domingo, 2 de diciembre de 2007

Los convites

Hace poco estuvimos en una boda. Se casó una de las hijas de mi buen amigo Antonio, y mientras dábamos una vuelta esperando a que llegara la hora de la cena, salió a la conversación el tema de los convites de antes. Esos de sillas plegables de madera, de mesas muy largas de aglomerado con manteles de papel. Sobre ellas, patatas fritas, olivas rellenas, almendras, jamón y queso, y aquellos pequeños bocadillos, envueltos en una fina servilleta de papel, que casi siempre eran de bambi, con jamón york, chorizo, salchichón, tortilla y atún con o sin tomate. Estos últimos eran los más fáciles de distinguir, pues al aceite empapaba el envoltorio, tornándolo transparente. Para beber, cerveza, Pepsi y Mirinda a gogó –o Crush, dependiendo del sitio o del presupuesto-. Nadie, que yo recuerde, bebía agua (ya que ibas a un convite, había que hacer gasto), y el vino estaba reservado a otro tipo de banquetes, de más postín. Al principio se celebraban en naves preparadas al efecto, o en otras del celebrante o de algún familiar cercano que, teniendo un uso totalmente distinto a diario, se adecuaban para ese fin ese día concreto. Luego se fueron trasladando a restaurantes con grandes salones, casi siempre de la periferia (El Peñascal, Rosita, etc.) que acabaron especializándose en estos menesteres, mejorando –supuestamente- los menús y las comodidades. Las familias más pequeñas, y sobre todo, con menos posibles, alquilaban a veces un local cerca de casa donde celebrar con los parientes y amigos el evento de turno (boda, comunión o bautizo), colaborando los más allegados en la preparación y en el servicio de las viandas, que pasaba a ser autoservicio una vez consumida la primera tanda. Cuando la fiesta acababa, bien avanzada la tarde, siempre se quedaba alguien para ayudar a recoger y limpiar. Luego, por la noche, grandes y pequeños caíamos en la cama rendidos, como si viniésemos de cavar mil hoyos, pero con una sonrisa en el corazón.

No hay comentarios: