lunes, 29 de octubre de 2007

Festival Medieval

Este fin de semana –y el anterior-, hemos tenido en Elche el “Festival Medieval”, con su teatro en la calle, con su correfoc y con su mercado, entre otras actividades. Este año me ha parecido más flojo que ninguno, tal vez porque no pude ver a los gaiteros del fin de semana pasado, y en éste no ha habido pasacalles. Tampoco pude ir en la noche del sábado a ver el correfoc, que era una de las cosas en la que más interés tenía (pero me tocaba turno de hospital y no pudo ser), aunque envié un corresponsal para que hiciese las fotos por mí –Dani-, quien espero me las envíe a tiempo para la segunda parte de este tema. Pero creo que lo que más me ha defraudado ha sido el mercado medieval, sobre todo porque mi sobrina –Vero- y su pareja –Marcos-, están en Argentina y no han podido participar en él como en los dos últimos años. Y ese hueco se nota. En fin, como tampoco he podido salir a “fotar” como hubiese sido mi gusto, les incluiré algunas imágenes de ediciones anteriores, para su deleite. A disfrutar.

En el 2004 vinieron los gaiteros de no-sé-dónde

En el 2005, unos abanderados italianos...

... y unos zancudos del Volga (muy cachondos ellos)

En el 2006, podíamos ver algunos puestos como éste

o como éste, con chica guapa incluida

Y este año, como dije antes, no pude ver a la banda de gaiteros "Os Trasnos", pero me encontré a este pequeño grupo, que tampoco estaba mal.

domingo, 28 de octubre de 2007

El lado bueno de fumar

A la suertuda de mi hermana mediana le ha tocado un viaje a Estados Unidos. Para que luego digan que fumar es malo. Envió un mensajillo de esos del móvil con un código de los cigarrillos que ella consume (¿o son los cigarrillos los que la consumen a ella?) y ¡zas!, viaje al canto. Tenía para escoger entre varios destinos y, tras una breve consulta familiar, se han decantado por Nueva York. Como, además, pueden escoger fecha y tienen casi un año para decidirse (ahora hablo en plural porque su marido también se va, claro), nos ha dicho que si queríamos irnos con ellos. Una semana en Nueva York, con sus rascacielos, sus telescopios, sus objetivos y otro material fotográfico, mmmm... La verdad es que apetece, pero puede resultar carísimo. Por otra parte, como lo del eclipse está cada vez más frío, pues no sé, no sé...

domingo, 21 de octubre de 2007

El billete

Todos los domingos por la tarde, sin excepción, salíamos a dar una vuelta por el centro. Por la gente que había habitualmente, creo que es lo que hacía todo el mundo. Nuestro recorrido era siempre el mismo: Puente viejo (de la Virgen), Alfonso XII, Plaça de Baix, Corredora, Glorieta (allí dábamos una vuelta, o dos, o tres, o...), carrer Ample, Les Eres de Sta. Lluçia y vuelta atrás. Para el retorno tomábamos la variante Hospital-Salvador (los nombres de las calles y plazas, evidentemente, eran otros entonces, pero me gustan más estos, así que, con su permiso, omitiré los antiguos), haciendo breves paradas en los escaparates que nos iban interesando (los mayores en Garrido, Rico Antón, Beltrán, etc., mientras que los pequeños hacíamos alto ineludiblemente en las jugueterías de Parreño o Rico, y también en la droguería Pérez-Seguí, donde vendían artículos de broma y tenían un pequeño escaparate dedicado a ellos). Los hombres –todos-, iban por la calle con su señora cogida del brazo, mientras que con el otro –algunos-, estrujaban un transistor contra su oreja, para estar al tanto de la última hora futbolística. Recuerdo también que, a partir de las ocho o así, se repartía en algunos bares y pastelerías del centro, una hoja con los resultados de los partidos. Cuando la economía lo permitía, parábamos a “repostar” en algún bar por el camino, casi siempre en “El Palmeral y la Dama” o en “Canterelles”, más cerca de casa. Yo prefería el primero, porque siempre había una ventana o algún barril donde sentarnos, pero tampoco lloraba si íbamos al otro.

