sábado, 9 de febrero de 2008

Deja el coche... y coge el carro

Hace unos pocos años, en el verano del 2003, a falta de dos semanas para las vacaciones, aún no sabíamos qué íbamos a hacer. Otras veces hemos tenido algo de incertidumbre, pero ese año íbamos más despistados que nunca. En unas páginas de publicidad de Turismo de la Generalitat de Catalunya que encontré en una revista, hubo un recuadrito cuyo encabezado llamó inmediatamente mi atención: “Deja el coche y coge el carro” ¿Esto qué es? me pregunté. Pues tal y como rezaba el título, la oferta consistía en eso, en hacer un recorrido en carro por la Serra de Castelltallat, en la provincia de Barcelona, yendo de masía en masía, con la posibilidad de hacer acopio de provisiones en las mismas y uso de los servicios (duchas, aseos e incluso piscinas) que tenían acondicionados a tal fin. Nos pareció una propuesta interesante y, ni cortos ni perezosos, nos presentamos allí dispuestos a hacer un recorrido de una semana entre pinos y carrascas. Pese a haber llamado antes, cuando llegamos no se lo podían creer. Por lo visto, fuimos los primeros en alquilar toda una semana, cuando lo habitual era fines de semana y puentes. Uno de los hijos pequeños me preguntó si nos gustaban mucho los caballos, y cuando le dije que era la primera vez que íbamos a tratar con uno, me miró como si acabara de bajar de un ovni. Los carros estaban preparados para dormir y cocinar en ellos, mientras que la tracción estaba confiada a caballos de raza bretona, enormes y musculosos. El que nos tocó a nosotros era algo nerviosillo y caprichoso, además de bastante cabroncete. Se llamaba Pintxo y, como todos los animales, sabía más que “las ratas colorás” como decimos por aquí. Tras un breve curso de 10 minutos de aparejo y enganche del animal y viceversa, el encargado nos acompañó durante un trecho en la subida, para ponernos al corriente sobre los pormenores del manejo de carro y mastodonte (de pie, mi cabeza quedaba a la altura de su grupa. Era muy parecido al que está con el dueño en la foto de abajo). A los animales, hay que enseñarles lo antes posible quién es el que manda -a ser posible sin violencia-, pues como barrunten el mínimo atisbo de debilidad o de temor, se harán los amos de la situación. El mayoral, antes de dejarnos solos, nos advirtió que le atásemos bien en las comidas (había que soltarlo en cada parada larga), pues tenía una especial habilidad para deshacer un gran número de nudos. Ese mediodía, lo até lo mejor que pude y le di su ración de comida y agua fresca. Mientras comíamos no le quité ojo de encima, llamándole la atención al menor intento de acercar los dientes a la cuerda. A la hora de la siesta, me tumbé junto al carromato, pero en un lugar desde donde pudiera verlo. En cuanto cerraba los ojos, el caballo comenzaba sus trabajos de liberación, haciendo caso omiso de los gritos de mi mujer, pero en cuanto me veía abrirlos, paraba en seco y miraba hacia otro lado, o pateaba el suelo nerviosamente, disimulando, igual que un niño cogido en una travesura. Buena señal. Más o menos, me había hecho con él.

Continuará...

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