miércoles, 27 de febrero de 2008

Los consorcios

¿Se acuerdan de los consorcios? ¿Aquellos cartones con un número que eran como un plan de ahorro que ofrecían algunos comercios? La cosa funcionaba así: el cliente iba aportando a su comodidad -aunque lo normal era mensualmente- una modesta suma de dinero al comerciante, quien lo anotaba en un libro de registro y en un cartón que devolvía al interesado, no sin haber cortado antes el cupón o el número correspondiente a la entrega. No recuerdo muy bien si los cartones tenían una cantidad prefijada o ésta la acordaban los intervinientes. El caso es que cuando se alcanzaba el total previsto, el cliente escogía el producto o productos que le interesaran por un valor igual al conseguido. Si faltaba algo se abonaba en el momento, y si sobraba, se comenzaba un nuevo cartón. El sistema se utilizaba sobre todo en joyerías, pero era muy común también en tiendas de ropa o de menaje (en Elche, Valentín era uno de los reyes del consorcio). Además, para motivar al cliente, en los cartones figuraba un número de tres cifras, que si coincidía con el premiado en el sorteo de la ONCE –cosa bastante improbable, por cierto-, se consideraban éstos como pagados. Mi madre llevaba dos en danza. Uno con un joyero del barrio, que simultaneaba este negocio con una mercería que montó cerca de San Agatángelo, y otro con un Bazar que había en Reina Victoria, junto a la pastelería Miralles. Casualmente, los dos se apedillaban Selva, así que cuando mi madre me enviaba a pagar los consorcios, me pasaba la tarde como los exploradores: de Selva en Selva.

domingo, 24 de febrero de 2008

Va de anuncios

¿En qué estarán pensando los creativos publicitarios cuando ponen en las ondas algunos anuncios? Salvo muy contadas excepciones, la gran mayoría son sosos, cansinos y faltos de imaginación, pero ¿no les ha pasado que de vez en cuando aparece uno aún peor, que resulta hasta repulsivo? A mí sí. El spot más repelente de la tele, en mi opinión, es uno de hipotecas del BBVA. Cuando salió por primera vez, el año pasado, la protagonista, con flequillo de vasca (yo llamo así a los que están cortados casi en el arranque del pelo, dejando cuatro dedos de frente a la vista), estaba “sin doblar”, y la voz daba repelús (a mí, mucho repelús). La culpa, evidentemente, no es de la chica, sino de quien la ha contratado. Lo comenté cenando en casa, con unos amigos, y como si me hubiesen oído los publicistas, al poco doblaron las voces de los protagonistas, con lo cual, uno de los problemas –el más chirriante- quedó superado. Tras un lapso de descanso, ahora lo han vuelto a rescatar (por lo visto, este año los bancos ganan poco dinero y están aplicando una política de austeridad, aprovechando anuncios ya emitidos), pero adaptando el diálogo a las circunstancias actuales. Como por lo visto pensaron que con el doblaje había perdido “chicha”, decidieron poner una guinda al pastel. Después de explicar lo mal que lo estaban pasando (mi amiga y su pareja) con la hipoteca de otro banco, llega un momento en el que dice: “...hasta que nos enteremos de que en el BBVA...”. Sin palabras.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Deja el coche... y coge el carro (2ª parte)