Una de aquellas tardes-noches de domingo, al pasar por la Plaça de la Merçé, cogido de la mano de mi padre, mis ojos se fueron hacia un papelito que, doblado hasta lo imposible, hacía equilibrios en las sombras de la boca de una trapa (alcantarilla para los forasteros). Con ese sexto sentido que tienen los niños y las mujeres para el dinero, intenté en vano desasirme de la mano de mi padre, mientras gritaba: -“¡Un billete, un billete!”. Todos los viandantes miraban hacia el mismo lugar que yo. Por un momento parecían perros de caza, de muestra, señalando a la invisible presa, que por suerte sólo yo sabía dónde estaba. En un instante que me pareció eterno, mi padre dudó de soltarme, mas cuando vio que los demás, tal vez avergonzados, seguían su camino, liberó a su presa, que voló como un halcón hacia su botín. No lo abrí hasta que no estuve otra vez en la seguridad de su cobijo, descubriendo que era un billete de ¡veinte duros! Con él nos dimos un festín en “El Palmeral y la Dama” y aún nos sobró para repetir alguna que otra vez. ¡Qué buenos los calamares y las patatas con ajo! Pero mejor aún, es sentirte héroe durante un tiempo.


P.D.: Si algún lector ocasional puede acreditar que el billete encontrado es suyo, que se ponga en contacto conmigo que muy gustosamente le reintegraré su importe (sin intereses, claro).

jueves, 18 de octubre de 2007

Eclipse XVI - Último capítulo

18 DE AGOSTO

Pese a que tenemos más que estudiado el itinerario de vuelta, inexplicablemente nos perdemos. Nos hemos pasado la salida del aeropuerto y aunque debemos estar cerca, pues vemos el ir y venir de los aviones, no tenemos ni idea de por dónde hay que atacarle. De momento decido salir en la siguiente población y preguntar, o intentar orientarnos con el mapa. Salimos de la autovía y, sin apenas darnos cuenta, nos adentramos en la Hungría profunda. Sabemos que estamos a escasos 20 ó 30 km. de Budapest, pero el aspecto de lo que nos rodea nos hace sentirnos a años luz de distancia. Algunos puestos de melones y sandías, a precios mucho más baratos de los que hemos visto a lo largo del Balaton, nos indican que ya no estamos en zona eminentemente turística. Estos tenderetes parecen estar aquí para los húngaros y para los despistados como nosotros (tal vez no seamos los únicos). Finalmente situamos en el mapa el lugar donde nos encontramos y descubrimos con alivio que, como pensábamos, estamos cerca de nuestro destino. Suelo ser bastante puntual (podríamos denominarlo incluso como una manía), habíamos salido con tiempo de sobra precisamente por si ocurría algún imprevisto y llegamos justo a la hora en que habíamos quedado para devolver el coche. Afortunadamente, nos están esperando en el pequeño aparcamiento que hay junto a la terminal. Otra breve despedida y adentro, a facturar. El vuelo de vuelta se nos hace mucho más corto, especialmente porque la escala en Amsterdam es de apenas una hora. Es tan justa que si hubiera habido algún retraso en el primer vuelo, hubiéramos perdido el segundo. Por suerte, topamos con una eficiente señorita en el mostrador que nos factura, sin pedírselo, el equipaje hasta Alicante. Sólo tenemos que preocuparnos de cruzar el aeropuerto de Schipol de punta a punta en menos de media hora. Finalmente todo sale bien, y después de dos vuelos sin incidencias, tomamos tierra en El Altet. Primer susto. En la cinta de las maletas, todo el mundo recoge las suyas, pero las nuestras no asoman. Cuando ya empezamos a ponernos nerviosos, caemos en la cuenta de que al haberlas facturado desde Budapest, no están en esta cinta, sino en la de los vuelos “no comunitarios”, dos más allá. Al salir a la calle, volvemos a sentir la “agradable” sensación del calor levantino, que llevamos diez días sin catar. Nos recoge el hermano de Vicen, quien amablemente nos acerca a casa. Como tenemos mono de Mahou y de calamares a la romana, vamos al primer bar que pensamos que puede tenerlos, en la zona de l’Aljep. Los calamares están infames, lo que nos hace pensar que tal vez deberíamos haber esperado un poco. Mientras, mi mujer sube a casa a echar un vistazo. Segundo susto. Un hedor insoportable se ha apoderado de la casa. Al parecer, cuando nos fuimos desconectó el frigorífico sin acordarse de vaciar el congelador. En 10 días, con las tórridas temperaturas del mes de agosto y la casa cerrada, se ha podrido hasta el acero inoxidable de las bandejas. Este ha sido el curioso punto final de nuestro viaje, pero aún nos dura la felicidad del eclipse y no le damos la menor importancia al incidente. Mi mayor preocupación en esos momentos es la misma que me viene rondando la cabeza desde el día D: ¿Habrán salido bien las diapositivas?

