domingo, 16 de septiembre de 2007

Gredos – 2ª parte

Una bonita combinación de colores junto a La Plataforma


Llevábamos dos años saliendo al extranjero* (a Eslovenia y a “Las Cotswolds”, en la campiña inglesa) con nuestros amigos Dani y Rocío, pero este verano, por serios problemas familiares, no quisimos aventurarnos a reservar nada por si se complicase el tema, cosa que lamentablemente ha ocurrido, aunque cuando ya habían pasado las vacaciones. Como a principio de agosto todo estaba tranquilo, decidimos ir unos días a Gredos (si me conocen y/o siguen este blog, ya sabrán que es uno de mis sitios favoritos) y a Madrid, a ver a mi buen amigo Pericles y familia, y de paso visitar el Parque Warner, pues mi mujer e hijo estaban deseando hacerlo. Al ir solos, nos pareció mejor reservar habitaciones en “La Mira de Gredos”, en Hoyos del Espino, sitio que ya conocemos de otros viajes y lugar recomendable donde los haya. Aunque las habitaciones pecan de pequeñas, y los colchones SÍ acusan el paso del tiempo, es un hostal limpio y tranquilo, regentado por la muy atenta familia Hinojal, donde además, comer es una experiencia que no deberían perderse (esto no es publicidad, aunque lo parezca). Si bien nos alojamos en régimen de media pensión, acabamos comiendo allí todos los días, y es que, en mi opinión, no hay sitio mejor en toda la Sierra.
En cuanto a visitas, hemos hecho las mismas de siempre, y es que no me canso de pasear por el pinar, o de caminar río abajo (o arriba), o de buscar a mi amigo el mirlo acuático en Valdehascas... Aunque este año, en lo que a fauna se refiere, hemos tenido alguna sorpresa muy agradable. Una de ellas fue conocer a Clara, una joven bióloga que organiza observaciones guiadas de aves. Encontramos su teléfono en un folleto que había en el hostal, y concertamos una excursión para el viernes siguiente, a las 9 de la m
añana (como bien dice el refrán: “el que quiere presumir, tiene que sufrir”). El termómetro de “La Mira” marcaba a esa hora 8 grados (temperatura de pleno invierno aquí en Elche), pero con una manga y los pelos “tiesos” nos encaminamos hacia Navacepeda de Tormes. Allí nos encontramos con nuestra simpática guía, quien en un paseo de unas 3 horas, nos fue descubriendo algunos pajarillos que ya conocíamos (verdecillos, pinzones, alcaudones, carboneros, colirrojos, lavanderas, agateadores, trepadores azules, abejarucos...) y otros inéditos para mí, entre los que destacaré al mito. A través de su telescopio, pude ver a uno de ellos dándose un festín con una oruga. También anoté mentalmente en mi agenda el avistamiento de currucas, mosquiteros –al papialbo tampoco le conocía-, escribanos, y a mi amigo el petirrojo, así como un buen número de rapaces: buitres negros, ratoneros, milanos negros y reales... Posiblemente me deje alguna en el tintero. Pero las sorpresas en avifauna no habían hecho más que empezar. A la mañana siguiente, me despertó un fuerte ruido en mi ventana, y al levantarme a comprobar qué era, descubrí que una collalba gris se había colado entre la doble ventana (la de fuera estaba un poquito abierta), posiblemente persiguiendo algo, y no acertaba a salir. Una y otra vez, saltaba dándose de bruces contra el cristal. Me quedé tan bobo mirándola, que cuando quise reaccionar y hacerle una foto antes de ayudarla a escapar, encontró la salida por sí misma, dejándome compuesto y sin novia. Ya que estaba despierto, cogí mis prismáticos y aproveché para ver a un grupo de jilgueros, a la familia de colirrojos tizones que anidaban en o cerca del hostal, y a varios mirlos que acudieron al jardín en busca de comida. Más tarde, camino del río en busca de caballitos del diablo, me topé con lo que creí que era un gavilán. Le hice varias fotos para asegurarme que alguna saliera bien, y ya en casa descubrí con sorpresa que se trataba de ¡un cuco! Había tenido ocasión de oírlos alguna vez, pero jamás había visto ninguno “en directo”. Por si todo eso fuese poco, al volver hacia el coche nos encontramos con mi viejo amigo el apaput –abubilla para los no valencianos-, tan desconfiado y huidizo como siempre. Si bien Clara me dijo el día anterior que por allí se dejaban ver con cierta frecuencia (de hecho, el logo de su empresa “Gredos Vivo” es una abubilla), no había tenido el gusto hasta ese momento, y eso que hemos ido veces.

Y esto es todo lo que voy a contarles sobre esta nueva visita a la Sierra. El olor a naturaleza que se respira a cada paso, ya se lo imaginarán ustedes, aunque les recomiendo que se sumerjan en él como yo lo hago: en cuerpo y alma.


*
Ya les contaré cuando tenga tiempo

1 comentario:

Pepin dijo...

si tienes razon, pero, me picaban los mosquitos y hice fotos a las vacas