miércoles, 20 de febrero de 2008

Deja el coche... y coge el carro (2ª parte)

Como ya dije en la primera parte, el caballo me respetaba y obedecía, no así a mi mujer, a la que llegó a pisar en dos ocasiones, así como sin querer. De todos modos, era muy caprichoso, y si veía alguna de sus hierbas favoritas en el borde del camino, me costaba varios gritos y tirones sacarlo de allí. Cuando llegábamos a las masías, lo desvestíamos y alguien de la casa se lo llevaba al establo, donde le daban los cuidados que necesitara. A la hora de dormir, nosotros lo hacíamos en el carro, que dejábamos aparcado, bien junto a algún árbol, bien en un cobertizo, o bien al aire libre, pero siempre junto a las casas. Las cenas y desayunos estaban incluidos en el precio, pero si queríamos algo extra, se pagaba aparte, por ejemplo, una cervecilla al atardecer, después de ducharnos, mientras leíamos un libro junto a la piscina. Si en Cataluña de por sí ya se come bien, pueden imaginar cómo se hace en las masías, donde casi todo es casero y 99% natural. En casi todas cenamos de lo mismo que estaban preparándose los dueños, pero si queríamos cambiar el menú, podíamos hacerlo sin problemas. En una de ellas, probamos las mejores croquetas de jamón que hemos comido hasta hoy. La dueña, mecánica dental, lo dejó todo para irse al campo a criar cerdos. Excelente cocinera y gran habladora, nos deleitó durante la cena con algunas historias locales. En otra, nos invitaron a acompañarles a recibir a unos peregrinos belgas que iban camino de Montserrat. La parroquia había organizado una pequeña fiesta de bienvenida, en la que cada masía había preparado alguna vianda de cosecha propia para agasajar a los romeros. Para corresponder, éstos prepararon un brebaje típico de su país, que pronto les animó a cantar y bailar al son de un acordeón y un violín que aparecieron como por arte de magia. Allí pude entablar conversación con un sexagenario flamenco, quien me contó que era repetidor, pues ya había venido otras veces, y que le gustaba mucho nuestro país. También me dijo que en el suyo hay mucha tradición romera. De hecho, a muchos delincuentes juveniles, les ofrecen, como alternativa al reformatorio, hacer el Camino de Santiago, con lo que muchos regresan no sólo rehabilitados –según él-, sino con unas ganas locas de colaborar y de ser útiles a la sociedad. Sea cierto o no, me pareció una buenísima idea.

Antes de la salida (foto cedida por mi hijo)

Otra anécdota que no puedo dejar de contarles, ya para terminar, fue que Pintxo consiguió escapar, por fin, una noche, mientras dormíamos. Fue en la única en que no pernoctó en el establo de una masía, sino que tuve que atarlo en un cobertizo en las afueras de un pueblo perdido en el monte. El “amarradero” no me pareció para nada seguro, pues era un simple hierro clavado en la pared, pero a falta de otra cosa, lo até lo mejor que pude, dejando en la esquina opuesta los arreos y sus raciones de agua y comida para el día siguiente. En mitad de la noche oí a un caballo corretear cerca de la caravana, pero me pudo el sueño y ni siquiera me asomé a ver si era él o algún primo suyo que había venido de visita. A la mañana siguiente, un trozo de cuerda roída, un cubo de comida vacío y una garrafa de agua pisoteada fue todo lo que encontré en el lugar donde debería estar el animal. Llamé al dueño por el móvil, y una hora más tarde apareció llevando de las riendas a un Pintxo dócil y cabizbajo, que me miraba de reojo, como el niño que sabe que ha hecho algo malo y espera un castigo. Pero no le regañé. Realmente, apenas le dirigí la palabra, pero ese día, el caballo no se apartó del camino ni una sola vez a mordisquear esos matojos de avena que tanto le gustaban.

1 comentario:

Pepin dijo...

jajaja, eso era verdad le tenia una mania el caballo a vicenta jajajaja