FIN

Con este capítulo acaba el pequeño relato sobre mi primer viaje serio. Aunque después hemos salido alguna vez que otra al exterior, para mí, este viaje siempre ha sido "el viaje", tal vez porque todo lo primero deja una importante huella en nuestras vidas, o quizá porque al placer de viajar en sí, pude añadir el lujo de disfrutar de un eclipse total de sol con la impagable compañía de mi familia y de dos buenos amigos. Si tuviera que apostar, lo haría por lo segundo. Es muy difícil transmitir por escrito las emociones de los buenos momentos -y de algunos no tan buenos-, pero si no he podido contagiarles mi entusiasmo, espero al menos haberles entretenido el tiempo que han durado estos pequeños episodios. Gracias por su atención.
¡Ah!, y las diapositivas salieron bien. :-)

lunes, 15 de octubre de 2007

El Clot de Galvany

Hace unos meses, les hablé del Clot de Galvany, una zona húmeda próxima a Elche, donde he podido ver y fotografiar algunas aves acuáticas con relativa comodidad. En esa misma entrada les contaba que había visto unas fotos en un librito, tomadas en Agosto de 1990 por Vicent Sansano, en las que apenas había muestras de la salvaje explotación a que ha sido sometido nuestro litoral en los últimos tiempos. Por gentileza del autor, paso a mostrárselas para que lo comprueben ustedes mismos: A continuación les incluiré otras dos, tomadas por mí en agosto de este año, es decir, 17 años después. Como verán, el paisaje ha cambiado un poco:
Los mayores abusos urbanísticos se han cometido en el área correspondiente al Ayuntamiento de Santa Pola, pues las construcciones han llegado hasta los mismísimos límites del paraje natural. Al atardecer, es posible que a algún propietario se le cuele por las ventanas, junto con los mosquitos, algún ave despistada. En esta otra foto, tomada de Google Earth, podrán ver mejor lo que les digo (pese a no ser muy actual). La flecha roja, al igual que en la anterior, señala el lugar donde se encuentra la charca de contacto. También podrán apreciar que, en la zona que depende del consistorio ilicitano, su presunto protector, se comienza a construir peligrosamente cerca. ¿Cuánto tiempo le queda al Clot?

