martes, 27 de noviembre de 2007

Los sabios... ¡casi na!

El pasado viernes, los últimos rescoldos del Grupo Ilicitano de Astronomía –el grupo de sabios según algunos-, decidieron reunirse para recordar viejos tiempos. Como la asociación nunca dispuso de local propio –ni cedido, ni de alquiler, ni de ninguna otra forma que se les ocurra-, siempre tuvo que recurrir a cafeterías u otros negocios de restauración para celebrar sus reuniones. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde la última junta oficial –la de disolución y liquidación de bienes-, celebrada en los altos de El Boquerón de Plata (con esto pueden hacerse una idea de los años que han pasado), es lógico pensar que los ex-miembros hemos ido ganando, en crecimiento paralelo al de la edad, en nivel adquisitivo (en pocas palabras, que nos estamos aburguesando). Esto nos llevó a escoger un sitio acorde a la importancia de tan magno evento, decidiéndonos por El Asador Ilicitano, que no nos defraudó en absoluto. Entre aromas de “hígado de pato con verduritas salteadas”, o “jamón de bellota con cama de huevo y papas”, fuimos desgranando nuestros recuerdos, que llegaron al súmmum cuando Ramón (el Sr. Presidente para nosotros), echó mano del baúl de los recuerdos y rescató algunas fotos que hicieron que a algunos se nos saltasen las lágrimas -de la risa más que de la emoción, todo hay que decirlo- ¡Qué jovencitos estábamos todos! Esas imágenes fueron el acompañamiento perfecto en la sobremesa, cuando ya comenzaban a hacer efecto los vapores de los vinos que habíamos degustado durante la cena, y de los licores que estábamos apurando en esos momentos. Aún tuvimos valor para escaparnos a hacernos unas caipirinhas –caipiroski en mi caso- y nos despedimos prometiéndonos el repetir al menos una vez al año, para no perder el contacto (ni la salud, pues a nuestra edad, esto no se puede hacer todas las semanas sin poner en peligro nuestras lindas analíticas). A ver si me llega alguna imagen, oiga, y se la pongo por aquí.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Homenaje

Después de una semana movidita en los terrenos familiar y laboral (lo primero es lo realmente serio y preocupante, lo segundo es un problema de educación, y no mía precisamente), vuelvo aquí para darles la paliza. Siento haberles tenido abandonados durante tanto tiempo, queridos cuatro lectores. Espero que la próxima semana esté la situación totalmente normalizada y las aguas vuelvan a su cauce. Mientras tanto, aquí les dejo esta joyita, extraída de la segunda parte de “El Quijote”, que como algunos sabrán, es lo que ando leyendo. Para redondear el momento, y como un pequeño homenaje a los genios, imagínenla –si quieren-, en la voz de Fernando Fernán Gómez, quien también ha decidido dejarnos esta semana:

“...en esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban la norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones del Oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus cabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose las yerbas, parecía asimesmo que ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar; los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse los prados con su venida...”


¿Se puede escribir algo más bonito?

jueves, 15 de noviembre de 2007

Se separan los Duques de Lugo...

... y aún no ha echado nadie la culpa a Zapatero.

Inaudito.

El correfoc

Ya me pasaron las fotos. Bueno, para ser sincero, hace una semana que llegaron a mis manos, pero no he tenido tiempo de seleccionarlas y reducirlas para ponerlas aquí. Tal y como les prometí, gracias a la colaboración de Daniel Invigorates San, intrépido reportero que obtuvo estas imágenes con gran riesgo para su integridad física y de la de su cámara –como podrán apreciar en alguna de ellas-, aquí están las fotos del correfoc, evento que prácticamente puso punto final al Festival Medieval 2007, que, como ya dije antes, me ha parecido el más flojo de todos cuantos he visto.

A disfrutar.


