viernes, 28 de septiembre de 2007

Cumpleaños - 2ª parte

Y para que nadie se sienta discriminado –en especial el celoso de mi hijo-, aquí llega esta segunda parte dedicada a los cumpleaños. En septiembre abundan –o abundaron- los nacimientos, al menos entre mis familiares y amigos. A saber: el día 7 fue el de mi mujer, el 20 el de mi hijo, el 21 el de mi amigo Alberto, el 23 el de mi hermana pequeña, el 28 el de mi hija y el de mi amigo Paco, y para terminar, el de mi sobrina Vero el 30. Y vamos a dejar de lado las onomásticas, porque esta entrada trata sobre los aniversarios, pero también me coincide alguna, también. Y es que las navidades, como todos saben, invitan al acercamiento, pero ya ven lo que ocurre cuando uno/a se acerca demasiado...

Cumpleaños - 1ª parte

Hoy, 28 de septiembre, es el cumpleaños de María, mi hija. Pero también lo es de mi buen amigo Paco, de Madrid (otra casualidad, ¿no?), aunque éste nació unos cuantos años antes que aquélla. Nos conocimos en Burgos, hace mucho, muuuuucho tiempo, “sirviendo” a la patria. Llegó al Gobierno Militar de la mano de Miguel, otra víctima del destino (y del desatino). Enseguida congeniamos, y de esa afinidad surgió un trío –permisos y rebajes mediante- inseparable. Desde entonces no hemos perdido el contacto, aunque Miguel se ha ido distanciando un poco. Con Paco hablo de vez en cuando por teléfono, nos escribimos tarjetas por navidad, y ahora, con Internet, chateamos. Además, esporádicamente se deja caer por este su blog y bajo el pseudónimo de Pericles, deja prueba escrita de ello. Teniendo en cuenta la distancia que nos separa, creo que mantengo con él un “roce” más frecuente del que conservo con otros amigos más cercanos geográficamente. Este año, sin ir más lejos, nos hemos visto en dos ocasiones: en el conciertazo de Roger Waters en Barcelona, y en Madrid hace unas semanas. No está mal.

Aún recuerdo una tarde del final de aquel verano, en la que, sentados en los escalones que daban al patio del Gobierno Militar, charlábamos sobre mi inminente licencia –yo era de un reemplazo anterior al suyo- y él sentenció: -“No nos volveremos a ver. Tú te irás por un lado, nosotros por otro y cada uno a sus cosas. Al principio tal vez nos llamemos y hablemos algo, pero luego, todo pasará al olvido y nuestra amistad será una anécdota más de la mili” . Ya le advertí que, al menos por mi parte, no iba a ser así. Creo que el tiempo ha acabado dándome la razón.
Aquellos "maravillosos" años

Feliz cumpleaños, amigo. Feliz cumpleaños, hija.

martes, 25 de septiembre de 2007

Sun Wu-Kung (Son Go-ku para los amigos)

Acabo de leer un librito titulado “Viaje al Oeste. Las aventuras del Rey Mono”. La obra, editada por Siruela en un solo tomo de 2260 páginas, impreso en papel biblia y con una tipografía minúscula, es, sin embargo, de lectura muy amena. Si les interesa el argumento, pueden encontrar una amplia reseña en Paralaje, una página amiga. Hace cosa de un año, o quizás algo más, acabé otro “tocho” de igual o mayor tamaño: “Las mil y una noches”, editada por Planeta en dos tomos de 1500 ó 1600 páginas cada uno, en traducción del maestro Juan Vernet (de esta misma traducción, Galaxia-Guttemberg ha sacado ahora una edición muy bonita y lujosa en tres tomos, aunque a precios prohibitivos). Después de estos dos aperitivos, creo que ya no tengo excusa para no leer “El Quijote”, al que me he resistido durante años. Esta supuesta aversión –que no lo es en absoluto- podría venir de mis tiempos de estudiante, en los cuales las prácticas de mecanografía las hacíamos con fragmentos de la gran obra de Cervantes. Fueron dos los años en los que repetí, machaconamente, los párrafos que habían seleccionado los autores de aquellos libros de texto, así que llegué a aprender algunos de memoria. Creo que ha llegado el momento de recordarlos.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Malos tiempos - tiempos malos

