miércoles, 5 de marzo de 2008

Los Gordos

Ya les hablé aquí, si bien de pasada, de Vicenta y Salborico (Los Gordos), los tenderos de mi barrio. Era la suya una casa-tienda, es decir, la entrada, bastante grande, se había adecuado para el negocio, y por un espacio que había detrás del mostrador, cerrado con una cortina de gruesa lona blanca y verde, se accedía a su casa. En verano, cuando apretaba el calor, la cortina estaba abierta para que corriera mejor el aire, y si uno se colocaba junto a los sacos de legumbres, que se vendían al peso, se veía perfectamente el comedor y el patio. Sobre el mostrador, que recuerdo altísimo, la báscula y un mazo de papel de estraza, para envolver las cosas. Lentejas, garbanzos y habichuelas, como dije antes, se vendían a granel. Salborico salía de detrás del mostrador y con un librador iba llenando la bolsa de papel (las de plástico aún tardarían un tiempo en generalizarse) o el cartucho que previamente había hecho con un rápido movimiento de manos. Además podíamos encontrar: plátanos en rama, “tonyina sorra”, patatas, cebollas, sardinas de bota, botes de conserva (llandas de atún, de anchoas, de mejillones, de berberechos...), pan, aceite, cerveza, vino, coñac, pero también papel higiénico (del oso o del elefante, que competían en dureza), ristras de estropajos, lejía (en aquellas pringosas botellas verdes con tapón rojo), jabón lagarto (que ahora resulta que es de Marsella), velas, cajitas de palomillas para el día de Todos los Santos, cerillas con el rabito de papel encerado... Y para los más pequeños, chicles Nina, Dunkin, Cheiw o Comando (estos últimos eran de estraite) , pipas Carancha (o de las otras, tan malas que hasta olvidé el nombre, que venían en unas bolsas opacas de color blanco, con pequeñas estampas adhesivas. Si llenabas el álbum te daban un balón de reglamento, creo), kikos, sidral, bolas rellenas de chicle, minúsculos pero riquísimos caramelos de nata, pastillas de leche de burra (no sé de que eran, pero estaban buenas)... Y ahora que nombro la leche, me vienen a la memoria aquellas botellas de RAM, anchas y sin apenas cuello, con el tapón de chapa que se clavaba sin piedad en mis dedos cuando volvía de la tienda con una en cada mano.

Ya hace tiempo que desaparecieron de las ciudades este tipo de comercios, y para llenar su hueco y el servicio que prestaban, cercano y casi continuo, tuvimos que inventar los 24 horas. Pero si quieren hacerse una idea mejor del aspecto que podían tener, aún quedan en el campo de Elche algunos establecimientos parecidos (La Perentona en La Hoya, por ejemplo). Sólo parecidos.

Ah, se me olvidaba. Había un ritual que Los Gordos siempre repetían cuando me marchaba y no había nadie más en la tienda: cuando ya estaba en la puerta, me llamaban, y cuando me giraba se besaban en la boca (como en las películas americanas, pero con algo menos de glamour). Era un beso corto, fugaz, pero siempre acababa con una gran sonrisa. Después de tantos años, he roto la promesa que les hice de no contárselo a nadie. Supongo que no les importará, pero por si acaso, no vayan publicándolo por ahí.

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