completo, aunque de cerca da una sensación curiosa, si no grotesca. Nos habríamos acercado más allá de la gruesa cadena que lo circunda, si los guardias, armados y con cara de pocos amigos, no nos hubieran disuadido de ello con un par de gestos que acabaron de convencernos de que no habíamos tenido una buena idea. Antes de esto hemos visitado el museo nacional, donde no nos han dejado entrar nada, ni mochilas, ni riñoneras (glub) ni nada. Dejo las cosas en una taquilla con algo de desasosiego. Me preocupa que me roben todo el equipo fotográfico, los carretes de diapositivas con las fotos del eclipse, etc. pero lo que más inquietud me produce es pensar en dejar allí la riñonera con el dinero de Miklos, que forma un todo conmigo desde aquella noche en Tihany. Afortunadamente, todo sale bien y después de un recorrido que sería la envidia de cualquier excursión del Inserso, recupero mis pertenencias (y las de mi jefe). Para la comida, Joseph nos tiene reservada una grata sorpresa. Nos lleva a un restaurante en la parte más antigua de la parte antigua de la ciudad: Buda. En una calle empedrada, flanqueada por vetustos edificios de no más de dos plantas, nos espera la mejor comida de todo el viaje. Por calidad, cantidad y precio, es una experiencia para repetir. Si el goulash que hemos probado hasta ahora nos ha parecido insuperable, éste es un manjar de dioses. Descubrimos nuevos matices para la gama de sabores picantes que conocemos. Todo, empezando por la bebida y acabando por la verbena de postres que nos sirven (la pastelería magiar tiene fama mundial) satisface al más exigente de los paladares de los que allí estamos (es decir, el mío). Nuestro guía insiste en pagar la cuenta, pues estamos en su país y quiere tener el gusto de invitarnos, pero no se lo consiento. Sé que está algún tiempo sin trabajar, además de que nos hemos presentado seis gorrones y lo que para nosotros es una cantidad casi ridícula para lo que hemos comido, sé positivamente que va a suponer un serio varapalo para su maltrecha economía. Para aplacar un poco su enfado, que además parece sincero, le explico que nos ha hecho un gran servicio mostrándonos su ciudad, perdiendo todo un día con nosotros y que invitándolo a comer, no saldamos ni la mitad de la deuda que tenemos contraída con él. Cuando volvemos a los coches hacemos intercambio de vinos y nos marchamos rápidamente hacia el aeropuerto, pues Alberto vuela la mañana siguiente hacia España. Allí nos separamos, previo reparto de besos y abrazos y nos volvemos para Vonyarcvashegy.

Continuará...

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