Mi padre está mal. Hace cosa de año y medio más o menos comenzó a quejarse de un dolor de oído que finalmente, tras mucho peregrinar entre médicos y sanadores de todo pelaje y condición, le fue diagnosticado como una Otitis Externa Maligna (me van a permitir que la escriba así, en mayúsculas, pues se trata de una enfermedad grave). Desde entonces ha sufrido dos intervenciones quirúrgicas y ha recibido tratamientos con antibióticos de lo más agresivos, pero “el bicho” sigue ahí, atrincherado en su cabeza y actuando como una auténtica carcoma, minando su salud poco a poco, sin prisa pero sin pausa. Aparte del dolor que lleva sufriendo todo este tiempo –los parches de morfina, en conjunción con Nolotil y otros analgésicos mínimamente lo alivian-, ha sufrido una pérdida de peso importante –con 1,72 m. de estatura, ahora pesa 56 Kgs.-, lo que le ha provocado una debilidad que le ha obligado a utilizar un andador, aunque ya apenas se levanta. Aparte de todo esto, psicológicamente ya ha tirado la toalla, pues ha asumido que lo suyo no tiene remedio. Es una persona prácticamente ciega –la diabetes lo dejó así a los cincuenta y pocos- y sorda –otras secuelas de la actual enfermedad-, así que, durante todo el día, su único entretenimiento consiste en cavilar sobre ello y en soportar el dolor que lo atormenta y lo consume. Es normal que ya ni le pueda arrancar una sonrisa.

Por todo esto, no puedo evitar pensar que, en cualquier momento, me llamará mi madre para darme la mala noticia. Sobre todo los días nublados, como estos que tenemos ahora, en los que siento una especial inquietud. Pero no les hablo de un nublado normal, no, sino estos en los que todo el cielo aparece encapotado y gris, claro u oscuro pero gris, y en los que llovizna intermitentemente. Son días que atraen a la tristeza y a la melancolía, por no decir a la muerte. Esta “manía” (llamémosla así), la tengo desde niño, pues en días de estos cenicientos, siempre había en mi barrio algún entierro. La vida está llena de casualidades (llamémoslas también así) como ésta...

