martes, 11 de septiembre de 2007

Eclipse XIV

16 DE AGOSTO

Vamos otra vez a Keszthely. Allí nos sucede una de las anécdotas más curiosas del viaje. Vicen quiere comprar piezas de ajedrez del tipo “soviético”, totalmente minimalistas pero muy valoradas sentimentalmente por los aficionados a este deporte. Después de preguntar en varias tiendas, únicamente nos ofrecen las típicas piezas de plástico que podríamos comprar en cualquier juguetería de España. En uno de los escaparates, nos damos cuenta de que hay un letrero anunciando un torneo de ajedrez, donde aparecen los teléfonos y direcciones de contacto. En pleno centro, en un corredor comercial de un viejo edificio, encontramos el club, pero está cerrado. Buscamos en el plano la otra dirección y vemos que no está muy lejos de allí, así que mientras mi mujer e hijos se quedan a curiosear por el centro, nosotros dos nos encaminamos en busca del presidente. Por Vicen ya lo habríamos dejado hace rato, pero tampoco tenemos nada mejor que hacer y me lo tomo como un reto personal. Finalmente encontramos el domicilio, en un barrio humilde, o eso nos parece. En los bajos, un taller de motocicletas al estilo español de los años 70: las motos en la calle, la acera llena de manchas de aceite y el mecánico trasteando en una de ellas junto a la puerta. Nosotros, vestidos de turista, con pantalones cortos y la cámara colgando de mi hombro (como siempre), vamos causando sensación. Mientras intentamos descifrar los nombres escritos en los timbres, se abre la puerta y sale una señora de mediana edad, a quien le enseño el folleto con el nombre del buscado. Nos dice por señas que la sigamos y nos guía hasta un edificio oficial, custodiado por un guardia armado junto a una barrera. Suponemos que es el Georgikon, la primera facultad de ciencias agrícolas de Europa, fundada en 1797, o un organismo dependiente de éste. Entramos con ella en una oficina, donde trabaja otra señora de la misma edad. Intercambian entre ellas algunas frases y risitas y mientras nuestra guía hace unas gestiones telefónicas para nosotros, su compañera nos interroga sobre nuestro origen. Cuando les decimos que somos españoles, aún se alboroza más (pensaba que éramos italianos). Nos cuenta entusiasmada que estuvo en España hace unos años, concretamente en Benidorm. Todo en inglés, claro. De otras oficinas salen a vernos, atraídos por esa ruptura repentina de la rutina laboral. Mientras, su compañera ha acabado la gestión y nos informa que debemos volver al centro, al Ayuntamiento, pues nuestro personaje trabaja allí y nos está esperando. Agradecemos todos sus desvelos y nos ponemos en marcha de nuevo, no sin antes despedirnos de todo el mundo. Cuando llegamos al Ayuntamiento, otro guardia, esta vez municipal, pero de la talla XXL, nos guía de inmediato hasta el interfecto. El retumbar de sus botas por los desiertos pasillos nos transmite algo de inquietud. Pensamos que quien va a ser nuestro interlocutor dentro de un momento, debe ser alguien importante por la celeridad con que ha respondido el policía a nuestro requerimiento, pero cuando llegamos a su despacho, cambiamos de opinión. Es éste un cuartucho minúsculo, de apenas 4 ó 5 m2, ocupados en su mayor parte por la mesa y la silla del inquilino, lejas con archivadores y millones y millones de papeles, amontonados de cualquier forma y repartidos por todas partes, incluso en las dos sillas que se supone están destinadas a las visitas. Los aparta dejándolos descuidadamente encima de otro montón y nos indica por señas que nos sentemos. Me recuerda a Jabba, de La Guerra de las Galaxias, pero finalmente pienso que me recuerda más a un teniente que tuve en Burgos, cuando el servicio militar. Cuando nos habla, descubro sobresaltado que debe ser pariente suyo, pues tiene el mismo tono de voz cascado que aquél. Intentamos entendernos sin éxito, pues no habla ni papa de inglés, sólo húngaro y algo de alemán. Saca un formulario de inscripción para que lo rellenemos, pues está convencido de que queremos participar en el torneo, pero nuestras negativas y el no entendernos le sacan de quicio. Finalmente, llama por teléfono a alguien y casi al instante se presenta un joven muy agradable, quien en perfecto inglés nos va traduciendo lo que su jefe dice. Finalmente logramos hacerle entender que no podemos participar en el torneo porque volvemos a España en un par de días, coincidiendo con el inicio del mismo. El hombre resopla decepcionado cuando se lo traduce su subordinado. Cuando, además, le decimos lo que estamos buscando, nos mira como si acabáramos de bajar de un ovni, dando por terminada la conversación con un gesto y un refunfuño que no deja lugar a dudas. Salimos a la calle casi corriendo, contentos de volver a ver el sol. Vicen me explica luego, mientras comemos en la Helikon Taberna, el porqué de la decepción del “honorable” presidente. Resulta que cuando en un torneo participan jugadores de varios países, éste adquiere la categoría de internacional, subiendo puntos a nivel federativo (es por esto que la mayoría de los torneos se celebran en verano). Por lo visto le faltaba un país para conseguirlo y es muy probable que haya estado fantaseando con esa idea desde la llamada de su simpática vecina. La Helikon Taberna está en una colina en un lugar entre Keszthely y Vonyarcvashegy, con una buena vista sobre el lago. Es otro de los lugares recomendados en nuestras guías, pero esta vez no cumple nuestras expectativas. La única anécdota reseñable estriba en que nos ofrecen goulash para niños y cuando lo traen descubrimos que es exactamente igual que el de los adultos (Vicen come todos los días goulash de primero) pero en un recipiente más pequeño. Creíamos que lo de “para niños” se referiría a menos picante, o a más suave, pero no ha sido así.

