domingo, 9 de septiembre de 2007

Gredos – 1ª parte

Fue hace unos 18 años cuando viajé a la Sierra de Gredos por primera vez, invitado por un viejo amigo de “la mili”, quien había alquilado por un mes una casa en Barajas, junto a Navarredonda, en la vertiente norte del macizo. La casa era grande, de las de pueblo, con muchas habitaciones, pero se lo había dicho a tanta gente –pensando que no iba a ir nadie, eso sí-, que cuando llegamos estaba llena. Nos acompañaba Ramón, entrañable amigo y presidente por aquellos días del Grupo Ilicitano de Astronomía. Menos mal que siendo previsor, pensé en la conveniencia de llevarnos las tiendas de campaña, por si surgiera algún problema, así que a la mañana siguiente (por la tarde nos dio pereza y dormimos en la casa, en colchonetas) montamos nuestro campamento en una zona que el ayuntamiento tenía habilitada en el pinar, junto al prácticamente recién nacido Río Tormes. Siempre he sido un amante de los pinos, de su porte y de su aroma, pero este bosque, donde domina el pino silvestre (o albar, aunque aquí lo llaman serrano) es realmente majestuoso. Al construir el camping, muy cerca de allí, al otro lado del río, se prohibió la acampada en esta zona, que se habilitó como área recreativa, si bien la afluencia de visitantes es mínima, al menos en todas las ocasiones en que he vuelto. Es una lástima, porque un sitio rebosante de vida como éste, ha pasado a ser un “cementerio” en el que apenas nada se mueve. El río está sucio y abandonado, lleno de malas hierbas. Paradójicamente, cuando la presión humana era mayor, el paraje estaba más cuidado. Y no digamos animado: multitud de carboneros, pinzones, verdecillos, mirlos, arrendajos y cornejas –entre otros- se veían por doquier, mientras que en lo más alto, águilas y milanos se turnaban para patrullar el cielo. Estos últimos aún se siguen viendo, pero su población ha descendido tanto, que se ha convertido en sorpresa lo que era rutina. Pues allí, señores –retomando el hilo del tema a tratar- pasamos unos días extraordinarios, en los que expertamente guiados por amigos de amigos de nuestros amigos, descubrimos algunos de los sitios clave de la Sierra, a los que hemos vuelto siempre que hemos podido. Astronómicamente, disfrutamos de uno de los mejores cielos de España –el mejor en nuestra opinión- y de la más fructífera y divertida “caza” de Perseidas que he tenido hasta ahora. Y en lo gastronómico, descubrimos las “patatas revolconas”, los chuletones de vaca avileña y lo grandes que pueden llegar a ser las costillas, pasando por la gran variedad de productos porcinos que allí sirven como tapa en los bares. Ya para terminar, hablaré del viaje, que fue en sí una aventura. En aquellos años, las autovías brillaban por su ausencia y los navegadores actuales aún no estaban ni en la imaginación de su inventor, así que tirando de mapa de Campsa, planificamos nuestra ruta (la más corta, que no siempre es la mejor). Aunque vimos muchísimas más cosas de las que teníamos pensadas, tardamos casi dos horas más de lo previsto. Por si eso fuese poco, a la altura de La Roda se rompió el silencioso del tubo de escape del coche (un 124 que tenía por aquel entonces), con lo que fuimos con ruido de “tabarquera” la mayor parte del camino. Un par de agentes de la Guardia Civil que estaban con sus motos a la salida de una gasolinera, nos miraron moviendo sus cabezas en señal de desaprobación, pero la cosa no pasó de ahí. La vuelta, sin embargo, aún fue más accidentada: a la altura de Guisando, casi nos empotramos contra el coche de delante, que frenó bruscamente por una extraña maniobra que efectuó el que le precedía. Afortunadamente, nos salimos a la cuneta sin más consecuencias. Pero no tuvimos tanta suerte cerca del peligroso cruce de San Clemente: adelantando a un camión, sufrimos un reventón de una de las ruedas traseras. Terminé la maniobra como pude –pero bien. En esas ocasiones es cuando viene bien tener “la sangre de horchata”-, y haciendo eses, llevé el coche hasta el arcén, donde descubrimos que, al ir tan cargado, con el golpe se había roto el depósito de gasolina y estaba saliendo un buen chorrito, con lo que la cosa podía haber acabado en tragedia. Queríamos haber llegado para ver la “alborada”, pero después de muchas vicisitudes mecánicas, que no contaré por no alargarme más, pudimos reparar el coche –pese a ser domingo- y llegamos a Elche a eso de la una de la madrugada, cuando todo había terminado.

He estado en muchos sitios, algunos bellísimos, pero aquel verano, pese al accidentado final, lo tengo en el recuerdo como uno de los mejores de mi vida.

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