domingo, 16 de septiembre de 2007

Gredos – 2ª parte

Una bonita combinación de colores junto a La Plataforma


Llevábamos dos años saliendo al extranjero* (a Eslovenia y a “Las Cotswolds”, en la campiña inglesa) con nuestros amigos Dani y Rocío, pero este verano, por serios problemas familiares, no quisimos aventurarnos a reservar nada por si se complicase el tema, cosa que lamentablemente ha ocurrido, aunque cuando ya habían pasado las vacaciones. Como a principio de agosto todo estaba tranquilo, decidimos ir unos días a Gredos (si me conocen y/o siguen este blog, ya sabrán que es uno de mis sitios favoritos) y a Madrid, a ver a mi buen amigo Pericles y familia, y de paso visitar el Parque Warner, pues mi mujer e hijo estaban deseando hacerlo. Al ir solos, nos pareció mejor reservar habitaciones en “La Mira de Gredos”, en Hoyos del Espino, sitio que ya conocemos de otros viajes y lugar recomendable donde los haya. Aunque las habitaciones pecan de pequeñas, y los colchones SÍ acusan el paso del tiempo, es un hostal limpio y tranquilo, regentado por la muy atenta familia Hinojal, donde además, comer es una experiencia que no deberían perderse (esto no es publicidad, aunque lo parezca). Si bien nos alojamos en régimen de media pensión, acabamos comiendo allí todos los días, y es que, en mi opinión, no hay sitio mejor en toda la Sierra.
En cuanto a visitas, hemos hecho las mismas de siempre, y es que no me canso de pasear por el pinar, o de caminar río abajo (o arriba), o de buscar a mi amigo el mirlo acuático en Valdehascas... Aunque este año, en lo que a fauna se refiere, hemos tenido alguna sorpresa muy agradable. Una de ellas fue conocer a Clara, una joven bióloga que organiza observaciones guiadas de aves. Encontramos su teléfono en un folleto que había en el hostal, y concertamos una excursión para el viernes siguiente, a las 9 de la m
añana (como bien dice el refrán: “el que quiere presumir, tiene que sufrir”). El termómetro de “La Mira” marcaba a esa hora 8 grados (temperatura de pleno invierno aquí en Elche), pero con una manga y los pelos “tiesos” nos encaminamos hacia Navacepeda de Tormes. Allí nos encontramos con nuestra simpática guía, quien en un paseo de unas 3 horas, nos fue descubriendo algunos pajarillos que ya conocíamos (verdecillos, pinzones, alcaudones, carboneros, colirrojos, lavanderas, agateadores, trepadores azules, abejarucos...) y otros inéditos para mí, entre los que destacaré al mito. A través de su telescopio, pude ver a uno de ellos dándose un festín con una oruga. También anoté mentalmente en mi agenda el avistamiento de currucas, mosquiteros –al papialbo tampoco le conocía-, escribanos, y a mi amigo el petirrojo, así como un buen número de rapaces: buitres negros, ratoneros, milanos negros y reales... Posiblemente me deje alguna en el tintero. Pero las sorpresas en avifauna no habían hecho más que empezar. A la mañana siguiente, me despertó un fuerte ruido en mi ventana, y al levantarme a comprobar qué era, descubrí que una collalba gris se había colado entre la doble ventana (la de fuera estaba un poquito abierta), posiblemente persiguiendo algo, y no acertaba a salir. Una y otra vez, saltaba dándose de bruces contra el cristal. Me quedé tan bobo mirándola, que cuando quise reaccionar y hacerle una foto antes de ayudarla a escapar, encontró la salida por sí misma, dejándome compuesto y sin novia. Ya que estaba despierto, cogí mis prismáticos y aproveché para ver a un grupo de jilgueros, a la familia de colirrojos tizones que anidaban en o cerca del hostal, y a varios mirlos que acudieron al jardín en busca de comida. Más tarde, camino del río en busca de caballitos del diablo, me topé con lo que creí que era un gavilán. Le hice varias fotos para asegurarme que alguna saliera bien, y ya en casa descubrí con sorpresa que se trataba de ¡un cuco! Había tenido ocasión de oírlos alguna vez, pero jamás había visto ninguno “en directo”. Por si todo eso fuese poco, al volver hacia el coche nos encontramos con mi viejo amigo el apaput –abubilla para los no valencianos-, tan desconfiado y huidizo como siempre. Si bien Clara me dijo el día anterior que por allí se dejaban ver con cierta frecuencia (de hecho, el logo de su empresa “Gredos Vivo” es una abubilla), no había tenido el gusto hasta ese momento, y eso que hemos ido veces.

Y esto es todo lo que voy a contarles sobre esta nueva visita a la Sierra. El olor a naturaleza que se respira a cada paso, ya se lo imaginarán ustedes, aunque les recomiendo que se sumerjan en él como yo lo hago: en cuerpo y alma.