Por la tarde, una vez cumplido el ritual de la siesta, subimos hasta la ermita de San Miguel, en lo alto de un pequeño cerro junto al Balaton. La cuesta es empinada y decido subirla en coche, pues aún estoy en plena digestión. De repente se acaba el camino y aparecemos junto a la ermita, en un pequeño cementerio. El corte ha sido tan repentino que por los pelos no nos llevamos alguna lápida por delante. Aparco lo mejor que puedo, procurando perjudicar mínimamente el entorno e intentando ignorar las imprecaciones que me dedica mi señora. La verdad es que no ha sido buena idea subir con el coche, pero ahora ya está hecho. Hago las fotos de rigor y nos bajamos rápidamente. El tramo ribereño que hay desde donde estamos hasta el comienzo de la playa de Vonyarcvashegy, está bastante salvaje. Nos recuerda a las albuferas y marjales que conocemos de nuestra tierra. Pasarelas de madera, algunas bastante deterioradas, se adentran en el lago entre el cañizo y los juncos. Buscando alguna foto interesante, me aventuro por una de ellas. De pronto oigo el ruido de un motor y veo que se acerca en mi dirección una canoa de la policía. Se detienen a mi izquierda, a escasos 10 metros de mí y se encaran con unos lugareños que hasta ahora no había visto y que al parecer están pescando o cazando sin que ello esté permitido. Mantienen una breve discusión antes de alejarse nuevamente hacia el interior. Aquí ya está todo visto y decidimos seguir hasta la parte “civilizada” del lago. El tiempo ha empeorado bastante desde ayer. Está la mayor parte del día nublado, cuando no llovizna débilmente. La temperatura también ha bajado algo. Llegamos a la playa, desierta a esta hora de personas, pero poblada por un pequeño ejército de patos y cisnes que, bordeando la orilla, van buscando los restos que hayan podido dejar los bañistas a lo largo del día. Comienza a chispear y el vientecillo es de todo menos agradable, pero una madre y su hija, que acaban de llegar, deciden que es el momento ideal para bañarse. Sólo de verlas adentrarse en el agua, me dan escalofríos. Especulamos con la posibilidad de que los primeros metros de playa, con dos o tres palmos escasos de agua, estén bastante resbaladizos, porque todos estos patos y los enormes cisnes que los acompañan, tienen que evacuar en algún sitio, y estoy seguro de que no se van al centro del lago para ello. Para nosotros, acostumbrados a bañarnos en las más o menos limpias aguas del Mediterráneo o en las transparentes pozas de los ríos de montaña, esto no deja de ser un lodazal. Decididamente, no nos bañaríamos en el Balaton ni aunque nos pagasen por ello.


Continuará...

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