viernes, 6 de julio de 2007

El 600

Aquel domingo por la mañana, como cualquier otro del verano, estábamos mi hermana y yo en el coche, aparcado en la puerta de mi casa, esperando a que mis padres terminaran de preparar las cosas para irnos a la playa. Era un Seat 600, el único de la calle, que mi padre había comprado hacía poco para poder desarrollar su trabajo de representante (entonces se decía “viajante”. De calzado, cómo no). Mientras bajaban para irnos, nos sentábamos delante. Normalmente, ella hacía de clienta y yo de chófer, imitando los movimientos que veía hacer a mi padre cuando conducía, moviendo el volante, tocando la bocina, pero sin llegar a accionar las palancas ni pisar los pedales, entre otras cosas porque no alcanzaba. Aquella mañana, decidí que había que darle más realismo a la cosa y sin saber cómo, quité el freno de mano y la marcha atrás que estaba metida, con lo que el coche salió lanzado cuesta abajo y se detuvo en medio de la plaza de S.José. Por suerte, nuestra casa estaba casi al final de “la costera”, con lo que apenas recorrimos 30 metros, pero aún tuvimos tiempo de llevarnos por delante la bicicleta que un vecino tenía aparcada delante de su casa, quien al salir al oir el ruído, fue quien primero nos auxilió. La cosa tampoco tuvo peores consecuencias debido al poco tráfico que había entonces, como ya conté en otro post. Y el super-castigo que ya estaba yo calculando que me esperaba, quedó en nada gracias a que para mis padres fue mayor el susto que el enfado. Mi madre atendía a mi hermana, que tenía un golpe sin importancia en una ceja, mientras mi padre aguantaba cabizbajo las explicaciones y posterior sermón del vecino. Por desgracia, no nos volvió a dejar solos nunca más en el coche.

1 comentario:

Pepin dijo...

jojoojojojojojo, que viejo es es coche eso es muuuy viejo