*
Ya les contaré cuando tenga tiempo

martes, 11 de septiembre de 2007

Eclipse XIV

16 DE AGOSTO

Vamos otra vez a Keszthely. Allí nos sucede una de las anécdotas más curiosas del viaje. Vicen quiere comprar piezas de ajedrez del tipo “soviético”, totalmente minimalistas pero muy valoradas sentimentalmente por los aficionados a este deporte. Después de preguntar en varias tiendas, únicamente nos ofrecen las típicas piezas de plástico que podríamos comprar en cualquier juguetería de España. En uno de los escaparates, nos damos cuenta de que hay un letrero anunciando un torneo de ajedrez, donde aparecen los teléfonos y direcciones de contacto. En pleno centro, en un corredor comercial de un viejo edificio, encontramos el club, pero está cerrado. Buscamos en el plano la otra dirección y vemos que no está muy lejos de allí, así que mientras mi mujer e hijos se quedan a curiosear por el centro, nosotros dos nos encaminamos en busca del presidente. Por Vicen ya lo habríamos dejado hace rato, pero tampoco tenemos nada mejor que hacer y me lo tomo como un reto personal. Finalmente encontramos el domicilio, en un barrio humilde, o eso nos parece. En los bajos, un taller de motocicletas al estilo español de los años 70: las motos en la calle, la acera llena de manchas de aceite y el mecánico trasteando en una de ellas junto a la puerta. Nosotros, vestidos de turista, con pantalones cortos y la cámara colgando de mi hombro (como siempre), vamos causando sensación. Mientras intentamos descifrar los nombres escritos en los timbres, se abre la puerta y sale una señora de mediana edad, a quien le enseño el folleto con el nombre del buscado. Nos dice por señas que la sigamos y nos guía hasta un edificio oficial, custodiado por un guardia armado junto a una barrera. Suponemos que es el Georgikon, la primera facultad de ciencias agrícolas de Europa, fundada en 1797, o un organismo dependiente de éste. Entramos con ella en una oficina, donde trabaja otra señora de la misma edad. Intercambian entre ellas algunas frases y risitas y mientras nuestra guía hace unas gestiones telefónicas para nosotros, su compañera nos interroga sobre nuestro origen. Cuando les decimos que somos españoles, aún se alboroza más (pensaba que éramos italianos). Nos cuenta entusiasmada que estuvo en España hace unos años, concretamente en Benidorm. Todo en inglés, claro. De otras oficinas salen a vernos, atraídos por esa ruptura repentina de la rutina laboral. Mientras, su compañera ha acabado la gestión y nos informa que debemos volver al centro, al Ayuntamiento, pues nuestro personaje trabaja allí y nos está esperando. Agradecemos todos sus desvelos y nos ponemos en marcha de nuevo, no sin antes despedirnos de todo el mundo. Cuando llegamos al Ayuntamiento, otro guardia, esta vez municipal, pero de la talla XXL, nos guía de inmediato hasta el interfecto. El retumbar de sus botas por los desiertos pasillos nos transmite algo de inquietud. Pensamos que quien va a ser nuestro interlocutor dentro de un momento, debe ser alguien importante por la celeridad con que ha respondido el policía a nuestro requerimiento, pero cuando llegamos a su despacho, cambiamos de opinión. Es éste un cuartucho minúsculo, de apenas 4 ó 5 m2, ocupados en su mayor parte por la mesa y la silla del inquilino, lejas con archivadores y millones y millones de papeles, amontonados de cualquier forma y repartidos por todas partes, incluso en las dos sillas que se supone están destinadas a las visitas. Los aparta dejándolos descuidadamente encima de otro montón y nos indica por señas que nos sentemos. Me recuerda a Jabba, de La Guerra de las Galaxias, pero finalmente pienso que me recuerda más a un teniente que tuve en Burgos, cuando el servicio militar. Cuando nos habla, descubro sobresaltado que debe ser pariente suyo, pues tiene el mismo tono de voz cascado que aquél. Intentamos entendernos sin éxito, pues no habla ni papa de inglés, sólo húngaro y algo de alemán. Saca un formulario de inscripción para que lo rellenemos, pues está convencido de que queremos participar en el torneo, pero nuestras negativas y el no entendernos le sacan de quicio. Finalmente, llama por teléfono a alguien y casi al instante se presenta un joven muy agradable, quien en perfecto inglés nos va traduciendo lo que su jefe dice. Finalmente logramos hacerle entender que no podemos participar en el torneo porque volvemos a España en un par de días, coincidiendo con el inicio del mismo. El hombre resopla decepcionado cuando se lo traduce su subordinado. Cuando, además, le decimos lo que estamos buscando, nos mira como si acabáramos de bajar de un ovni, dando por terminada la conversación con un gesto y un refunfuño que no deja lugar a dudas. Salimos a la calle casi corriendo, contentos de volver a ver el sol. Vicen me explica luego, mientras comemos en la Helikon Taberna, el porqué de la decepción del “honorable” presidente. Resulta que cuando en un torneo participan jugadores de varios países, éste adquiere la categoría de internacional, subiendo puntos a nivel federativo (es por esto que la mayoría de los torneos se celebran en verano). Por lo visto le faltaba un país para conseguirlo y es muy probable que haya estado fantaseando con esa idea desde la llamada de su simpática vecina. La Helikon Taberna está en una colina en un lugar entre Keszthely y Vonyarcvashegy, con una buena vista sobre el lago. Es otro de los lugares recomendados en nuestras guías, pero esta vez no cumple nuestras expectativas. La única anécdota reseñable estriba en que nos ofrecen goulash para niños y cuando lo traen descubrimos que es exactamente igual que el de los adultos (Vicen come todos los días goulash de primero) pero en un recipiente más pequeño. Creíamos que lo de “para niños” se referiría a menos picante, o a más suave, pero no ha sido así.

