domingo, 21 de octubre de 2007

El billete

Todos los domingos por la tarde, sin excepción, salíamos a dar una vuelta por el centro. Por la gente que había habitualmente, creo que es lo que hacía todo el mundo. Nuestro recorrido era siempre el mismo: Puente viejo (de la Virgen), Alfonso XII, Plaça de Baix, Corredora, Glorieta (allí dábamos una vuelta, o dos, o tres, o...), carrer Ample, Les Eres de Sta. Lluçia y vuelta atrás. Para el retorno tomábamos la variante Hospital-Salvador (los nombres de las calles y plazas, evidentemente, eran otros entonces, pero me gustan más estos, así que, con su permiso, omitiré los antiguos), haciendo breves paradas en los escaparates que nos iban interesando (los mayores en Garrido, Rico Antón, Beltrán, etc., mientras que los pequeños hacíamos alto ineludiblemente en las jugueterías de Parreño o Rico, y también en la droguería Pérez-Seguí, donde vendían artículos de broma y tenían un pequeño escaparate dedicado a ellos). Los hombres –todos-, iban por la calle con su señora cogida del brazo, mientras que con el otro –algunos-, estrujaban un transistor contra su oreja, para estar al tanto de la última hora futbolística. Recuerdo también que, a partir de las ocho o así, se repartía en algunos bares y pastelerías del centro, una hoja con los resultados de los partidos. Cuando la economía lo permitía, parábamos a “repostar” en algún bar por el camino, casi siempre en “El Palmeral y la Dama” o en “Canterelles”, más cerca de casa. Yo prefería el primero, porque siempre había una ventana o algún barril donde sentarnos, pero tampoco lloraba si íbamos al otro.

Una de aquellas tardes-noches de domingo, al pasar por la Plaça de la Merçé, cogido de la mano de mi padre, mis ojos se fueron hacia un papelito que, doblado hasta lo imposible, hacía equilibrios en las sombras de la boca de una trapa (alcantarilla para los forasteros). Con ese sexto sentido que tienen los niños y las mujeres para el dinero, intenté en vano desasirme de la mano de mi padre, mientras gritaba: -“¡Un billete, un billete!”. Todos los viandantes miraban hacia el mismo lugar que yo. Por un momento parecían perros de caza, de muestra, señalando a la invisible presa, que por suerte sólo yo sabía dónde estaba. En un instante que me pareció eterno, mi padre dudó de soltarme, mas cuando vio que los demás, tal vez avergonzados, seguían su camino, liberó a su presa, que voló como un halcón hacia su botín. No lo abrí hasta que no estuve otra vez en la seguridad de su cobijo, descubriendo que era un billete de ¡veinte duros! Con él nos dimos un festín en “El Palmeral y la Dama” y aún nos sobró para repetir alguna que otra vez. ¡Qué buenos los calamares y las patatas con ajo! Pero mejor aún, es sentirte héroe durante un tiempo.


P.D.: Si algún lector ocasional puede acreditar que el billete encontrado es suyo, que se ponga en contacto conmigo que muy gustosamente le reintegraré su importe (sin intereses, claro).

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