lunes, 28 de abril de 2008

Libros, libros, libros.

Este sábado pasado estuvimos en Alicante, así que aprovechando cierta circunstancia favorable (un bono 4x3 que tenía el amigo Dani en su calidad de socio de la FNAC), me hice con otro libro, que dejo en la lista de espera. Ésta está ahora un poco abultada, pues a esta compra hay que añadir las hechas en las librerías locales –en Séneca principalmente- y la que hice hace un mes en Murcia, cuando fuimos casi exclusivamente a conocer la nueva tienda que la firma francesa abrió en el centro comercial de Nueva Condomina. En ese intervalo he leído:

  • La vida maravillosa, de Stephen Jay Gould. Éste he de reconocer que no lo he podido terminar, pues se me caía de las manos. Pensaba que iba a ser otra cosa. En mi opinión, es un libro sólo para entusiastas de la paleontología.
  • Asesinato en el Orient Express, de Agatha Christie. Libro conseguido con el diario La Verdad, primero de una colección dedicada a esta conocida autora, con entregas semanales muy económicas. Como el argumento es de sobra conocido, creo que no hará falta que les cuente nada.
  • El juego de Ender, de Orson Scott Card. Imprevisto regalo del amigo Vicen, es una obrita de ciencia ficción que ha obtenido varios premios. Por lo visto, está a punto de convertirse en película. Se deja leer, pero no me ha entusiasmado precisamente. Léanla y, si quieren, intercambiamos comentarios.
  • Guía total de la República Checa, de Anaya. Ésta la he ido cogiendo a ratos, por necesidades de logística (nos vamos allí este verano) y aún no la he terminado de ver (y lo que me queda...). Ya les contaré en otro post.

Y en la mesa del escritorio tengo, esperando a ser leído, lo siguiente:

  • Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, de Jaroslav Hasek. Si vieron la serie, sobran los comentarios.
  • Royal Flash, de G. McDonald Fraser. Es el segundo libro de la serie dedicada a Harry Flashman, de quien ya les hablé aquí.
  • Nuevas noches árabes / El dinamitero, de R.L.Stevenson. Recopilación de cuentos del famoso autor de La isla del Tesoro, en la que se incluye El pabellón de los Links, “el mejor cuento del mundo” en opinión de Conan Doyle. Ya les daré la mía.
  • La partícula divina, de Leon Lederman y Dick Teresi. Un poquito de física para desintoxicar de tanta novela.

Y eso es todo por el momento. Creo que empezaré por el de Schwejk, entre otras cosas porque la mayor parte de sus aventuras se desarrollan en Chequia y me está comiendo la curiosidad.

¡Salud y buenas lecturas!

sábado, 26 de abril de 2008

Gaviota argéntea (Larus argentatus) o Gaviota patiamarilla (Larus cachinnans)

Corrección del título (ver comentarios):

Gaviota argéntea (Larus argentatus) o Gaviota patiamarilla (Larus cachinnans michahellis)


Con esta gaviota no había tenido problemas de identificación... ¡hasta que compré la última guía! Tengo por casa varias, y casi no se ponen de acuerdo. En la más antigua, “Aves acuáticas”, de Guías de Naturaleza Blume, con abundantes fotos y textos, la califica como Gaviota Argéntea, matizando que las patas de los individuos de las regiones mediterráneas, son amarillas. En el libro “Aves de España y de Europa”, de Christopher Perrins, publicado por Omega, con dibujos demasiado coloreados para mi gusto y texto muy esquemático, casi telegráfico, también habla de Gaviota Argéntea con patas rosadas (amarillas en la raza mediterránea). En mi última adquisición, “Guía de campo de las Aves de España y de Europa”, de Rob Hume, también de Ediciones Omega, con fotos de gran calidad, y explicaciones claras y con
cisas, aparece como Gaviota Patiamarilla, precisando, eso sí, que hay controversia en este tema, aunque un poco más adelante dice de ella que es grande y bonita, y está estrechamente relacionada con la Argéntea del NO de Europa, añadiendo que ocasionalmente crían la una junto a la otra. Sea cual sea la forma correcta de llamarla, lo que sí es cierto es que es un ave grande, con una envergadura de un metro y medio aproximadamente, y una longitud de entre 55 y 65 centímetros. Las avocetas y charranes la odian a muerte, pues en época de cría, la patiamarilla sobrevuela sus nidos para robar sus huevos en algún descuido. Mientras las primeras arman un gran alboroto, los segundos, de vuelo más ágil y veloz, acosan a la intrusa hasta que consiguen alejarla a una distancia prudente. Pero, la verdad es que, en lo que a alimentación se refiere, es una auténtica carroñera. A veces, al atardecer, veo desde mi sillón favorito bandadas de estas gaviotas que, formando largas y oblicuas filas o en “V”, regresan a la costa a descansar desde los vertederos del interior, donde, desde hace un tiempo, se han acostumbrado a buscar su sustento.