Por la tarde, una vez cumplido el ritual de la siesta, subimos hasta la ermita de San Miguel, en lo alto de un pequeño cerro junto al Balaton. La cuesta es empinada y decido subirla en coche, pues aún estoy en plena digestión. De repente se acaba el camino y aparecemos junto a la ermita, en un pequeño cementerio. El corte ha sido tan repentino que por los pelos no nos llevamos alguna lápida por delante. Aparco lo mejor que puedo, procurando perjudicar mínimamente el entorno e intentando ignorar las imprecaciones que me dedica mi señora. La verdad es que no ha sido buena idea subir con el coche, pero ahora ya está hecho. Hago las fotos de rigor y nos bajamos rápidamente. El tramo ribereño que hay desde donde estamos hasta el comienzo de la playa de Vonyarcvashegy, está bastante salvaje. Nos recuerda a las albuferas y marjales que conocemos de nuestra tierra. Pasarelas de madera, algunas bastante deterioradas, se adentran en el lago entre el cañizo y los juncos. Buscando alguna foto interesante, me aventuro por una de ellas. De pronto oigo el ruido de un motor y veo que se acerca en mi dirección una canoa de la policía. Se detienen a mi izquierda, a escasos 10 metros de mí y se encaran con unos lugareños que hasta ahora no había visto y que al parecer están pescando o cazando sin que ello esté permitido. Mantienen una breve discusión antes de alejarse nuevamente hacia el interior. Aquí ya está todo visto y decidimos seguir hasta la parte “civilizada” del lago. El tiempo ha empeorado bastante desde ayer. Está la mayor parte del día nublado, cuando no llovizna débilmente. La temperatura también ha bajado algo. Llegamos a la playa, desierta a esta hora de personas, pero poblada por un pequeño ejército de patos y cisnes que, bordeando la orilla, van buscando los restos que hayan podido dejar los bañistas a lo largo del día. Comienza a chispear y el vientecillo es de todo menos agradable, pero una madre y su hija, que acaban de llegar, deciden que es el momento ideal para bañarse. Sólo de verlas adentrarse en el agua, me dan escalofríos. Especulamos con la posibilidad de que los primeros metros de playa, con dos o tres palmos escasos de agua, estén bastante resbaladizos, porque todos estos patos y los enormes cisnes que los acompañan, tienen que evacuar en algún sitio, y estoy seguro de que no se van al centro del lago para ello. Para nosotros, acostumbrados a bañarnos en las más o menos limpias aguas del Mediterráneo o en las transparentes pozas de los ríos de montaña, esto no deja de ser un lodazal. Decididamente, no nos bañaríamos en el Balaton ni aunque nos pagasen por ello.


