sábado, 11 de agosto de 2007

El almacén de Reme

En la esquina de arriba de mi casa, en la otra acera, en una planta baja, tenía Reme su almacén (de calzado, claro). Lo poco que recuerdo de ella es que era una señora “poliota”, como decimos aquí, de mediana edad, campechana, escandalosa e ilicitana 100%. De su marido no recuerdo ni la cara ni el nombre, aunque sé que le llamaban “Tallo” (o “Tayo”. Desconozco si era abreviatura de nombre, o su apodo), y cada vez que alguna gesta del Elche C.F. estaba cerca (en aquella época hubo alguna que otra, eran los tiempos de los calendarios de Roque Sepulcre, etc.), revolucionaba a toda la chiquillería del barrio para hacer banderitas y pancartas. Las banderitas eran muy rudimentarias: un palillo de madera, de los que se utilizaban en el calzado antes de que aparecieran los de plástico, que sumergíamos en un bote de cola hasta la mitad, para pegarle el papel impreso con la franja verde. Todo esto se hacía en la calle, con lo que, aparte de nosotros, siempre se involucraba algún vecino. La algarabía que se montaba era de película.
Pues bien, una mañana de verano, la Sra. Reme nos cogió a José el de Sansano* y a mi, con 7 u 8 años que tendríamos entonces, y nos encargó que le emparejásemos unas estanterías que tenía llenas de cajas de zapatos en una de las habitaciones de la casa que hacía las veces de almacén, con la promesa de un premio en metálico que, si bien no recuerdo el importe exacto -posiblemente fuese un duro-, nos hubiera permitido pasar la tarde como marqueses, chupando algún polo, de no ser por la “empastrá” que hicimos. La mayoría del calzado que había en aquel cuarto eran zapatillas “de mona”, de poco peso, pero había que cogerlas del suelo y ponerlas en unas inestables estanterías de madera. En cualquier caso, no era el tipo de trabajo más adecuado para unos niños de nuestra estatura y fuerza, y menos si nos dejaban solos, que fue lo que ocurrió. Cuando hubimos completado la zona baja y tuvimos que pasar a la superior, nos tocó encaramarnos como los monos por la estantería, hasta que ésta se nos vino encima con todo lo que en ella había, que por suerte pesaba poco. Al ver la que habíamos liado, nos dio por reírnos, y así nos encontró Reme, sentados en el suelo, semiocultos por las cajas abiertas y su contenido, y muertos de risa. En cuanto pudimos, salimos corriendo, dejándola allí con las manos en la cabeza, arrepentida de habernos “contratado”.

* Cuando llegaba alguien nuevo a la pandilla, y su nombre coincidía con el de otro más “veterano”, se le ponía un mote o bien se le añadía el apellido, pero siempre precedido por “el de...”

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