viernes, 12 de octubre de 2007

Don Honorato

Durante algunos años –tres concretamente-, acudí a la Escuela Unitaria nº 1, dirigida por D. Honorato en la calle Alfonso XII, frente a CODESA (la empresa eléctrica de entonces, que luego fue absorbida por Hidroeléctrica Española). Era éste un señor bajito, incluso para la época, de pelo ralo y engominado, ojos pequeños, muy vivos, boca de labio fino, rematado el superior por un bigotillo largo y estrecho, pegado a él (al estilo jefe local del movimiento). Sus manos, menudas y gordezuelas, nos parecían tenazas. Con ellas manejaba magistralmente una regla de madera, cuadrangular y maciza, pintada de negro, que no se rompía jamás, (aunque tenía otra en el cajón, por si se diera el caso). De su persona circulaban muchos rumores, y ninguno bueno. Uno de ellos contaba que había estado en la cárcel por haber arrancado la oreja a un alumno. Los más benévolos decían que había sido denunciado por malos tratos en varias ocasiones. En el tiempo en que estuve a sus órdenes, sólo puedo decir que aprendí lo que no hice con otros, pero también fui testigo de su crueldad. A los castigos habituales –entonces- de estar arrodillado con los brazos en cruz, con algunos libros en cada mano, el de la colleja de efecto sedante, o el de los golpes en los dedos con su regla negra, añadía algunos de cosecha propia, como el tortazo sin retroceso. Lo llamábamos así porque con una mano te cogía de la oreja y te doblaba la cabeza, dejando preparado el lado contrario para el sopapo a mano abierta. No había escapatoria. El cráneo te quedaba como aprisionado entre dos paredes, y el oído te zumbaba durante un buen rato. Afortunadamente, yo era bastante aplicado en aquella época y recibí pocos castigos de este tipo, pero pude contemplar bastantes correctivos aplicados a mis compañeros, sobre todo a los más torpes. Tenía la escuela –una casa vieja, con retrete turco, de los de agujero- tres filas de pupitres, una para cada curso. Los mayores (de unos 9 años, pues eran los de tercero) se sentaban a su derecha, y uno de ellos era el encargado de vigilar la clase en las ocasiones en que él salía a tomarse un café al bar Pic-nik. En una de ellas, el vigilante de turno no pudo controlarnos y a su regreso, D. Honorato nos sorprendió en plena barahúnda. Sabedor del castigo que le venía encima, al pobre chico no se le ocurrió otra cosa que echar a correr hacia el fondo de la clase, mientras que el enfurecido profesor reaccionó con otra idea igualmente genial: tirarle un timbre de hierro que tenía en su mesa para imponer silencio, que pasó por encima de nuestras cabezas, rozándonos las coronillas, y fue a estrellarse contra la pared, a escasos centímetros de la cara del aterrorizado muchacho, abriendo un desconchón tan grande como nuestro susto. Si llega a acertar, lo mata. Otra escena que recuerdo con mucha pena, es la de otro niño, larguirucho y desgarbado, especialmente torpe en algunas materias. Tenía un cuello larguísimo, que destacaba mucho más con los cogotes rapados que lucíamos entonces, y en él se cebó el maestro, una tarde en la que tuvo la desgracia de ser llamado a la pizarra. Con la famosa y temible regla negra, le daba unos golpes tan fuertes en el pescuezo, que me duele sólo de recordarlo. Fueron tantos y propinados con tanta saña, que no sé cómo no perdió la consciencia. De vuelta a casa, en el tramo en que coincidíamos, no podía dejar de mirar las marcas moradas que la vara le había dejado, y las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos y que su orgullo reprimía. Todos pensábamos que el profesor esta vez se había pasado y que recibiría su castigo. Cuando al día siguiente vimos aparecer a la madre de nuestro compañero, estábamos convencidos de que le iba a cantar las cuarenta. Para decepción nuestra, no sólo no le afeó su conducta, sino que le animó a seguir castigando a su hijo cuantas veces hiciese falta, pues –según ella- era un cazurro. Con madres así, la madrastra de Blancanieves era un hada madrina. Pese a todo, en lo didáctico no era un mal profesor, y cuando cerraron su colegio y nos llevaron a todos –él incluido- a Las Graduadas, había entre nosotros un sentido del compañerismo que no existía entre el resto del alumnado. Era una especie de complicidad que nos unía aunque no estuviésemos en la misma clase (no sabría decir si gracias a él o pese a él). Y en lo académico, nuestros nuevos profesores se asombraban al ver nuestra caligrafía, nuestra ortografía y nuestra disciplina, aunque en algunas cosas –pocas, la verdad- andábamos un poco descolgados, por haber seguido un método ajeno al utilizado en las escuelas públicas de entonces.

Hace tiempo que no le veo, quizá haya muerto ya, pero he seguido saludándole cada vez que me lo he tropezado por la calle, y no he podido evitar pensar cómo un hombre de su estatura (metro y medio aproximadamente) podía parecernos tan gigantesco.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Belvolgut amic, jo no solament vaig coneixer la fama de "sanguinari" de Don Honorato a les "Graduades", i sobre tot a la "seua anterior escola", com tu molt be dius, sinò que, a més a més, el tenía de veí -porta per porta-, quan ell vivia a casa de la seua filla, al carrer Tinent Ganga; si be es cert, que com a veí no era massa dolent, com ha professor la seua fama era terrible, i jo sempre he pensarr que vaig tindre la gran sort de que mai no em donés classe a mi, perquè jo vaig saltar-me el seu curs, ja que els qui veniem de les monjes (Carmelites) ja arribavem -als sis anys!- amb un nivell que a les "Graduades" no es tenia.

PD/ Li he donat la teua direcció al Biel.
Tenim pendent un dinaret a ma casa, però els torns i horaris de la meua dona (a l'Hospital) i els partits de l'equip de basquet de mon fill (c.b.elche) m'ocupen la majoria dels caps de setmana.
Vull quedar amb tu, el chini, fabián i Biel (i les families, es clar) i fer-nos uns xulles i unes botifarretes a la brasa el més prompte possible. Ja parlem.
EL DIMONI

Pejiguera dijo...

¡Che, Toni! ¡Qué alegría! Lo de las chuletas lo tengo "escriturao" para que no se me olvide, así que cuando quieras -o puedas-, no tienes más que avisar. Gracias por darle la dirección a Biel. A ver si se anima y se deja caer por aquí. Hace unos días intercambié un par de correos con su hermano Vicent, para pedirle permiso para sacar unas fotos suyas en el blog.
En cuanto a D.Honorato, no sabía que tenía una hija. Sé que tenía un hijo, también profesor, que se suicidó hace algunos años. Y siempre he pensado que vivía encima de la ortopedia Luengo, pues una navidad le acompañamos unos cuantos para ayudarle a llevar los regalos (casi todo eran puros y botellas de coñac) y le subimos las cosas hasta arriba. Yo llevaba su chaqueta gris, que no sé de qué era, pero pesaba casi tanto como yo. Seguro que hay gente por ahí que recuerda muchas más cosas, pero será difícil que lleguen hasta aquí.

P.D.: Sigue atento que pronto vendrá una sobre el chini. Ah, y escribo en castellano porque, a mi pesar, en valenciano no tinc ni idea, y para hacerlo mal, prefiero dejarlo estar. Aunque todo es ponerse...
Ha segut un plaer tenir-te per açi, de veres. A veure si repeteixes. Gràcies, amic.

Anónimo dijo...

Tens raó, era la casa del seu fill, no de sa filla, però amb el temps jo ho havia confós. Crec que d'aquella casa se n'anaren a 'altra casa sobre l'ortopèdia, que tu coneixies, o potser vivia allí abans de anar-se'n amb el fill, quan es feu més major.
Em sembla recordar que també morí la nora i només quedaren les tres (?) filles, que quan jo vivia al carrer Tinent Ganga, encara eren petites; però amb la mala memòria que tinc no em fasses massa cas...

A vegades, no tens la sensació de que totes les coses bones que t'han passat fa ja vint anys, i ara només et queda treballar per pagar l'hipoteca i els estudis dels xiquets.
Hòsties, crec que necessite una bona festa ja! Una forta abraçada.
EL DIMONI