Continuará...

domingo, 9 de septiembre de 2007

Gredos – 1ª parte

Fue hace unos 18 años cuando viajé a la Sierra de Gredos por primera vez, invitado por un viejo amigo de “la mili”, quien había alquilado por un mes una casa en Barajas, junto a Navarredonda, en la vertiente norte del macizo. La casa era grande, de las de pueblo, con muchas habitaciones, pero se lo había dicho a tanta gente –pensando que no iba a ir nadie, eso sí-, que cuando llegamos estaba llena. Nos acompañaba Ramón, entrañable amigo y presidente por aquellos días del Grupo Ilicitano de Astronomía. Menos mal que siendo previsor, pensé en la conveniencia de llevarnos las tiendas de campaña, por si surgiera algún problema, así que a la mañana siguiente (por la tarde nos dio pereza y dormimos en la casa, en colchonetas) montamos nuestro campamento en una zona que el ayuntamiento tenía habilitada en el pinar, junto al prácticamente recién nacido Río Tormes. Siempre he sido un amante de los pinos, de su porte y de su aroma, pero este bosque, donde domina el pino silvestre (o albar, aunque aquí lo llaman serrano) es realmente majestuoso. Al construir el camping, muy cerca de allí, al otro lado del río, se prohibió la acampada en esta zona, que se habilitó como área recreativa, si bien la afluencia de visitantes es mínima, al menos en todas las ocasiones en que he vuelto. Es una lástima, porque un sitio rebosante de vida como éste, ha pasado a ser un “cementerio” en el que apenas nada se mueve. El río está sucio y abandonado, lleno de malas hierbas. Paradójicamente, cuando la presión humana era mayor, el paraje estaba más cuidado. Y no digamos animado: multitud de carboneros, pinzones, verdecillos, mirlos, arrendajos y cornejas –entre otros- se veían por doquier, mientras que en lo más alto, águilas y milanos se turnaban para patrullar el cielo. Estos últimos aún se siguen viendo, pero su población ha descendido tanto, que se ha convertido en sorpresa lo que era rutina. Pues allí, señores –retomando el hilo del tema a tratar- pasamos unos días extraordinarios, en los que expertamente guiados por amigos de amigos de nuestros amigos, descubrimos algunos de los sitios clave de la Sierra, a los que hemos vuelto siempre que hemos podido. Astronómicamente, disfrutamos de uno de los mejores cielos de España –el mejor en nuestra opinión- y de la más fructífera y divertida “caza” de Perseidas que he tenido hasta ahora. Y en lo gastronómico, descubrimos las “patatas revolconas”, los chuletones de vaca avileña y lo grandes que pueden llegar a ser las costillas, pasando por la gran variedad de productos porcinos que allí sirven como tapa en los bares. Ya para terminar, hablaré del viaje, que fue en sí una aventura. En aquellos años, las autovías brillaban por su ausencia y los navegadores actuales aún no estaban ni en la imaginación de su inventor, así que tirando de mapa de Campsa, planificamos nuestra ruta (la más corta, que no siempre es la mejor). Aunque vimos muchísimas más cosas de las que teníamos pensadas, tardamos casi dos horas más de lo previsto. Por si eso fuese poco, a la altura de La Roda se rompió el silencioso del tubo de escape del coche (un 124 que tenía por aquel entonces), con lo que fuimos con ruido de “tabarquera” la mayor parte del camino. Un par de agentes de la Guardia Civil que estaban con sus motos a la salida de una gasolinera, nos miraron moviendo sus cabezas en señal de desaprobación, pero la cosa no pasó de ahí. La vuelta, sin embargo, aún fue más accidentada: a la altura de Guisando, casi nos empotramos contra el coche de delante, que frenó bruscamente por una extraña maniobra que efectuó el que le precedía. Afortunadamente, nos salimos a la cuneta sin más consecuencias. Pero no tuvimos tanta suerte cerca del peligroso cruce de San Clemente: adelantando a un camión, sufrimos un reventón de una de las ruedas traseras. Terminé la maniobra como pude –pero bien. En esas ocasiones es cuando viene bien tener “la sangre de horchata”-, y haciendo eses, llevé el coche hasta el arcén, donde descubrimos que, al ir tan cargado, con el golpe se había roto el depósito de gasolina y estaba saliendo un buen chorrito, con lo que la cosa podía haber acabado en tragedia. Queríamos haber llegado para ver la “alborada”, pero después de muchas vicisitudes mecánicas, que no contaré por no alargarme más, pudimos reparar el coche –pese a ser domingo- y llegamos a Elche a eso de la una de la madrugada, cuando todo había terminado.

