domingo, 30 de diciembre de 2007

Navidad, Navidad...

Los que me conocen saben que no soy partidario de los “Día de...” (del padre, de la madre, del maestro, etc.), que parecen haber sido ideados por aviesos comerciantes con el fin de incrementar sus ventas. Sin embargo, con la Navidad, siempre hago una excepción, aunque, eso sí, en casa vienen los Reyes Magos, los de toda la vida. Me resisto a caer en la tentación de recurrir a ese señor gordo de rojo que adelanta los regalos a la nochebuena. El romanticismo le ganó a lo práctico. En mi casa, de pequeño, siempre se montaba un arbolito –acorde al tamaño de la vivienda- y un belén, con su nacimiento, sus pastores, su río con patos y sus Reyes Magos cruzando el puente. Entre las figuras que salían en el Bonux por navidad, y las que íbamos comprando muy de tarde en tarde, reunimos un escenario de un tamaño respetable. Una semana antes, si no convencíamos a mi padre para que nos llevara a la playa a coger una bolsa de arena, buscábamos una obra cercana para proveérnosla, aunque fuese más basta y de peor calidad. En cuanto al árbol, era tan pequeño que mi madre lo guardaba plegado, envuelto en un periódico al principio y en una bolsa de plástico (de Simago, claro) después. Al año siguiente, lo sacaba de su envoltorio y emparejaba las ramas, que ya traían las bolas y otras figuras incorporadas, entre ellas un minúsculo Papá Noel que había traído mi tía Paquita desde Suiza (la primera vez que lo vimos, nos tuvo que explicar quién era) y que se pasaba todas las navidades de pie, en la base, junto al tronco. En la nochebuena, venían mi abuela materna y mi tía a cenar a casa. Casi siempre iba mi padre con el seiscientos a recogerlas, y yo me apuntaba por ayudar con el tocadiscos (de esos de maleta) y los discos de villancicos de Manolo Escobar y de los “Coros de los Niños de Bolullos de la Frontera”, o de la “Escolanía de Francolí de Llobregat”, que no me acuerdo muy bien. De una manera o de otra, después de cenar*, mi madre sacaba las pastas y la sidra, y mi hermana y yo las panderetas y, grandes y pequeños, competíamos cantando con los niños de donde fuesen y con el mismísimo Manolo Escobar, entre polvorones, mantecados, almendrados, peladillas, turrón duro y blando y murcianos rellenos de cabello de ángel. Hoy, siendo más los que nos juntamos, el tiempo nos ha hecho más descreídos (al menos a mí) y hemos perdido la chispa de esos momentos, aunque, al menos, seguimos reuniéndonos por nochebuena. Ah, ¡y sin poner la tele!

*En esa noche, mi madre, desde que tengo uso de razón, ha hecho una salsa de pollo con almendras con un aroma tan peculiar, que siempre la hemos llamado “salsa de nochebuena”. Parece mentira que una comida tan sencilla pueda oler –y saber- tan bien. Este año, por decisión de la mayoría, hemos cambiado el menú: mi mujer hizo unas carrilleras riquísimas, pero yo eché de menos mi “salsica”, ¿qué quieren que les diga?

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Lecturas

Ya acabé el Quijote. Y no lo digo con alivio, sino con algo de pena, que conste. En contra de la opinión de muchos, a mí me ha gustado más la primera parte que la segunda. Ésta me ha parecido más forzada, más “con prisas” que aquélla, seguramente obligada por el atrevimiento de Avellaneda. A pesar de eso, he encontrado en ella pasajes de una gran belleza, como éste, que ya les traje aquí no hace mucho; y aventuras más conseguidas y mejor trabajadas también, pero los protagonistas han perdido algo de la espontaneidad y frescura que tenían en la primera. Aparte de esto, los cuentos que Cervantes va intercalando dentro de la historia (estoy en el primer libro, por si no se han dado cuenta), que finalmente se van enlazando con ésta para acabar formando una sola, son de una exquisitez, en mi modesta opinión, difícilmente superable. En fin, un libro que, pese a su volumen, se lee fácil y rápidamente. Muy re-co-men-da-ble (¿oído Rafa?).