martes, 22 de abril de 2008

De homens y homenets

En este pueblo, siempre he oído decir que, en lo que a hombres se refiere, los hay de dos clases: homens y homenets (hombres y hombrecillos, para los no autóctonos). Pero en cierta ocasión, en la improvisada tertulia cafetera que se montaba casi todas las tardes en el bar Quijote (ya desaparecido), oí una tercera categoría: calamandurrios. Después de comer, y sin más aditivos que un café y una copa de coñac*, unos contertulios debatían sobre las cualidades personales de un tercero –ausente, claro-, el cual, por lo visto, no llegaba ni a homenet. Casi siempre las discusiones derivaban hacia terrenos balompédicos (la eterna rivalidad Madrid-Barça), donde hasta los neutrales tomaban parte por uno u otro bando (aquí somos así de “cascaores”), aunque en época de elecciones, o cuando había alguna noticia relevante a nivel nacional, el Sr. “P” sacaba su vena más reaccionaria (tiraba el hombre hacia la derecha, pero a la de antes, la de la vieja guardia) sin admitir réplica alguna. Otro habitual, el Sr. “L”, amigo del anterior, más moderado y prudente, metía baza para calentarlo aún más cuando nos daba sus discursos, pues era divertido ver el entusiasmo que ponía en ello. Por suerte, rara vez encontraba rival en sus arengas, pues aparte de ser una pérdida de tiempo, a los presentes nos daba cierto miedo discutirle, más que nada por si le daba algún síncope en uno de sus apasionados arrebatos. Si por casualidad se dejaba caer por allí el Sr. “J”, el tercer amigo, las aguas políticas se calmaban y comenzaba entonces la rivalidad en canto –íbamos ya por la segunda “chorraeta”-, intercalando entre canción y canción frases del tipo “no tens ni punyetera idea”, o “axina no se canta”, o “tú no cantes, tú chilles”. Y así me los dejaba, cuando me iba a trabajar, entre aromas ilicitanos, otras habaneras y canciones de mona...


* Algunos me dirán que se llama brandy, pero aquí siempre se le ha llamado coñac. Odio la moda esa de rebautizar las cosas, a veces de modo chauvinista, que padecemos desde hace varios años. A la salsa de huevo y aceite siempre la hemos llamado mayonesa, y me niego a decir mahonesa, porque suena más cursi y porque me parece una gilipollez. ¿Está claro?

sábado, 19 de abril de 2008

Calendario: Abril

La foto correspondiente a este mes ya apareció por aquí en otra ocasión, así que si son asiduos visitantes (ejem) ya la conocerán. Está tomada en El Clot de Galvany, zona húmeda próxima al pueblo presuntamente mimada por el Ayuntamiento local. Fue una de las primeras tomas que hice probando un objetivo nuevo que, como podrán apreciar, salió bastante airoso del test. Pese a ser uno de los más modestos de la gama alta de Canon, el pequeño 70-200 F/4L USM tiene, en mi opinión, una relación calidad-precio buenísima. Aunque me ha dado algunas satisfacciones más, con el tiempo he descubierto que se me ha quedado “corto”, carencia ésta que he intentado subsanar con un multiplicador 1.4x de la misma marca. El estreno de la nueva “pareja” fue un inesperado encuentro con otra de azulones, de cuyos resultados –bastante aceptables, por cierto-, les pondré al corriente en breve. Mientras, espero que disfruten con esta cerceta común.

viernes, 18 de abril de 2008

Porque no engraso los ejes...

...me llaman "abandonao".

Siento haber tenido tan olvidado el blog esta semana, pero he estado muy ocupado con la búsqueda de alojamiento para las próximas vacaciones de verano y no he tenido tiempo para nada más. El tema ya "casi" está solucionado, pero aún quedan unos "flecos" por resolver. Prometo ponerme al día en breve.


Ya les contaré. Sigan a la escucha, por favor.

