domingo, 15 de julio de 2007

Eclipse XII

14 DE AGOSTO – Vonyarcvashegy

De repente caemos en la cuenta de que no hemos visto aún el pueblo en el que estamos alojados. Sólo conocemos la calle de la casa, la Torony Csarda y la oficina de Andrea, que está enfrente. La verdad es que no nos apetece nada hacer grandes desplazamientos y nuestros últimos días en Hungría los dedicamos a tiendear y a reconocer más profundamente los alrededores, pero sin pasarnos. Realmente nos dejamos cosas en el tintero de las que después me he arrepentido. Una vez desayunados, enfilamos paseando la gran avenida que baja hasta el lago, pasando delante del moderno ayuntamiento y el bonito jardín que lo rodea. Las alemanas pululan por doquier. Rubias teutonas (evite el chiste fácil) que con sus madres y amigas se dirigen a la playa. Aunque no me gusta generalizar, creo que con las alemanas pasa como con las mujeres de algunas zonas de España que no mencionaré para no crear polémica: mientras son jovencitas (pongamos hasta los 20) son muy guapas y llamativas, algunas incluso despampanantes. En los dos siguientes decenios pasan a ser normales, habiendo de todo, pero a partir de los 40, encontramos una increíble colección de loros casi imposible de describir. Llaman la atención, pero en negativo. Finalmente nos quedamos sin ver la playa, pues hay que pagar para entrar y no nos atrae excesivamente lo que vemos desde el otro lado de la valla. A última hora de la tarde, el acceso es libre, así que decidimos volver en otro momento.

La mañana está muy avanzada y hay que comprar el pan y algo de provisiones para la casa, así que vamos hacia Keszthely, con ánimo también de conocer un poco mejor esta bonita ciudad. Por cierto, no he comentado una cosa que llamó nuestra atención desde el primer día: el pan húngaro, poco apetitoso a la vista aunque sabroso al paladar, lleva un sello pegado, como si fuera una póliza, en la corteza. Como en casi todas las panaderías hay una vieja vendiéndolo, bromeamos sobre la posibilidad de que la abuela chupe los sellos para pegarlos en cada pieza. Pero en Keszthely encontramos otro par de curiosidades que voy a reseñar: en la oficina de Correos descubro unos sellos que la “Magyar Posta” ha editado con motivo del eclipse. Son muy bonitos, o al menos a mí me lo parece. Compro dos, uno para mí y otro por si alguien lo quisiera. La banda oscura que aparece en la imagen de arriba, corresponde a la franja de totalidad, y en el original es plateada, aunque al digitalizarla, presenta este curioso efecto. El otro objeto que llamó mi atención fue un lápiz hecho enteramente de grafito. Es decir, el lápiz es todo mina, como una cera, con una fina capa de barniz en el exterior para no ensuciar los dedos del usuario. Me aprovisiono de varios de ellos y a la vuelta son la sensación de la oficina.

Es la hora de comer y vamos a probar otro sitio recomendado en las guías: La Panorama Csarda. En lo alto de una pequeña colina junto al lago, la vista, sin ser especialmente maravillosa, es al menos distinta a las anteriores. Otra vez el problema del idioma con los camareros, que no son precisamente “chiquillos”. La carta, en húngaro y en alemán, nos hace echar mano de las guías otra vez. Casualmente, encuentro algo que me suena parecido a lo que comí en Balatonfüred y por fortuna doy en el clavo. Otra vez despierto la envidia de mis compañeros de mantel. Después de una opípara comida, generosamente regada con vino y cervezas varias, los camareros descubren que, aunque extranjeros, nuestros gustos son muy parecidos a los suyos, al menos en lo que a la bebida se refiere. Cuando para finalizar les pedimos repetir otro chupito de “palinka”, al hombre que nos ha servido, con una sonrisa de oreja a oreja, sólo le falta abrazarnos. Un éxito si tenemos en cuenta que al principio únicamente emitía bufidos de impaciencia. Prueba superada. Ah, y la calificación que se le daba en la guía era acertada.

Continuará...

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