Como ya dije en la primera parte, el caballo me respetaba y obedecía, no así a mi mujer, a la que llegó a pisar en dos ocasiones, así como sin querer. De todos modos, era muy caprichoso, y si veía alguna de sus hierbas favoritas en el borde del camino, me costaba varios gritos y tirones sacarlo de allí. Cuando llegábamos a las masías, lo desvestíamos y alguien de la casa se lo llevaba al establo, donde le daban los cuidados que necesitara. A la hora de dormir, nosotros lo hacíamos en el carro, que dejábamos aparcado, bien junto a algún árbol, bien en un cobertizo, o bien al aire libre, pero siempre junto a las casas. Las cenas y desayunos estaban incluidos en el precio, pero si queríamos algo extra, se pagaba aparte, por ejemplo, una cervecilla al atardecer, después de ducharnos, mientras leíamos un libro junto a la piscina. Si en Cataluña de por sí ya se come bien, pueden imaginar cómo se hace en las masías, donde casi todo es casero y 99% natural. En casi todas cenamos de lo mismo que estaban preparándose los dueños, pero si queríamos cambiar el menú, podíamos hacerlo sin problemas. En una de ellas, probamos las mejores croquetas de jamón que hemos comido hasta hoy. La dueña, mecánica dental, lo dejó todo para irse al campo a criar cerdos. Excelente cocinera y gran habladora, nos deleitó durante la cena con algunas historias locales. En otra, nos invitaron a acompañarles a recibir a unos peregrinos belgas que iban camino de Montserrat. La parroquia había organizado una pequeña fiesta de bienvenida, en la que cada masía había preparado alguna vianda de cosecha propia para agasajar a los romeros. Para corresponder, éstos prepararon un brebaje típico de su país, que pronto les animó a cantar y bailar al son de un acordeón y un violín que aparecieron como por arte de magia. Allí pude entablar conversación con un sexagenario flamenco, quien me contó que era repetidor, pues ya había venido otras veces, y que le gustaba mucho nuestro país. También me dijo que en el suyo hay mucha tradición romera. De hecho, a muchos delincuentes juveniles, les ofrecen, como alternativa al reformatorio, hacer el Camino de Santiago, con lo que muchos regresan no sólo rehabilitados –según él-, sino con unas ganas locas de colaborar y de ser útiles a la sociedad. Sea cierto o no, me pareció una buenísima idea.

Antes de la salida (foto cedida por mi hijo)

Otra anécdota que no puedo dejar de contarles, ya para terminar, fue que Pintxo consiguió escapar, por fin, una noche, mientras dormíamos. Fue en la única en que no pernoctó en el establo de una masía, sino que tuve que atarlo en un cobertizo en las afueras de un pueblo perdido en el monte. El “amarradero” no me pareció para nada seguro, pues era un simple hierro clavado en la pared, pero a falta de otra cosa, lo até lo mejor que pude, dejando en la esquina opuesta los arreos y sus raciones de agua y comida para el día siguiente. En mitad de la noche oí a un caballo corretear cerca de la caravana, pero me pudo el sueño y ni siquiera me asomé a ver si era él o algún primo suyo que había venido de visita. A la mañana siguiente, un trozo de cuerda roída, un cubo de comida vacío y una garrafa de agua pisoteada fue todo lo que encontré en el lugar donde debería estar el animal. Llamé al dueño por el móvil, y una hora más tarde apareció llevando de las riendas a un Pintxo dócil y cabizbajo, que me miraba de reojo, como el niño que sabe que ha hecho algo malo y espera un castigo. Pero no le regañé. Realmente, apenas le dirigí la palabra, pero ese día, el caballo no se apartó del camino ni una sola vez a mordisquear esos matojos de avena que tanto le gustaban.

domingo, 17 de febrero de 2008

Otra vez en El Pinet

El pasado lunes les hablaba de una visita reciente al Pinet, uno de los puntos aún “insaturados” del litoral ilicitano. Si bien el Ayuntamiento, obligado por la Ley de Costas –supongo- ha tomado algunas medidas impopulares, como el cierre y desmantelamiento del camping y otras construcciones en primera línea de playa, pienso que ello no traerá más que beneficios desde el punto de vista medioambiental, devolviendo a la naturaleza lo que le pertenece. Por otra parte, la Generalitat ha “domesticado” las dunas, restringiendo el paso a caminos delimitados por rústicas barandas de madera, haciendo un recorrido educativo, con miradores y paneles informativos, como ya adelanté brevemente en el ya citado post.