martes, 13 de noviembre de 2007

Yo sobreviví a dos Oktoberfest

Si de viajes hablamos, tengo dos espinitas clavadas que algún día, espero que no muy lejano, me sacaré. Una es la de los mercados navideños en Alemania –o en Suiza, donde llevan unos años muy en boga-, con su nieve, su vino caliente, sus pastas, y sus puestecitos de madera. Más que para comprar –que también-, creo que iría a empaparme del ambiente. La otra espinita, más gastronómica si cabe, es la Oktoberfest (La Fiesta de la Cerveza), en Munich. Al precio que se han puesto los vuelos, no sería de extrañar que nos hiciésemos el ánimo cualquier año, y un fin de semana nos dejásemos caer por allí. Mientras tanto, nos tendremos que conformar con las que las colonias alemanas celebran en España, por ejemplo en Calpe. El año pasado estuvimos a punto de ir, pero finalmente no lo hicimos. Este año, que ya lo teníamos decidido, coincidió la fecha con la de la mayor tormenta que ha conocido la pequeña ciudad vecina, que aún está recuperándose del diluvio. Para compensar, hicimos provisión de cerveza alemana en varios formatos (barriles y botes de distintos tamaños y marcas) y de salchichas de varios colores y sabores, que degustamos tranquilamente en casa en compañía de los amigos. De esto hace un mes más o menos, pero la recuperación ha sido larga. Para redondearlo, mi cuñado Juan, con motivo de su cumpleaños y el de mi amigo Vicen, que caen en la misma semana, decidió que sería una buena idea el celebrar, el pasado sábado, otra Oktoberfest en su casa, con un barril de Alhambra especial, quesos variados y otros productos de la tierra (lo digo por el cerdo, que anda y se revuelca por ella). Si a ello añadimos un par de botellitas de vino, una de cava (para brindar), una riquísima tarta, un litro de pacharán Ziordiak, que trajo Alberto desde Estella, de la cosecha familiar de su señora, unos licorcillos alemanes en botellitas mini* y dos cajas de puritos, obtendremos una bonita resaca (o convalecencia según los casos) que amenizó nuestra mañana de domingo (yo no pude, porque tenía que arreglar la lavadora). Hay que tener en cuenta, además, que fallaron 4 comensales, y a los que quedamos no nos gusta dejar cosas en la mesa. En fin, para que se hagan una idea, ahí va una foto en la que capté algo de la felicidad del momento. Si quieren ver más, no tienen más que pedirlo.


*Ya sé de dónde sacó Andrés Montes lo del tiki-taka. Es una costumbre alemana de, en las sobremesas, sacar estas pequeñas botellitas de licor de hierbas, o de higo con vodka, que tienen un número de dos cifras en el culo. Antes de iniciar la ronda, se decide si pagará el que tenga el más alto o el más bajo, se golpean las botellas contra la mesa diciendo lo de tiki-taka hasta que se forma espumilla en su interior, y entonces se apuran de un trago. Se comprueba quién ha sido el perdedor, y se inicia una nueva ronda... Para que luego digan que en los mundiales no se aprende ¿eh, Salinas?

jueves, 8 de noviembre de 2007

De "empastrás"

De todas mis travesuras infantiles, hubo dos que no olvido y que no tuvieron daños colaterales, es decir, nada ni nadie salió perjudicado, salvo el protagonista: yo mismo.

En la primera de ellas recuerdo que, un sábado por la mañana, mi madre se fue al mercado dejándonos a mi hermana y a mí solos en casa (entonces en las fábricas se trabajaba hasta el sábado a mediodía, y donde lo hacía mi padre no era una excepción). Nos dejó los bocadillos preparados para almorzar y me dio permiso para beberme un culín de un vaso pequeño de moscatel (no se escandalicen, entonces era muy frecuente que los niños bebiésemos algo de alcohol con las comidas, en domingos y ocasiones especiales. Normalmente un poco de cerveza, pero a veces también un dedito de vino, que según mi abuela materna, hacía sangre). Nos sentamos a almorzar en el suelo, en la puerta misma del “pastaor” (la despensa), junto a la pequeña garrafa que contenía tan goloso néctar. Me serví “un poquito” más de lo que mi madre me había dicho, e intenté convencer a mi hermana, tres años menor que yo, para que también bebiera, y así no podría chivarse. Por suerte para los dos, se negó en redondo. De todos modos, cuando acabamos de almorzar creo que había repuesto “el dedito” dos o tres veces, con lo que me encontraba eufórico. La euforia pronto se transformó en mareo y en un fuerte dolor de cabeza, así que pensé que donde mejor estaría sería en la cama. Y así me encontró mi madre cuando volvió, acostado y con una fuerte jaqueca. En la misma postura me halló mi padre, y cuando se acercó para darme un beso, el fuerte aliento del moscatel le echó para atrás. Interrogaron a mi hermana y cantó de plano. No tuve más castigo que la resaca, que no fue poco, y la regañina de mis padres, cuyas amonestaciones retumbaban en mi pobre cabeza.

