viernes, 7 de diciembre de 2007

Los "mantecaos" del Guingo

Cuando yo era pequeño, mi abuela -y en ocasiones también mi madre- hacía magdalenas, rollos y otras pastas en casa. Esas tardes, que recuerdo como algo muy especial, se trajinaba en la cocina entre grandes lebrillos -vidriados en tonos verdes y ocres- y aromas de huevo batido, canela y ralladura de limón. Aún las veo con los delantales de grueso algodón, arremangadas hasta los codos y enharinadas casi hasta la misma altura. Yo ayudaba en lo que podía, pero la mayor parte del tiempo la pasaba chupándome los dedos y mirando boquiabierto el ritual: desde la mezcla de ingredientes y posterior amasado, hasta el volcado en moldes. Otro de mis momentos favoritos, era –en el caso de los mantecados- cuando esparcían la masa y troquelábamos las figuras con los moldes de hojalata. Con el sobrante, mi abuela me dejaba improvisar figuras libres: lagartijas, conejos... que más tarde el horno se encargaba de deformar. El paso final era llevar las llandas* –andando, claro- al horno de Carmelo, que estaba –y aún está, con otro nombre- en el Paseo de los caídos. Cerca de las navidades, este trajín se multiplicaba por tres, pues se preparaban muchas más variedades -mantecados, murcianos, coquitos y almendrados- y cantidades, pues siempre había algún voluntarioso vecino que al grito de “¡che, quina oloreta mes bona! Qué esteu fent, mantecaos?”, asomaba la cabeza entre las cortinas de la cocina (la puerta de la calle siempre estaba abierta), auto-invitándose para cuando estuviesen acabados. Aparte de esto, también eran muy frecuentes las visitas familiares, que muy amablemente contribuían a que las pastas no se secasen en la despensa, ni el “vi dolçet” o el “mesclaet” se evaporasen. Se comía y se bebía sin pensar en colesteroles ni triglicéridos ni en ningún otro fantasma que amenazara la conciencia. Luego, si alguien dejaba este mundo, se preguntaba: “De qué ha mort fulanico? Las respuestas posibles eran: “De repent”. O “de mort natural”. O “de un síncope”. O “de una cosa roina”. Pero nunca se achacaba la muerte a ninguna de las plagas que asolan al hombre moderno (seguro que por desconocimiento, aunque los ilicitanos somos muy sabidos).

Cuando mi abuela dejó la vieja casa en la calle San Pascual, se acabaron las tardes de “pastar”, al menos por navidad. Mi madre siguió haciendo esporádicamente magdalenas, esta vez a menor escala y en el horno de butano de casa, pero acabó imponiéndose la practicidad –y la comodidad, creo yo- al "caserismo", lo que nos permitió descubrir las especialidades de los profesionales. Por ejemplo, los mantecados del Guingo, casi tan buenos –entonces- como los de mi abuela.


* La palabra llanda no aparece en el diccionario de la RAE. Aquí siempre se ha llamado así a las planchas de latón que se utilizan en las panaderías para hornear las pastas, o la coca por ejemplo. Pero también se llama así a las latas (de conserva, de aceite, o de lo que sea). Incluso se traduce también así como sinónimo de pesadez: -No me dones la llanda.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

També sèrbia, a banda del que el teu comentes, perquè les famílies, sogres i nores, veïnes s'ajuntaren per a fer "els coquetes" de nadal, en el meu cas, el Raval, al forn de Filomeno.
En este forn record que per a encendre el foc s'usaven “cascabots” secs, que si no portaves atenció et podies clavar una punxa que dolia quantitat.
“Cascabots” és la part mes pròxima al tronc de la palmera, la resta, la palma, s'utilitzava per a fer les graneres o altres utensilis, de la palmera s'utilitzava tot, la palma els dàtils els pinyons…
També servia el forn de Filomeno per a, que de vegada en quant es portaven per a fer les “rostioras” menjar que se donava en dates assenyalades.
Què són les mantegades del Guingo?
Salutacions cordials,
Pasqual

Pejiguera dijo...

Bona nit, amic Pasqual.

Creo que Filomeno se hizo famoso en el pueblo por la coca que hacía, aunque imagino que en todos los hornos, había siempre alguna vecina con las llandas de pastas, o de "rostit" (cebolla, berenjena y tomate, que luego se hacen tiras y se sirven fríos, con abundante aceite de oliva y orégano al gusto). Las rostioras imagino que serán las de pollo con patatas, tomate y piñones. Esto me trae a la memoria alguna tarde partiendo estos últimos con mi abuela, para ponerlos en las pelotas del cocido de navidad.
El Guingo era un horno que había en la carretera de Crevillent, hoy Antonio Machado, muy cerca de la Armería Andrés. Las pastas que allí hacian, eran casi tan buenas como las de casa. Los "mantecaos" del Guingo eran tan famosos -al menos en mi barrio- como la coca de Filomeno, o las magdalenas de Sandalio, o el pan de Carmelo, o...

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