Pasarela entre las dunas, y al fondo, torre de observación

Me quejaba en él del impacto negativo sufrido por la avifauna –la más visible y audible- de la zona a raíz de esta adecuación o restricción, como quieran llamarla. Pues bien, luego comprobé que todas las fotos recientes que tengo de avocetas, charranes, cigüeñuelas, chorlitejos, flamencos, etc. hechas allí, están tomadas en abril y mayo, lo que me hizo dudar si no vendrían más tarde estas poblaciones a asentarse temporalmente en el lugar. Yo diría que por estas fechas ya estaba la zona rebosante de vida, pero no lo puedo afirmar con total seguridad. La naturaleza cambia mucho y muy rápidamente cuando de especies migratorias hablamos. Para corroborar esto, les diré que el pasado domingo estuve otra vez en el Clot de Galvañ*, después de haberlo visitado 15 días antes. Si entonces había una gran población de cerceta común, conviviendo pacíficamente con otra similar de gallinetas, en esta segunda ocasión sólo pude ver a estas últimas, junto con fochas, algún calamón despistado y un bonito rascón, a quien aún no tenía el gusto de conocer fuera de las guías. Lo que quiero decir con esto, es que si sólo hubiese hecho esta visita, habría dicho que la colonia de cercetas que otros años había visto en el Clot, había desaparecido, cosa totalmente incierta. Hace muchos años, un amigo también interesado en el tema y yo, visitábamos semanalmente nuestros lugares favoritos de avistamiento, con la principal finalidad de obtener alguna buena fotografía con el material de que disponíamos entonces, (bastante cutrecillo, por cierto, pero acorde a nuestras posibilidades económicas). Aunque hace mucho tiempo de eso, no recordaba cambios tan bruscos en la población, ni en la llegada, ni en la partida. Pero los años no pasan en balde, y puede que la memoria me juegue malas pasadas...

Panorama desde la torre de observación


* De esta visita les hablaré más ampliamente en otro post, con sus fotos y todo ¿vale?

jueves, 14 de febrero de 2008

Calendario: Febrero

En la imagen de este mes también aparecen –cómo no- palmeras, pero los que conocen Elche ya saben que es difícil hacer fotos aquí sin que se deje ver alguna. Casualmente, ésta está hecha también en febrero, pero en el de hace tres años. Estaba desayunando antes de irme al trabajo cuando vi ese “pedazo” de arco iris sobre el palmeral. Cogí rápidamente la cámara y registré el momento para las generaciones venideras, que, al paso que vamos, posiblemente no vean más nubes, lluvia y mucho menos arco iris, a menos que salgan al extranjero o pongan la televisión (esto suponiendo que el primo del Señor de los Hilillos, o él mismo, no desenmascare antes a los artífices del bulo que, según él, anda corriendo por ahí sobre el cambio climático).


lunes, 11 de febrero de 2008

El Pinet

Hace un par de domingos estuve en El Pinet, donde han hecho, en mi opinión, un gran estropicio (ecológicamente hablando). Lo han dejado muy bonito, con pasarelas de madera, miradores a varios niveles de altura, etc., pero han espantado a todos “los bichos”. La gran población que había de charranes, avocetas, chorlitejos y cigüeñuelas, que constituían un espectáculo ornitológico de primer orden, ha desaparecido. Les han acondicionado las charcas, han hecho nuevas zonas no inundadas para hacerles la nidificación más fácil y segura, pero lo único que han conseguido ha sido espantarlas hacia otras zonas más tranquilas. El año pasado hicimos una visita por semana santa, cuando las obras iban por la mitad, y la zona, rebosante de vida un año antes, estaba totalmente abandonada por las aves. Esperaba que éste hubieran cambiado de idea, pero sólo vimos dos o tres cigüeñuelas despistadas. Y eso que realmente, el circuito aún no está terminado ni abierto al público, pues hay unas barreras provisionales puestas para que no entre la gente (que, por cierto, se las salta por el forro, yo el primero). Seguramente estarán esperando a que, ahora que vienen elecciones, algún pajarraco de más altos vuelos lo inaugure oficialmente. En fin, que han hecho un cine moderno, con butacas comodísimas, aire acondicionado, pantalla gigante, pero no hay películas que proyectar. Para que vean. Seguiremos probando, a ver...