En la otra, sufrí un ataque de “colgate”, aunque tal vez fuese de “profiden”. En mi casa, mi madre siempre utilizaba para lavarse los dientes perborato de sosa. Estos eran unos polvos que se depositaban en el cepillo y al contacto con la humedad se tornaban rosáceos. De un sabor asquerosillo, nunca pude entender cómo era tan aficionada a ellos. Cuando entre todos logramos convencerla de que nos comprara pasta “normal” (ella siguió usando el perborato), casi hacemos fiesta en casa. Con la novedad del primer tubo, ese sábado creo que me lavé los dientes un par de veces seguidas, pero como aún no tenía la sensación de frescor que anunciaban por la tele, me puse a chupar directamente del dentífrico, pues lo encontraba riquísimo. Luego, escondí lo poco que quedó, para que no me riñeran. Más tarde, después de la sobremesa de los mayores, sacamos las sillas a la galería para ver la tele al fresco (dentro hacía un calor sofocante). No sé si fue la pasta que se iba secando en mis cuerdas vocales, o algún ingrediente el que afectó a las mismas, pero de repente comencé a hablar como Pepe Isbert, para alborozo de mi hermana y de mi tío Juanito, que había venido a comer, y preocupación de mis padres. Cuando ya estaban hablando de llevarme a un médico, pues mi afonía aumentaba por momentos, confesé como pude mi delito. Entre carcajadas, me enviaron –literalmente- a hacer gárgaras. La ronquera sólo me duró hasta el día siguiente, pero tuve cachondeo durante mucho, muuuucho tiempo.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Jaime

De toda la pandilla, Jaime era quien tenía una imaginación más inquieta, puede que alentada por las lecturas de los tebeos que compraban sus hermanos mayores. Era él quien nos ponía los motes, pero sin que estos fuesen excluyentes ni hicieran alusión a defectos físicos o de otra índole (él tenía los ojos achinados, llevaba gafas y bizqueaba un poco, y tal vez por eso era especialmente sensible en ese sentido). A mí, por ejemplo, me asignó el de “Artillería Schmidt” (aunque él decía que se escribía Ximis’t, como las pilas). No sabía explicarnos el porqué de los apodos que nos endosaba, simplemente pensaba que era el que mejor nos “pegaba” a cada uno. Aparte de esto, tenía unas “salidas” muy graciosas, fuera de lo común. Era un estudiante no muy brillante, y en una ocasión en la que el profesor le preguntó algo que, como casi siempre, no sabía, le invitó socarronamente a que nos expusiera algo de sus vastos conocimientos. Lejos de amilanarse, Jaime nos dejó boquiabiertos con una historia –algo confusa, eso sí- sobre las brujas de Salem, creo. Ya no le volvió a preguntar más.

Remontándonos algo más en el tiempo (esto que acabo de contar sucedió en una clase de 8º de EGB), tuve con él algunos roces, producto del juego, que provocaron mi reclusión temporal y voluntaria. En la primera de ellas, íbamos a jugar a piratas. Fui corriendo a mi casa, y sin que me viera mi madre, cogí prestada una percha que había en su ropero, compuesta por un trozo de madera curva y un gancho. Desenrosqué éste con cuidado, con lo que quedó como un “alfanje” de los que veíamos en las películas de bucaneros. Con él escondido entre las ropas, volví a la calle, donde causó sensación entre mis amigos, armados con palos normales y corrientes. En uno de los lances del juego, Jaime no pudo esquivar uno de mis golpes, que fue derecho a su sien, provocándole un chichón y la rotura de sus gafas. Los demás, lejos de quitar importancia al asunto, fueron añadiendo leña de tal manera, que, asustado, corrí hasta mi casa y dejé todo como estaba originalmente, sin que mi madre se hubiera enterado de nada. Estuve unos días sin bajar a la calle, lo que de por sí ya era algo llamativo. Las madres, que no son tontas, saben inmediatamente cuándo ha pasado algo, así que la mía me estuvo interrogando de modo sutil hasta que, entre lo poco que yo le conté –casi nada- y lo que le contó la de Jaime, se las arregló para que bajara otra vez e hiciéramos las paces.

La segunda fue –o pudo haber sido- peor. Tengo una tía que fue emigrante, en Suiza, y cada vez que venía de vacaciones, nos traía a sus sobrinos favoritos juguetes que, o bien no existían aquí, o bien no estaban al alcance de los bolsillos de nuestros padres. En una de ellas trajo, entre otras cosas, un pequeño coche de metal, un deportivo amarillo muy parecido al de Meteoro, una serie de dibujos que hacía furor entonces. Recuerdo que lo dejábamos deslizarse por la costera, donde cogía una velocidad que le permitía dejar muy atrás a sus contrincantes, de plástico o de metal, pero peor acabados y con las ruedas mucho más “espesas”. Fue la atracción de la semana. Jaime, tal vez movido por los celos, interrumpía su carrera cada dos por tres con su pie, hasta que en una de ellas, harto de su comportamiento, le di un empujón que lo dejó en medio de la calzada, con tan mala suerte, que un coche que subía le pisó el pie (quiso la casualidad que en una calle donde apenas había tráfico, en aquel momento pasase uno). Afortunadamente, el coche subía e iba muy despacio, con lo que todo quedó en el susto y en algo de dolor, pero mi reacción fue la misma que en el caso anterior, sólo que esta vez no me esperé a ver el desenlace: cogí el juguete y salí corriendo. Nuestras madres tuvieron que intervenir nuevamente para arreglarlo todo.