¿Y ahora qué voy a leer? Pues tengo varios cartuchos en la recámara, entre ellos dos del maestro Asimov: “Momentos estelares de la ciencia” (un aperitivillo de 148 páginas) y “La Alta Edad Media”. Para el final me dejaré “Las cruzadas vistas por los árabes”, de Amin Maalouf, que creo que me va a gustar. Además, cuento con que, en estas fechas de regalos y consumo irresponsable, alguno más caerá en mis manos, je, je, je. Ya les contaré.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Y ahora, un cuento

Como estamos en navidad, época tierna donde las haya, voy a atreverme con un pequeño cuento, esperando que les guste:


La madre

Marianín y Luisito eran mellizos. Ambos querían a su madre, algo natural en cualquier hijo, pero el primero llevaba su amor hasta extremos exagerados, rayanos en la locura. No se conformaba con llevar una foto suya en la cartera, o un tatuaje en el brazo, sino que encargó una pegatina con su imagen para ponerla en la luneta trasera del coche, en llamativos colores y con el lema “ser tu hijo, un orgullo”. No contento con eso, convenció a un primo suyo, orfebre, para que le confeccionara un pin en oro de 18 kilates con la silueta materna, para llevarla siempre en la solapa, cerca del corazón. La pobre mujer poco había podido hacer para corregir la conducta de su Marianín, pues murió cuando los niños comenzaban a dejar de serlo, pasando de asustar a las chicas persiguiéndolas, a fumar con ellas a escondidas en los rincones del barrio. El padre nunca quiso meter baza en ese asunto, pues bastante tenía con sus propios problemas y con sacar adelante a su menguada familia. El único que intentó -al principio- apelando a la sensatez, que su hermano dejase de hacer el payaso, fue Luisito. Lejos de amilanarse, el otro siempre le reprochaba que no amaba a su madre, que si la quisiese como debía ser, haría lo mismo que él y estaría orgulloso de ello. Finalmente, Luisito dejó de insistir en lo que vio era una batalla perdida, así que cuando tenían que ir juntos a alguna parte, en cuanto podía se apartaba prudentemente para no oír los exabruptos de su hermano, que curiosamente, siempre encontraba algún sarnacho que se le unía, o que, conociéndole, le azuzaba para reírse a su costa. Y no crean que el tiempo, que dicen da sabiduría, mejoró las cosas. Marianín, con los años fue haciéndose cada vez más intransigente, y arrogándose el papel de hermano mayor y maduro (había nacido unos minutos antes que Luisito), aprovechaba cualquier situación, fuese propicia o no, para menospreciarle: -“Mal hijo, tú nunca has querido a mamá”. Luisito, juiciosamente, le daba la espalda cabizbajo por no discutir, pues, en el fondo, le tenía mucho aprecio a su hermano. –“No hagáis caso al tío –decía a sus hijos-, siempre está bromeando”.


Moraleja.

Ya sé que esta historia les puede parecer absurda y sin sentido, pero cambien la palabra “madre” por “patria” o “España” y ya verán, ya...

Aprovecho para desearles unas buenas fiestas, y que lo peor que les pase en el nuevo año, sea como lo mejor que les ha pasado en éste que ahora acaba. ¡Salud para todos!

lunes, 17 de diciembre de 2007

Aniversarios

Así, como quien no quiere la cosa, tal día como hoy, pero hace justo un año, comencé a darles la tabarra en este bloc de notas digital. ¡Cómo pasa el tiempo! Si no recuerdan cuál fue la primera entrada, aquí les pongo un enlace. Como soy nuevo en esto, no sé si en estos aniversarios hay que hacer algún tipo de celebración. Infórmenme si se enteran de algo, pero me haré una cervecilla por si acaso.

Tal día como hoy también, pero hace unos cuantos años más -74 para ser exactos-, mi abuela María dio a luz al mayor de sus hijos, mi padre. Como no oye, no lo llamaré por teléfono, así que aprovecho para enviarle dos besos desde aquí. Espero que la brisa nocturna se los haga llegar, aunque, por si soplara de poniente, ya se los adelanté ayer en persona. Feliz cumpleaños, papá.

martes, 11 de diciembre de 2007

El Mercat Central

Los sábados por la mañana, me gusta ir al mercado con mi mujer y mi hijo. Disfruto del paseo entre carnes, frutas y verduras, saludando a algunos conocidos y “fentme la charraeta” con los placeros de los puestos en los que solemos comprar. Somos animales de costumbres y casi siempre vamos a los mismos sitios. Con los años hemos ido separando el grano de la paja y, finalmente, tenemos –creo- la selección de “paraetes” ideal. Además, aprovechamos luego para hacernos, una vez acabada la compra, la cervecilla y la consiguiente tertulia con los amigos en un bar cercano (lo mejor del fin de semana). Pues bien, volviendo al mercado, este pasado sábado encontramos en los puestos una especie de marca-libros, impresos a dos caras –en valenciano una y en castellano la opuesta-, con el horario especial de navidad. Me parecieron tan bonitos –y prácticos- que he creído conveniente reproducirlos aquí. Felicidades a quien corresponda.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Los "mantecaos" del Guingo