viernes, 12 de octubre de 2007

Don Honorato

Durante algunos años –tres concretamente-, acudí a la Escuela Unitaria nº 1, dirigida por D. Honorato en la calle Alfonso XII, frente a CODESA (la empresa eléctrica de entonces, que luego fue absorbida por Hidroeléctrica Española). Era éste un señor bajito, incluso para la época, de pelo ralo y engominado, ojos pequeños, muy vivos, boca de labio fino, rematado el superior por un bigotillo largo y estrecho, pegado a él (al estilo jefe local del movimiento). Sus manos, menudas y gordezuelas, nos parecían tenazas. Con ellas manejaba magistralmente una regla de madera, cuadrangular y maciza, pintada de negro, que no se rompía jamás, (aunque tenía otra en el cajón, por si se diera el caso). De su persona circulaban muchos rumores, y ninguno bueno. Uno de ellos contaba que había estado en la cárcel por haber arrancado la oreja a un alumno. Los más benévolos decían que había sido denunciado por malos tratos en varias ocasiones. En el tiempo en que estuve a sus órdenes, sólo puedo decir que aprendí lo que no hice con otros, pero también fui testigo de su crueldad. A los castigos habituales –entonces- de estar arrodillado con los brazos en cruz, con algunos libros en cada mano, el de la colleja de efecto sedante, o el de los golpes en los dedos con su regla negra, añadía algunos de cosecha propia, como el tortazo sin retroceso. Lo llamábamos así porque con una mano te cogía de la oreja y te doblaba la cabeza, dejando preparado el lado contrario para el sopapo a mano abierta. No había escapatoria. El cráneo te quedaba como aprisionado entre dos paredes, y el oído te zumbaba durante un buen rato. Afortunadamente, yo era bastante aplicado en aquella época y recibí pocos castigos de este tipo, pero pude contemplar bastantes correctivos aplicados a mis compañeros, sobre todo a los más torpes. Tenía la escuela –una casa vieja, con retrete turco, de los de agujero- tres filas de pupitres, una para cada curso. Los mayores (de unos 9 años, pues eran los de tercero) se sentaban a su derecha, y uno de ellos era el encargado de vigilar la clase en las ocasiones en que él salía a tomarse un café al bar Pic-nik. En una de ellas, el vigilante de turno no pudo controlarnos y a su regreso, D. Honorato nos sorprendió en plena barahúnda. Sabedor del castigo que le venía encima, al pobre chico no se le ocurrió otra cosa que echar a correr hacia el fondo de la clase, mientras que el enfurecido profesor reaccionó con otra idea igualmente genial: tirarle un timbre de hierro que tenía en su mesa para imponer silencio, que pasó por encima de nuestras cabezas, rozándonos las coronillas, y fue a estrellarse contra la pared, a escasos centímetros de la cara del aterrorizado muchacho, abriendo un desconchón tan grande como nuestro susto. Si llega a acertar, lo mata. Otra escena que recuerdo con mucha pena, es la de otro niño, larguirucho y desgarbado, especialmente torpe en algunas materias. Tenía un cuello larguísimo, que destacaba mucho más con los cogotes rapados que lucíamos entonces, y en él se cebó el maestro, una tarde en la que tuvo la desgracia de ser llamado a la pizarra. Con la famosa y temible regla negra, le daba unos golpes tan fuertes en el pescuezo, que me duele sólo de recordarlo. Fueron tantos y propinados con tanta saña, que no sé cómo no perdió la consciencia. De vuelta a casa, en el tramo en que coincidíamos, no podía dejar de mirar las marcas moradas que la vara le había dejado, y las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos y que su orgullo reprimía. Todos pensábamos que el profesor esta vez se había pasado y que recibiría su castigo. Cuando al día siguiente vimos aparecer a la madre de nuestro compañero, estábamos convencidos de que le iba a cantar las cuarenta. Para decepción nuestra, no sólo no le afeó su conducta, sino que le animó a seguir castigando a su hijo cuantas veces hiciese falta, pues –según ella- era un cazurro. Con madres así, la madrastra de Blancanieves era un hada madrina. Pese a todo, en lo didáctico no era un mal profesor, y cuando cerraron su colegio y nos llevaron a todos –él incluido- a Las Graduadas, había entre nosotros un sentido del compañerismo que no existía entre el resto del alumnado. Era una especie de complicidad que nos unía aunque no estuviésemos en la misma clase (no sabría decir si gracias a él o pese a él). Y en lo académico, nuestros nuevos profesores se asombraban al ver nuestra caligrafía, nuestra ortografía y nuestra disciplina, aunque en algunas cosas –pocas, la verdad- andábamos un poco descolgados, por haber seguido un método ajeno al utilizado en las escuelas públicas de entonces.

