domingo, 7 de octubre de 2007

La paloma

No recuerdo si la oí antes de verla, pero lo cierto es que había, en nuestro pequeño balcón, una paloma. No era una de las que vivían -y viven- en el Parque Municipal, de éstas de un blanco rabioso –que se convertía en blanco roñoso cuando las veías más cerca-, sino de las grises, de las que pintan para competición y creo que llaman deportivas. De un color o de otro, allí estaba, rendida e incapaz de volar, probablemente herida. Se dejó atrapar con una levísima resistencia por mi madre, quien había acudido alarmada por mis gritos: -“¡Mamá, corre, hay una paloma en el balcón! ¡Date prisa que se escapa! ¡Correeeee!”. El botín fue depositado en una chivata* de nylon, hasta que llegase mi padre y decidiera qué había que hacer. No había en el barrio nadie que tuviese ese tipo de animales, así que, mi padre pensó que seguramente habría venido desorientada desde más lejos, pero no estaría de más “respetarla” hasta el fin de semana siguiente, por si viniese alguien a reclamarla. Mi abuela materna, que vivía muy cerca, criaba en la terraza –como otros vecinos- algún que otro animalillo para el consumo doméstico, así que no nos resultó muy difícil conseguirle alimento para esos días. Como a ella no le gustaba esa carne y a mi madre tampoco, cuando llegó el día “D” (“D”el último viaje de la paloma), la llevamos a casa de mi otra abuela, quien la recibió con los brazos abiertos. A mi hermana y a mi nos explicaron que la trasladábamos porque nuestra casa era muy pequeña y allí no podía estar, pero cuando a la semana siguiente volvimos otra vez de visita, nadie supo aclararnos, sin titubeos ni medias sonrisas, cuál había sido el destino del animal. Aunque sospechábamos lo que había ocurrido, tuvimos que aceptar la versión oficial -que había escapado-, como en el NODO.

* Me refiero a esas de colorines que utilizábamos para ir a la plaza (al mercado para los no ilicitanos). Plegadas ocupaban muy poco espacio y tenían, sin embargo, una gran capacidad. Su mayor inconveniente eran las asas, demasiado finas, que se clavaban como cuchillos en los dedos en cuanto llevaban algo de peso. Mi hermana y yo las odiábamos por eso.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Como bien dices,aun siento el dolor y las marcas que quedaban en los dedos, como una especie de longanicica a la parrilla.Y hay que ver lo que duraban las judías(chivatas, claro;aunque las otras tambien)