lunes, 24 de diciembre de 2007

Y ahora, un cuento

Como estamos en navidad, época tierna donde las haya, voy a atreverme con un pequeño cuento, esperando que les guste:


La madre

Marianín y Luisito eran mellizos. Ambos querían a su madre, algo natural en cualquier hijo, pero el primero llevaba su amor hasta extremos exagerados, rayanos en la locura. No se conformaba con llevar una foto suya en la cartera, o un tatuaje en el brazo, sino que encargó una pegatina con su imagen para ponerla en la luneta trasera del coche, en llamativos colores y con el lema “ser tu hijo, un orgullo”. No contento con eso, convenció a un primo suyo, orfebre, para que le confeccionara un pin en oro de 18 kilates con la silueta materna, para llevarla siempre en la solapa, cerca del corazón. La pobre mujer poco había podido hacer para corregir la conducta de su Marianín, pues murió cuando los niños comenzaban a dejar de serlo, pasando de asustar a las chicas persiguiéndolas, a fumar con ellas a escondidas en los rincones del barrio. El padre nunca quiso meter baza en ese asunto, pues bastante tenía con sus propios problemas y con sacar adelante a su menguada familia. El único que intentó -al principio- apelando a la sensatez, que su hermano dejase de hacer el payaso, fue Luisito. Lejos de amilanarse, el otro siempre le reprochaba que no amaba a su madre, que si la quisiese como debía ser, haría lo mismo que él y estaría orgulloso de ello. Finalmente, Luisito dejó de insistir en lo que vio era una batalla perdida, así que cuando tenían que ir juntos a alguna parte, en cuanto podía se apartaba prudentemente para no oír los exabruptos de su hermano, que curiosamente, siempre encontraba algún sarnacho que se le unía, o que, conociéndole, le azuzaba para reírse a su costa. Y no crean que el tiempo, que dicen da sabiduría, mejoró las cosas. Marianín, con los años fue haciéndose cada vez más intransigente, y arrogándose el papel de hermano mayor y maduro (había nacido unos minutos antes que Luisito), aprovechaba cualquier situación, fuese propicia o no, para menospreciarle: -“Mal hijo, tú nunca has querido a mamá”. Luisito, juiciosamente, le daba la espalda cabizbajo por no discutir, pues, en el fondo, le tenía mucho aprecio a su hermano. –“No hagáis caso al tío –decía a sus hijos-, siempre está bromeando”.


Moraleja.

Ya sé que esta historia les puede parecer absurda y sin sentido, pero cambien la palabra “madre” por “patria” o “España” y ya verán, ya...

Aprovecho para desearles unas buenas fiestas, y que lo peor que les pase en el nuevo año, sea como lo mejor que les ha pasado en éste que ahora acaba. ¡Salud para todos!

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