jueves, 8 de noviembre de 2007

De "empastrás"

De todas mis travesuras infantiles, hubo dos que no olvido y que no tuvieron daños colaterales, es decir, nada ni nadie salió perjudicado, salvo el protagonista: yo mismo.

En la primera de ellas recuerdo que, un sábado por la mañana, mi madre se fue al mercado dejándonos a mi hermana y a mí solos en casa (entonces en las fábricas se trabajaba hasta el sábado a mediodía, y donde lo hacía mi padre no era una excepción). Nos dejó los bocadillos preparados para almorzar y me dio permiso para beberme un culín de un vaso pequeño de moscatel (no se escandalicen, entonces era muy frecuente que los niños bebiésemos algo de alcohol con las comidas, en domingos y ocasiones especiales. Normalmente un poco de cerveza, pero a veces también un dedito de vino, que según mi abuela materna, hacía sangre). Nos sentamos a almorzar en el suelo, en la puerta misma del “pastaor” (la despensa), junto a la pequeña garrafa que contenía tan goloso néctar. Me serví “un poquito” más de lo que mi madre me había dicho, e intenté convencer a mi hermana, tres años menor que yo, para que también bebiera, y así no podría chivarse. Por suerte para los dos, se negó en redondo. De todos modos, cuando acabamos de almorzar creo que había repuesto “el dedito” dos o tres veces, con lo que me encontraba eufórico. La euforia pronto se transformó en mareo y en un fuerte dolor de cabeza, así que pensé que donde mejor estaría sería en la cama. Y así me encontró mi madre cuando volvió, acostado y con una fuerte jaqueca. En la misma postura me halló mi padre, y cuando se acercó para darme un beso, el fuerte aliento del moscatel le echó para atrás. Interrogaron a mi hermana y cantó de plano. No tuve más castigo que la resaca, que no fue poco, y la regañina de mis padres, cuyas amonestaciones retumbaban en mi pobre cabeza.

En la otra, sufrí un ataque de “colgate”, aunque tal vez fuese de “profiden”. En mi casa, mi madre siempre utilizaba para lavarse los dientes perborato de sosa. Estos eran unos polvos que se depositaban en el cepillo y al contacto con la humedad se tornaban rosáceos. De un sabor asquerosillo, nunca pude entender cómo era tan aficionada a ellos. Cuando entre todos logramos convencerla de que nos comprara pasta “normal” (ella siguió usando el perborato), casi hacemos fiesta en casa. Con la novedad del primer tubo, ese sábado creo que me lavé los dientes un par de veces seguidas, pero como aún no tenía la sensación de frescor que anunciaban por la tele, me puse a chupar directamente del dentífrico, pues lo encontraba riquísimo. Luego, escondí lo poco que quedó, para que no me riñeran. Más tarde, después de la sobremesa de los mayores, sacamos las sillas a la galería para ver la tele al fresco (dentro hacía un calor sofocante). No sé si fue la pasta que se iba secando en mis cuerdas vocales, o algún ingrediente el que afectó a las mismas, pero de repente comencé a hablar como Pepe Isbert, para alborozo de mi hermana y de mi tío Juanito, que había venido a comer, y preocupación de mis padres. Cuando ya estaban hablando de llevarme a un médico, pues mi afonía aumentaba por momentos, confesé como pude mi delito. Entre carcajadas, me enviaron –literalmente- a hacer gárgaras. La ronquera sólo me duró hasta el día siguiente, pero tuve cachondeo durante mucho, muuuucho tiempo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay que joderse!!!no te quiero ver reñir a tu hijo si se manda alguna cagada. ¿Me escuchaste? porque tu sobrina estará siempre ahí para recordar tus empastradas.

Un beso, burrico.

vero

Pepin dijo...

Eres un gamberro, y luego tu dices que hago el cafre. jejejejejejeje