Gracias por su paciencia.

sábado, 12 de abril de 2008

La isla

Cerca del lugar donde trabajo, hay una isla (creo que llaman así al pequeño espacio sin edificar que queda entre dos calles, separando el tráfico) en la que se ha desarrollado un singular ecosistema. Siempre ha habido allí un grupito de palmeras (de las de toda la vida, con su hiedra enroscada en el tronco hasta cierta altura) y algún arbusto decorativo, de baladre (adelfas) cuando estuvo de moda en todos los parques y jardines de Elche, y actualmente de otras especies tanto o más vistosas pero menos peligrosas. Pues bien, hay un alma caritativa –en todos los barrios hay al menos una- que deja alguna bolsa con sobras de comida para los gatos callejeros, especie en peligro de extinción donde las haya. Desde bien pequeño he visto siempre gatos por la calle, tanto de día como de noche, pero últimamente no se les ve ni en sus horas punta, cuando ya se ha puesto el sol. Unos lo achacan a que los gatos domésticos caseros ya no salen, como antes, a la calle, aunque las malas lenguas dicen que cierto tipo de restaurantes han contribuido a su desaparición (casualmente, justo enfrente de la isla hay uno). Como ya dije en una ocasión, en mi barrio, donde casi todas las viviendas eran de planta baja, las puertas estaban siempre abiertas, y los felinos (y algunos canes) entraban y salían de la casa a su antojo. Tampoco era raro verlos enroscados durmiendo en la misma puerta, al sol, o acaso sentados en una ventana, tras la seguridad de la reja, muy erguidos, con ese aire señorial que distingue a la especie, viendo pasar a los humanos en su trajín diario. Pero eso se acabó. Las casas de una planta han desaparecido para dejar paso a los bloques y hoy día sería impensable dejar las puertas abiertas para el esparcimiento de la mascota. Aparte de esto, los gustos de los propietarios han derivado hacia razas más exóticas, en detrimento del gato común, mucho menos “señorito”. Supongo que por todo esto, la comida está casi intacta por las mañanas, siendo aprovechada entonces por grupos de gorriones, que siempre encuentran algo de su gusto, y ¡por una familia de ratones! Los pequeños roedores, no más grandes que mi dedo pulgar, han colonizado las raíces de las palmeras, haciéndose los amos de la situación. A veces tengo la suerte de aparcar justo delante, y entonces, desde mi acristalado escondite, veo como algunos gorriones chulitos espantan a sus congéneres más jóvenes o débiles, pero huyen despavoridos ante la presencia de un minúsculo ratón, a quien triplican en tamaño.

Casualmente, el jueves encontré al jardinero municipal “dándoles de beber” a los chiquitines. Como iba sobrado de tiempo, me entretuve un poco charlando con él y me contó que había tapado sus madrigueras, las había inundado, etc. pero no podía acabar con ellos. Le dije –y es verdad- que nunca había visto más de tres juntos, aunque posiblemente hubiese muchos más allí abajo, pero aquello es casi campo y que, probablemente, causen más beneficios que perjuicios. Ni me dio ni me quitó la razón, pero siguió dándole a la manguera un buen rato.

Ayer ya no los vi, así que las imágenes que grabé dos días antes posiblemente sean el testimonio de unas vidas tristemente desaparecidas. Pero los animales son muy listos, y estoy casi seguro de que volveré a verlos corretear por allí.

video

martes, 8 de abril de 2008

Sierra Espuña

¿Conocen Sierra Espuña? Este Parque Natural murciano, a poco más de una hora en coche de Elche, esconde algunas maravillas para los amantes de la naturaleza. Entre los vertebrados destaca el arruí -o muflón del Atlas-, introducido por el Icona en la década de los 70 para entretener a toreros, políticos y otros señoritos aficionados a la caza. Tras varios vaivenes, motivados más por enfermedades –sobre todo la sarna- que por la presión cinegética o de los furtivos, la población se ha estabilizado, según he podido leer, en unos 500 ejemplares.

Paseando por el pinar (mayormente de pino carrasco), podremos ver también a la simpática ardilla de Espuña, cada vez más escasa y huidiza. Es una bonita ardilla blanca, rolliza, que recuerda a los inquietos y traviesos Chip y Chop de los dibujos animados.

Por todas partes encontraremos también huellas del paso del jabalí, invisible de día, pero que al caer la noche se vuelve confiadísimo, no siendo raro encontrarlo junto a los contenedores, buscando entre la basura que han dejado los visitantes. En el apartado de las aves, destacan piquituertos y arrendajos, aunque con mucha suerte podremos toparnos también con algún búho real o con algún azor (con este último aún no he tenido el gusto). En lo más alto, por encima del Morrón Chico, el águila real planea acariciada por el sol, ojeando todo lo que se mueve a sus pies.

He pasado muy buenos ratos allí, pues soy un enamorado de los pinos y de su aroma, de pasear entre ellos, o simplemente de descansar bajo su sombra, escuchando el roce del viento entre las copas, el gorjeo de los pajarillos ocultos entre sus ramas, o el de la ardilla royendo incansable su tierna piña, mientras las escasas migajas que caen mansamente, como confeti natural, son arrastradas por la fresca brisa de la tarde serrana.