Una de las pasarelas entre dunas, abierta hacia el Mediterráneo

sábado, 9 de febrero de 2008

Deja el coche... y coge el carro

Hace unos pocos años, en el verano del 2003, a falta de dos semanas para las vacaciones, aún no sabíamos qué íbamos a hacer. Otras veces hemos tenido algo de incertidumbre, pero ese año íbamos más despistados que nunca. En unas páginas de publicidad de Turismo de la Generalitat de Catalunya que encontré en una revista, hubo un recuadrito cuyo encabezado llamó inmediatamente mi atención: “Deja el coche y coge el carro” ¿Esto qué es? me pregunté. Pues tal y como rezaba el título, la oferta consistía en eso, en hacer un recorrido en carro por la Serra de Castelltallat, en la provincia de Barcelona, yendo de masía en masía, con la posibilidad de hacer acopio de provisiones en las mismas y uso de los servicios (duchas, aseos e incluso piscinas) que tenían acondicionados a tal fin. Nos pareció una propuesta interesante y, ni cortos ni perezosos, nos presentamos allí dispuestos a hacer un recorrido de una semana entre pinos y carrascas. Pese a haber llamado antes, cuando llegamos no se lo podían creer. Por lo visto, fuimos los primeros en alquilar toda una semana, cuando lo habitual era fines de semana y puentes. Uno de los hijos pequeños me preguntó si nos gustaban mucho los caballos, y cuando le dije que era la primera vez que íbamos a tratar con uno, me miró como si acabara de bajar de un ovni. Los carros estaban preparados para dormir y cocinar en ellos, mientras que la tracción estaba confiada a caballos de raza bretona, enormes y musculosos. El que nos tocó a nosotros era algo nerviosillo y caprichoso, además de bastante cabroncete. Se llamaba Pintxo y, como todos los animales, sabía más que “las ratas colorás” como decimos por aquí. Tras un breve curso de 10 minutos de aparejo y enganche del animal y viceversa, el encargado nos acompañó durante un trecho en la subida, para ponernos al corriente sobre los pormenores del manejo de carro y mastodonte (de pie, mi cabeza quedaba a la altura de su grupa. Era muy parecido al que está con el dueño en la foto de abajo). A los animales, hay que enseñarles lo antes posible quién es el que manda -a ser posible sin violencia-, pues como barrunten el mínimo atisbo de debilidad o de temor, se harán los amos de la situación. El mayoral, antes de dejarnos solos, nos advirtió que le atásemos bien en las comidas (había que soltarlo en cada parada larga), pues tenía una especial habilidad para deshacer un gran número de nudos. Ese mediodía, lo até lo mejor que pude y le di su ración de comida y agua fresca. Mientras comíamos no le quité ojo de encima, llamándole la atención al menor intento de acercar los dientes a la cuerda. A la hora de la siesta, me tumbé junto al carromato, pero en un lugar desde donde pudiera verlo. En cuanto cerraba los ojos, el caballo comenzaba sus trabajos de liberación, haciendo caso omiso de los gritos de mi mujer, pero en cuanto me veía abrirlos, paraba en seco y miraba hacia otro lado, o pateaba el suelo nerviosamente, disimulando, igual que un niño cogido en una travesura. Buena señal. Más o menos, me había hecho con él.

Continuará...

jueves, 7 de febrero de 2008

La avoceta (recurvirostra avosetta)