He estado en muchos sitios, algunos bellísimos, pero aquel verano, pese al accidentado final, lo tengo en el recuerdo como uno de los mejores de mi vida.

martes, 4 de septiembre de 2007

El próximo eclipse II

¿Recuerdan que no hace mucho les hablé del próximo eclipse total de sol? Pues bien, he estado haciendo nuevas investigaciones al respecto, que les resumiré en lo que sigue:
-Las posibilidades de vuelo directo Alicante-Novosibirsk son, al día de hoy, nulas. Hay un vuelo desde Barcelona, con Air Siberia, no muy barato por cierto, pero de esta compañía no tengo muy buenos informes, aunque, la verdad, casi todos son de “Radio Macuto”. Hay otra opción de vuelos más interesante, vía Alemania, que es la que más me atrae, de momento. De todos modos, he leído por ahí, que los escasos recursos hoteleros de la zona han sido copados precisamente por los alemanes, así que estoy considerando el descartar la opción de Siberia.
-Hay gente que está organizando un viaje a Mongolia, pero son tres semanas y vale un pico (más de 3.000 euros por persona). Si ya para mí supone un problema la fecha del acontecimiento (1 de agosto), porque casualmente coincide con la cresta pre-vacacional de mi empresa, cuando más trabajo hay, ni se me pasa por la cabeza decirle al jefe que me pierdo por Mongolia (o por donde sea) más de tres semanas. De todas formas, tendría que adelantar mis vacaciones una semana con respecto a mis compañeros (todos en la empresa las cogemos en las mismas fechas), lo que ya de por sí es problemático. Siempre queda la ilusión de coger el cuponazo o algo así, un premio importante que me permitiera ser mi propio jefe y disponer de mi tiempo a mi antojo, pero no apostaré a favor de esa hipótesis. Por el momento dejaremos de lado este problema para centrarnos en las posibilidades de alojamiento y transporte en sí, y una vez resueltas estas “minucias”, ver si realmente podemos ir o no.
-Cuando más vueltas le estaba dando a la cosa, me entero por mi hermana de que Aimeric, uno de los hijos de mi primo francés Gilbert, se marcha un año a Xian, en China, para terminar sus estudios. Aparte de los muchos atractivos turístico-culturales de la zona, casualmente, la franja de totalidad del eclipse pasa muy cerquita de allí. Mmmm. Es otra posibilidad bastante sugerente... Necesito un empujoncito. A ver si alguien del cuerpo de expedicionarios se anima y va buscando alternativas –o soluciones-, que últimamente me falta tiempo para todo (ver post anterior). Su colaboración será muy apreciada.

Incompatibilidad de menesteres

Los juegos, sobre todo si son adictivos, son muy poco compatibles con otras obligaciones, como por ejemplo, mantener actualizado un blog, encuadernar u otras cosillas que tengo pendientes. A mis años, he de reconocer que, sin ser un vicioso, soy un incondicional de los juegos de ordenador. Hasta hace bien poco, he estado dándole al “Diablo II”. Como sólo puedo jugar algunas noches y los fines de semana, me ha durado bastante –más de cinco años, creo-, en los que he podido acabar –o casi- con dos personajes. Pero si creía que éste era un juego adictivo, era porque aún no conocía el GTA S.Andreas, que cayó en mis manos por mi cumpleaños (gracias Rafa, gracias Vicen). El nivel de enganche es tal, que he tenido que imponerme un horario de tareas para poder cumplir con mis compromisos (escribir esto, entre otros). ¡Qué dura es la vida del jugador! En fin...

Les dejo, que tengo que echar una partidita, je, je.