jueves, 1 de noviembre de 2007

Jaime

De toda la pandilla, Jaime era quien tenía una imaginación más inquieta, puede que alentada por las lecturas de los tebeos que compraban sus hermanos mayores. Era él quien nos ponía los motes, pero sin que estos fuesen excluyentes ni hicieran alusión a defectos físicos o de otra índole (él tenía los ojos achinados, llevaba gafas y bizqueaba un poco, y tal vez por eso era especialmente sensible en ese sentido). A mí, por ejemplo, me asignó el de “Artillería Schmidt” (aunque él decía que se escribía Ximis’t, como las pilas). No sabía explicarnos el porqué de los apodos que nos endosaba, simplemente pensaba que era el que mejor nos “pegaba” a cada uno. Aparte de esto, tenía unas “salidas” muy graciosas, fuera de lo común. Era un estudiante no muy brillante, y en una ocasión en la que el profesor le preguntó algo que, como casi siempre, no sabía, le invitó socarronamente a que nos expusiera algo de sus vastos conocimientos. Lejos de amilanarse, Jaime nos dejó boquiabiertos con una historia –algo confusa, eso sí- sobre las brujas de Salem, creo. Ya no le volvió a preguntar más.

Remontándonos algo más en el tiempo (esto que acabo de contar sucedió en una clase de 8º de EGB), tuve con él algunos roces, producto del juego, que provocaron mi reclusión temporal y voluntaria. En la primera de ellas, íbamos a jugar a piratas. Fui corriendo a mi casa, y sin que me viera mi madre, cogí prestada una percha que había en su ropero, compuesta por un trozo de madera curva y un gancho. Desenrosqué éste con cuidado, con lo que quedó como un “alfanje” de los que veíamos en las películas de bucaneros. Con él escondido entre las ropas, volví a la calle, donde causó sensación entre mis amigos, armados con palos normales y corrientes. En uno de los lances del juego, Jaime no pudo esquivar uno de mis golpes, que fue derecho a su sien, provocándole un chichón y la rotura de sus gafas. Los demás, lejos de quitar importancia al asunto, fueron añadiendo leña de tal manera, que, asustado, corrí hasta mi casa y dejé todo como estaba originalmente, sin que mi madre se hubiera enterado de nada. Estuve unos días sin bajar a la calle, lo que de por sí ya era algo llamativo. Las madres, que no son tontas, saben inmediatamente cuándo ha pasado algo, así que la mía me estuvo interrogando de modo sutil hasta que, entre lo poco que yo le conté –casi nada- y lo que le contó la de Jaime, se las arregló para que bajara otra vez e hiciéramos las paces.

La segunda fue –o pudo haber sido- peor. Tengo una tía que fue emigrante, en Suiza, y cada vez que venía de vacaciones, nos traía a sus sobrinos favoritos juguetes que, o bien no existían aquí, o bien no estaban al alcance de los bolsillos de nuestros padres. En una de ellas trajo, entre otras cosas, un pequeño coche de metal, un deportivo amarillo muy parecido al de Meteoro, una serie de dibujos que hacía furor entonces. Recuerdo que lo dejábamos deslizarse por la costera, donde cogía una velocidad que le permitía dejar muy atrás a sus contrincantes, de plástico o de metal, pero peor acabados y con las ruedas mucho más “espesas”. Fue la atracción de la semana. Jaime, tal vez movido por los celos, interrumpía su carrera cada dos por tres con su pie, hasta que en una de ellas, harto de su comportamiento, le di un empujón que lo dejó en medio de la calzada, con tan mala suerte, que un coche que subía le pisó el pie (quiso la casualidad que en una calle donde apenas había tráfico, en aquel momento pasase uno). Afortunadamente, el coche subía e iba muy despacio, con lo que todo quedó en el susto y en algo de dolor, pero mi reacción fue la misma que en el caso anterior, sólo que esta vez no me esperé a ver el desenlace: cogí el juguete y salí corriendo. Nuestras madres tuvieron que intervenir nuevamente para arreglarlo todo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"El Chini". Ese era el apodo de Jaime, ni más ni menos; así de simple o así de tierno. La verdad es que a su poseedor nunca le hizo la menor gracia. Desconozco (desconocemos todos sus amigos, creo), quien fue el primero que lo nombró de tal forma. Da igual, para nosotros, fue, es y será: EL CHINI.
En aquel tiempo (vaya esto empieza a parecerse a una homilía), digo, entonces, a principios de los setenta, no habían chinos en España; por lo menos en Elx era muy dificil encontrarse con alguno, así que su apodo era, podríamos decir, entre exótico y descriptivo, nunca insultante; pero aún así a Jaime le sentaba como una patada en la ingle que lo llamáramos así, a voz en grito, delante de todo el mundo, sobre todo en el patio, frente a las niñas del colegio, con las que Jaime nunca congenió... de niño, claro!, ya que yo lo he visto posteriormente con manejarse con una desenvoltura propia de un galán holliwoodense. Bueno, ahora, de mayores, sigo tratándolo (no tanto como quisieramos) e incluso nos llamamos por nuestros apodos. Ahora ya no le molesta, supongo que, a lo largo de los años, se habrá cansado de pedirnos que no lo nombremos así. Pero con sus ojillos entrecerrados ve más allá que muchos que se creen linces.
Es todo un personaje, y sobre todo un tipo estupendo, de esos que vale la pena no olvidarse nunca.
Ahora hasta me deja llamarlo "JAUME" con naturalidad, de crios decía que era un nombre de viejo... joder, como pasa el tiempo.
EL DIMONI

Pejiguera dijo...

Bueno, todos tenemos nuestras manías (lo digo por lo de Jaume, porque por lo de Chini es más comprensible), pero siempre ha sido un personaje muy peculiar. No sé si habré sabido transmitirlo así en el post, pero siempre le he tenido un cariño especial. La verdad es que, en el barrio, formábamos parte de una pandilla muy unida. Las madres aún se paran a hablar conmigo por la calle cuando me ven, pero la suya, Pepica, me comía a besos y se le saltaban las lágrimas cada vez que me la encontraba por San Pascual, o por el Puente de la Virgen. El paso del tiempo nos va robando poco a poco a las personas, pero los momentos quedan grabados para siempre. Podrán tirar las viejas casas y edificar otras nuevas, pero la costera siempre estará ahí, con nuestros recuerdos.