Retomando el tema de la avifauna local, que inauguré hace ya unos meses con la cerceta común, hoy les voy a hablar de la avoceta (recurvirostra avosetta). Esta bonita zancuda, de más o menos el tamaño de una paloma, es el símbolo de la Royal Society for the Protection of Birds –el equivalente británico de la Sociedad Española de Ornitología-. Suele anidar en colonias grandes y ruidosas, si bien algo dispersas. Casi siempre, en esa época la encontraremos en compañía de charranes, chorlitejos y otras especies sociales de aguas someras y salobres. Para la puesta no se complica mucho la vida: hace un pequeño agujero, a veces revestido con hierba, donde deposita 4 huevos de color tierra moteados de negro. Si alguna vez paseando por alguna zona húmeda ve a algunas de ellas haciendo acrobacias en el aire y chillando como locas cerca de usted, y/o tal vez a otra cojeando, con las alas abiertas rozando el agua y la cabeza agachada como si estuviera enferma, tenga por seguro que están tratando de llamar su atención porque se encuentra demasiado cerca de su nido o de sus crías, así que aléjese cuanto antes a una distancia más prudente y disfrute del espectáculo con ayuda óptica. Unos prismáticos de 8 aumentos suelen ser más que suficientes. Con ellos descubrirá que el pico curvado, que de lado parece finísimo, es ancho visto desde arriba. Con esta “herramienta”, efectúa a cada paso un barrido lateral, igual al movimiento de siega, con el que se procura el alimento admirablemente.

lunes, 4 de febrero de 2008

Correo del Lejano Oriente

Ayer viernes* recibí una postal desde China. ¿Recuerdan que ya les dije que Aimeric, uno de los hijos de mi primo Gilbert, se iba a estudiar a Xian? Pues su madre ha ido unos días a visitarlo y desde allí me envió esta postal, con los famosos guerreros de terracota (gracias desde aquí, Isabelle, por acordarte de mí). Como no he visto por ninguna parte que ponga “prohibida su reproducción” (y si lo pone está en chino y no lo entiendo), aquí se la incluyo para que la vean. De nada.

¡Ay, como m
e gustaría ir al país de Tripitaka!

* No es un error. Escribí este post el sábado pasado, pero he estado sin poder acceder a Internet todo el fin de semana. ¡Che, y dicen que esto es fácil!

viernes, 1 de febrero de 2008

"El Simago"

De nombre Simago, y Prisunic de apellido, se presentó en nuestra ciudad en la primera mitad de los 70. Construidos en el solar del antiguo Cine Victoria, fueron los primeros “Grandes Almacenes” de Elche (hoy hay allí un Hiperber). Pronto se convirtió en un reto para los chavales el ir a “afanar” algo, burlando la vigilancia de las atentas y guapas señoritas de uniforme que, pasillo sí pasillo no, no nos quitaban ojo de encima. Que estábamos montando el belén en el colegio y nos faltaban pastores... pues al Simago, también llamado “Si-mango” por los precoces émulos de Caco. Aparte de estas menudencias (siempre hubo más ruido que nueces), el nuevo Súper se hizo famoso por poner al alcance de los ilicitanos las primeras escaleras mecánicas, que subían desde el sótano, donde estaba el supermercado en sí, hasta la primera planta, donde encontrábamos el menaje, ropa, bazar, perfumería, juguetes, etc. También fueron legendarias sus palomitas, que se fabricaban en la misma puerta, a la vista de todos. Era un ritual ver cómo la dependienta de turno iba echando los ingredientes en la máquina: el maíz, la sal, el cacito de aceite, para después de unos breves minutos ver salir la cascada de palomitas que se amontonaba contra los cristales. Por un duro, te daban una bolsa de respetable tamaño, que fue motivo de inspiración para algún anónimo poeta urbano, quien puso letra a la famosa canción instrumental de Los Pekenikes: “Palomitas de maíz, palomitas de maíz, en Simago por un duro una bolsa para ti...” Otra de las novedades que trajo a la ciudad, la supuso la invasión de las bolsas de plástico serigrafiadas con el logo de la casa. Era raro ver a alguien por la calle sin una bolsa de Simago a cuestas. También trajo la revolución en las costumbres de muchas familias ilicitanas, que pasaron de hacer sus compras en distintos comercios o en el mercado, a hacerlo casi exclusivamente allí. En mi casa concretamente, los viernes por la tarde o los sábados por la mañana íbamos a hacer la compra general, dejando para el pequeño comercio las necesidades de última hora y los olvidos. Fue el principio de la desaparición de las tiendas de barrio, que se vieron sorprendidas por esta primera ola, prácticamente inofensiva, comparada con el tsunami que les vendría luego encima...