Cuando yo era pequeño, mi abuela -y en ocasiones también mi madre- hacía magdalenas, rollos y otras pastas en casa. Esas tardes, que recuerdo como algo muy especial, se trajinaba en la cocina entre grandes lebrillos -vidriados en tonos verdes y ocres- y aromas de huevo batido, canela y ralladura de limón. Aún las veo con los delantales de grueso algodón, arremangadas hasta los codos y enharinadas casi hasta la misma altura. Yo ayudaba en lo que podía, pero la mayor parte del tiempo la pasaba chupándome los dedos y mirando boquiabierto el ritual: desde la mezcla de ingredientes y posterior amasado, hasta el volcado en moldes. Otro de mis momentos favoritos, era –en el caso de los mantecados- cuando esparcían la masa y troquelábamos las figuras con los moldes de hojalata. Con el sobrante, mi abuela me dejaba improvisar figuras libres: lagartijas, conejos... que más tarde el horno se encargaba de deformar. El paso final era llevar las llandas* –andando, claro- al horno de Carmelo, que estaba –y aún está, con otro nombre- en el Paseo de los caídos. Cerca de las navidades, este trajín se multiplicaba por tres, pues se preparaban muchas más variedades -mantecados, murcianos, coquitos y almendrados- y cantidades, pues siempre había algún voluntarioso vecino que al grito de “¡che, quina oloreta mes bona! Qué esteu fent, mantecaos?”, asomaba la cabeza entre las cortinas de la cocina (la puerta de la calle siempre estaba abierta), auto-invitándose para cuando estuviesen acabados. Aparte de esto, también eran muy frecuentes las visitas familiares, que muy amablemente contribuían a que las pastas no se secasen en la despensa, ni el “vi dolçet” o el “mesclaet” se evaporasen. Se comía y se bebía sin pensar en colesteroles ni triglicéridos ni en ningún otro fantasma que amenazara la conciencia. Luego, si alguien dejaba este mundo, se preguntaba: “De qué ha mort fulanico? Las respuestas posibles eran: “De repent”. O “de mort natural”. O “de un síncope”. O “de una cosa roina”. Pero nunca se achacaba la muerte a ninguna de las plagas que asolan al hombre moderno (seguro que por desconocimiento, aunque los ilicitanos somos muy sabidos).

Cuando mi abuela dejó la vieja casa en la calle San Pascual, se acabaron las tardes de “pastar”, al menos por navidad. Mi madre siguió haciendo esporádicamente magdalenas, esta vez a menor escala y en el horno de butano de casa, pero acabó imponiéndose la practicidad –y la comodidad, creo yo- al "caserismo", lo que nos permitió descubrir las especialidades de los profesionales. Por ejemplo, los mantecados del Guingo, casi tan buenos –entonces- como los de mi abuela.


* La palabra llanda no aparece en el diccionario de la RAE. Aquí siempre se ha llamado así a las planchas de latón que se utilizan en las panaderías para hornear las pastas, o la coca por ejemplo. Pero también se llama así a las latas (de conserva, de aceite, o de lo que sea). Incluso se traduce también así como sinónimo de pesadez: -No me dones la llanda.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Los convites

Hace poco estuvimos en una boda. Se casó una de las hijas de mi buen amigo Antonio, y mientras dábamos una vuelta esperando a que llegara la hora de la cena, salió a la conversación el tema de los convites de antes. Esos de sillas plegables de madera, de mesas muy largas de aglomerado con manteles de papel. Sobre ellas, patatas fritas, olivas rellenas, almendras, jamón y queso, y aquellos pequeños bocadillos, envueltos en una fina servilleta de papel, que casi siempre eran de bambi, con jamón york, chorizo, salchichón, tortilla y atún con o sin tomate. Estos últimos eran los más fáciles de distinguir, pues al aceite empapaba el envoltorio, tornándolo transparente. Para beber, cerveza, Pepsi y Mirinda a gogó –o Crush, dependiendo del sitio o del presupuesto-. Nadie, que yo recuerde, bebía agua (ya que ibas a un convite, había que hacer gasto), y el vino estaba reservado a otro tipo de banquetes, de más postín. Al principio se celebraban en naves preparadas al efecto, o en otras del celebrante o de algún familiar cercano que, teniendo un uso totalmente distinto a diario, se adecuaban para ese fin ese día concreto. Luego se fueron trasladando a restaurantes con grandes salones, casi siempre de la periferia (El Peñascal, Rosita, etc.) que acabaron especializándose en estos menesteres, mejorando –supuestamente- los menús y las comodidades. Las familias más pequeñas, y sobre todo, con menos posibles, alquilaban a veces un local cerca de casa donde celebrar con los parientes y amigos el evento de turno (boda, comunión o bautizo), colaborando los más allegados en la preparación y en el servicio de las viandas, que pasaba a ser autoservicio una vez consumida la primera tanda. Cuando la fiesta acababa, bien avanzada la tarde, siempre se quedaba alguien para ayudar a recoger y limpiar. Luego, por la noche, grandes y pequeños caíamos en la cama rendidos, como si viniésemos de cavar mil hoyos, pero con una sonrisa en el corazón.