Hace tiempo que no le veo, quizá haya muerto ya, pero he seguido saludándole cada vez que me lo he tropezado por la calle, y no he podido evitar pensar cómo un hombre de su estatura (metro y medio aproximadamente) podía parecernos tan gigantesco.


domingo, 7 de octubre de 2007

La paloma

No recuerdo si la oí antes de verla, pero lo cierto es que había, en nuestro pequeño balcón, una paloma. No era una de las que vivían -y viven- en el Parque Municipal, de éstas de un blanco rabioso –que se convertía en blanco roñoso cuando las veías más cerca-, sino de las grises, de las que pintan para competición y creo que llaman deportivas. De un color o de otro, allí estaba, rendida e incapaz de volar, probablemente herida. Se dejó atrapar con una levísima resistencia por mi madre, quien había acudido alarmada por mis gritos: -“¡Mamá, corre, hay una paloma en el balcón! ¡Date prisa que se escapa! ¡Correeeee!”. El botín fue depositado en una chivata* de nylon, hasta que llegase mi padre y decidiera qué había que hacer. No había en el barrio nadie que tuviese ese tipo de animales, así que, mi padre pensó que seguramente habría venido desorientada desde más lejos, pero no estaría de más “respetarla” hasta el fin de semana siguiente, por si viniese alguien a reclamarla. Mi abuela materna, que vivía muy cerca, criaba en la terraza –como otros vecinos- algún que otro animalillo para el consumo doméstico, así que no nos resultó muy difícil conseguirle alimento para esos días. Como a ella no le gustaba esa carne y a mi madre tampoco, cuando llegó el día “D” (“D”el último viaje de la paloma), la llevamos a casa de mi otra abuela, quien la recibió con los brazos abiertos. A mi hermana y a mi nos explicaron que la trasladábamos porque nuestra casa era muy pequeña y allí no podía estar, pero cuando a la semana siguiente volvimos otra vez de visita, nadie supo aclararnos, sin titubeos ni medias sonrisas, cuál había sido el destino del animal. Aunque sospechábamos lo que había ocurrido, tuvimos que aceptar la versión oficial -que había escapado-, como en el NODO.

* Me refiero a esas de colorines que utilizábamos para ir a la plaza (al mercado para los no ilicitanos). Plegadas ocupaban muy poco espacio y tenían, sin embargo, una gran capacidad. Su mayor inconveniente eran las asas, demasiado finas, que se clavaban como cuchillos en los dedos en cuanto llevaban algo de peso. Mi hermana y yo las odiábamos por eso.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Eclipse XV (penúltimo capítulo)

17 DE AGOSTO


Es nuestro último día completo en Hungría. Decidimos comprar algo para comer en casa y cenar fuera, para así poder hacer las maletas tranquilamente. Nos dirigimos hacia la carnicería que hay al otro lado de la carretera. Como no hemos cambiado de continente, los animales son los mismos que estamos acostumbrados a consumir. Tal vez se corten y despiecen de distinta forma, pero eso también ocurre en España. Compramos unas chuletas de cerdo y patatas y huevos para hacer una tortilla. Habíamos traído una botellita de aceite de oliva desde casa y vamos a exprimirla. Pensábamos que nos iba a sobrar cerveza la última vez que compramos, pero si nos descuidamos, aún nos falta. Después de la sagrada siesta, empezamos a recoger y a hacer las maletas. Por la noche, vamos a cenar a la Torony Csarda, para despedirnos. Allí ya nos conocen y conocemos la carta, aunque aún nos llevamos una sorpresa. Decidimos cenar “suave”, pues hemos comido bastante y no tenemos mucho apetito, además de que queremos pasar una noche tranquila, pues al día siguiente hay que madrugar. Para Pepe pedimos una tortilla con jamón y Vicen, después de pedir un plato de pasta, pregunta, con señas y con nuestro inútil inglés chapurreado, si lleva carne. Por fin se hace entender y el camarero, con una sonrisa, le contesta afirmativamente. Cuando nos traen la cena, sus espagueti llevan por encima tres hermosas chuletas de cerdo. Nuestras carcajadas aún retumban en el comedor, cuando traen el plato de Pepe, una tortilla de tamaño familiar que habría servido para cenar dos o tres personas. Como despedida no está mal, pero lo que pretendíamos que fuese una cena “light”, se ha convertido en una comilona en toda regla. Afortunadamente, los precios siguen contenidos, la cerveza estupenda y el ambiente tranquilo y amable. Todo un lujo en estos tiempos. Nos despedimos de todo el mundo con pena. Mañana a estas horas, estaremos cenando en casa, a cientos de kilómetros de aquí...

Continuará...