Y como no todo consiste en alimentar el espíritu, les recomendaré, para solazar el estómago, el Bar La Perdiz, regentado desde hace unos cuantos años por los amigos Paco y Mari. Es un restaurante de los de monte, sin más pretensión que la de alimentar más que decentemente a los comensales a un precio razonable. Allí podrán degustar un buen arroz, carnes y embutidos a la brasa o conejo al ajo cabañil (se lo recomiendo), aunque últimamente han incorporado a la carta algunos platos de caza que están teniendo bastante aceptación. Y si se dejan aconsejar en la bebida, el propietario les sorprenderá con algún vino de la zona (sobre todo de Bullas) que dejará un buen recuerdo en su paladar. Eso sí, reserven antes de la excursión, pues a mediodía eso se pone “a tope”.

sábado, 5 de abril de 2008

Fofito

Mi padrino me regaló un jilguero. Era un inmaduro (el jilguero, no mi padrino) aún sin acabar de colorear. Pese a las reticencias de mi padre (nunca quiso tener animales en casa que no fuésemos nosotros mismos, y esta actitud posiblemente se agravara después de la traumática experiencia sufrida con Saturnino y Lucas), los argumentos que me había dado el donante sobre la condición de cautiva de nacimiento del ave hicieron su efecto y el pajarito se quedó con nosotros. Sería verdad lo que me había dicho mi padrino, pues dos veces que se me escapó después, se dejó coger mansamente. En valenciano, a los jilgueros se los llama caderneras, aunque aquí en Elche, por corrupción, el nombre ha derivado en “cagarneras”. De todos modos, en casa se le llamó Fofito. Al ser el más pequeño, era el más mimado. En su jaula nunca faltaba una hoja de lechuga fresca, ni una jibia de las que recogíamos en la playa pensando en él. Pasamos muchos ratos juntos, “hablando” –aprendí a imitar sus gorjeos-, y en las noches más gélidas y ventosas del invierno, tapaba su pequeño habitáculo con un paño para que no pasara frío. Con el paso del tiempo, las uñas le fueron creciendo, hasta que llegó un momento en que casi no podía mantenerse bien en las cañitas que tenía como posaderos. Deberíamos haberlo llevado al veterinario, pero mi madre pensó que, ya que nos había cortado las uñas a nosotros de pequeños, hacerlo a un jilguero no sería mucho más difícil. Con su habitual “finura”, sacó al pobre Fofito de su jaula y lo devolvió a ella sin uñas y con unos temblores que no presagiaban nada bueno. El animalito estaba en el fondo de la jaula y no se quería mover, pese a las palabras de ánimo que yo le daba desde el otro lado de los barrotes. Para rematar la faena, mi madre pensó que estaba así por el susto que se había llevado, y no se le ocurrió otra cosa que darle un poco de vino, remedio muy eficaz y popular entre las personas por aquel entonces, al menos entre las de mi barrio. La siguiente vez que vi a Fofito seguía en el fondo de la jaula, pero esta vez patas arriba. Esperamos a que llegara mi padre y certificara la muerte, pues al haberse criado en el campo, era el que -presuntamente- más entendía de todas estas cosas.
Mi padrino tuvo que regalarme otro jilguero. Tal vez mi padre tuviese razón en sus objeciones: de todos los animales que pasaron por casa, pocos –uno o ninguno-, murieron de viejos.

miércoles, 2 de abril de 2008

Campos minados

¿Recuerdan que hace poco les hablaba de la nueva charca del Clot? Pues bien, Zeiss, la famosa empresa alemana fabricante de instrumentos ópticos, ha patrocinado el observatorio de esta nueva charca de contacto, especialmente diseñada para limícolas, además de donar al servicio del paraje un importante lote de prismáticos y telescopios valorado en más de 6.000 euros (los que no conozcan los precios de Zeiss, pensarán que habrá sido un baúl lleno). Aún es pronto para evaluar los resultados, así que esperaré hasta el próximo invierno para ver la aceptación que tendrá entre este interesante grupo de aves (con el permiso de los perros de los vecinos, claro). De momento, lo primero que llama la atención es la escasez de agua en la charca antigua. No sé si la nueva tendrá algo que ver con esto, pero supongo que sí.

Mirador (1) junto a un búnker

De todos modos, el principal problema del Clot, del que ya he hablado en otros post, es la asfixiante presión urbanística a la que ha sido sometido. En estas fotos, podrán ver mejor de qué les hablo. Junto a la nueva charca (3), verán los cercanos bungalows (4), cuyos pobladores, además, ven en el paraje natural el lugar ideal para sacar a sus perros a desahogarse (pese a estar prohibida su entrada mediante carteles). La culpa, como siempre, no es de los animales, sino de sus dueños, pero aparte del perjuicio que pueden causar en la población de aves, el paseo por las zonas más cercanas a la de los “humanos” (2), se puede convertir en un suplicio de sorteo de “minas” en forma de excrementos de variados calibres.

Es lo que hay.