domingo, 23 de septiembre de 2007

Malos tiempos - tiempos malos

Mi padre está mal. Hace cosa de año y medio más o menos comenzó a quejarse de un dolor de oído que finalmente, tras mucho peregrinar entre médicos y sanadores de todo pelaje y condición, le fue diagnosticado como una Otitis Externa Maligna (me van a permitir que la escriba así, en mayúsculas, pues se trata de una enfermedad grave). Desde entonces ha sufrido dos intervenciones quirúrgicas y ha recibido tratamientos con antibióticos de lo más agresivos, pero “el bicho” sigue ahí, atrincherado en su cabeza y actuando como una auténtica carcoma, minando su salud poco a poco, sin prisa pero sin pausa. Aparte del dolor que lleva sufriendo todo este tiempo –los parches de morfina, en conjunción con Nolotil y otros analgésicos mínimamente lo alivian-, ha sufrido una pérdida de peso importante –con 1,72 m. de estatura, ahora pesa 56 Kgs.-, lo que le ha provocado una debilidad que le ha obligado a utilizar un andador, aunque ya apenas se levanta. Aparte de todo esto, psicológicamente ya ha tirado la toalla, pues ha asumido que lo suyo no tiene remedio. Es una persona prácticamente ciega –la diabetes lo dejó así a los cincuenta y pocos- y sorda –otras secuelas de la actual enfermedad-, así que, durante todo el día, su único entretenimiento consiste en cavilar sobre ello y en soportar el dolor que lo atormenta y lo consume. Es normal que ya ni le pueda arrancar una sonrisa.

Por todo esto, no puedo evitar pensar que, en cualquier momento, me llamará mi madre para darme la mala noticia. Sobre todo los días nublados, como estos que tenemos ahora, en los que siento una especial inquietud. Pero no les hablo de un nublado normal, no, sino estos en los que todo el cielo aparece encapotado y gris, claro u oscuro pero gris, y en los que llovizna intermitentemente. Son días que atraen a la tristeza y a la melancolía, por no decir a la muerte. Esta “manía” (llamémosla así), la tengo desde niño, pues en días de estos cenicientos, siempre había en mi barrio algún entierro. La vida está llena de casualidades (llamémoslas también así) como ésta...

6 comentarios:

Javier Falcó dijo...

Hoy luce el sol. Las nubes grises y amenazadoras han pasado. Espero que tu padre esté mejor e inicie una pronta recuperación. Sólo te puedo decir que la esperanza nunca se ha de perder y que hay que encontrar en la felicidad de los que te quieren, el apoyo necesario para afrontar los malos tiempos. Es verdad que la vida transcurre inexorablemente y todo tiene un principio y un fin, pero los recuerdos y sobre todos los buenos recuerdos son eternos. Ánimo.

Pejiguera dijo...

Gracias. Las cosas no siempre son como uno quiere, sino como vienen.

Anónimo dijo...

Siento mucho que existan estas cosas. También siento el no haber sido consciente de la gravedad de la situación de tu padre al que siempre he tenido mucho cariño y no haberte arropado más cuando nos veiamos. Lo siento.
Ahora que estoy en Argentina y que he venido a visitar a Daniela (la prima de Marcos a la que mataron a su marido)me da miedo pensar en la muerte. Pero lo que me da más miedo es no saber aprovechar los momentos presentes, el ahora. Tu padre está aqui presente y estas son las oportunidades de disfrutarlo al máximo dentro de la situación en la que estás. Uno de los recuerdos que tengo del abuelo Juan es el estar enfermo pero tengo más recuerdo felices pues extraño con cariño ese apreton de manos que siempre me daba, el dibujo en forma de rombos que le hacían las arrugas, cuando le peinabamos, ese corto pelo, su olor, sus ojos, su desayuno en la cocina del campo, como nos decía que se iba al circo y luego era mentira, sus cintas d manolo escobar en el Ford fista... y no acabaría jamás. Mil cosas en resumen. haz lo mismo, disfruta de él en su presente, dile todo lo que le tengas que decir y abrazale mucho (tambien de mi parte).

Nada más.

TE quiero mucho y te envío mucho cariño desde aquí. Para lo que necesites está antes VEro que tu sobrina.

Vero (la gordita)

Pejiguera dijo...

Gracias, muchas gracias, gordita. Por suerte, nuestros cerebros tienden a solapar los malos recuerdos y a enfatizar los buenos, que son los que perduran. La vida está llena de cosas dulces y también de amargas, pero si lo piensas, casi siempre hay más motivos para sonreir que para estar triste. Nadie quiere que sus padres mueran, pero es normal que las cosas sigan su curso, y no podemos detener el tiempo. Además, debemos cruzar los dedos para que ese orden no se trastoque, pues ¿hay cosa peor que el que un padre entierre a su hijo? No se me ocurre ninguna.

Tened mucho cuidado ahí y no os metáis en líos. Las cosas que ya no tienen arreglo (como lo de su primo), no tienden a mejorar cuando se las remueve, sino todo lo contrario. Quiero veros pronto por aquí para hacernos unas cervecillas y un buen asado, si se tercia. Además, tengo pendiente una visita al taller para hacer el prototipo de mi "chafabotes". A ver si sale bien y lo patentamos.

Date un besote muy fuerte de mi parte, que ya te lo devolveré cuando te vea. Y transmítele a Daniela nuestro pésame. Gracias otra vez y hasta pronto, Vero, querida sobrina mía.

Salud y abrazos para todos desde España.

Carlitos dijo...

Hola Peji! Tiempo que no pasaba por aquí.

Lamento lo de tu padre, pero como bien dices (iba a escribir eso mismo, pero te me adelantaste), es infinitamente peor cuando la muerte sucede al revés del orden natural.

Una cosa más podría agregar, y sería que la muerte es lo único pero lo único que compartimos, sin dudas, todos los seres humanos. A todos, tarde o temprano, se nos acabará el tiempo. El tema está en qué hacemos con él.

Un abrazo!

Pejiguera dijo...

Cheeee, Carlitos!!! No sabes cuánto me alegro de tenerte de nuevo por aquí. Tengo muchas de las cosas que me gustan abandonadas, entre ellas escribir en los blogs amigos, aunque los visito de vez en cuando para ponerme al día. Ya ví que Ksenija tiene su propio espacio (la lástima es que no entiendo nada). Anímala a escribir algo en español, que seguro que no se le da tan mal. En cuanto a lo que dices en el párrafo final, tienes toda la razón, pero profundizar en ese sentido necesitaría, como poco, un espacio mucho más grande del que aquí disponemos. Son cosas para hablarlas tranquilamente, delante de un fuego, con un buen chocolate caliente, o unos orujos, o ¿por qué no?, con un matesito. Espero que algún día podamos hacerlo. De verdad. Recibe, mientras, un fuerte abrazo desde este rincón del Mediterráneo.
Hasta siempre. Vuelve cuando quieras, estás en tu casa. Ah, y saluda a Doña Beatriz de mi parte.