sábado, 12 de abril de 2008

La isla

Cerca del lugar donde trabajo, hay una isla (creo que llaman así al pequeño espacio sin edificar que queda entre dos calles, separando el tráfico) en la que se ha desarrollado un singular ecosistema. Siempre ha habido allí un grupito de palmeras (de las de toda la vida, con su hiedra enroscada en el tronco hasta cierta altura) y algún arbusto decorativo, de baladre (adelfas) cuando estuvo de moda en todos los parques y jardines de Elche, y actualmente de otras especies tanto o más vistosas pero menos peligrosas. Pues bien, hay un alma caritativa –en todos los barrios hay al menos una- que deja alguna bolsa con sobras de comida para los gatos callejeros, especie en peligro de extinción donde las haya. Desde bien pequeño he visto siempre gatos por la calle, tanto de día como de noche, pero últimamente no se les ve ni en sus horas punta, cuando ya se ha puesto el sol. Unos lo achacan a que los gatos domésticos caseros ya no salen, como antes, a la calle, aunque las malas lenguas dicen que cierto tipo de restaurantes han contribuido a su desaparición (casualmente, justo enfrente de la isla hay uno). Como ya dije en una ocasión, en mi barrio, donde casi todas las viviendas eran de planta baja, las puertas estaban siempre abiertas, y los felinos (y algunos canes) entraban y salían de la casa a su antojo. Tampoco era raro verlos enroscados durmiendo en la misma puerta, al sol, o acaso sentados en una ventana, tras la seguridad de la reja, muy erguidos, con ese aire señorial que distingue a la especie, viendo pasar a los humanos en su trajín diario. Pero eso se acabó. Las casas de una planta han desaparecido para dejar paso a los bloques y hoy día sería impensable dejar las puertas abiertas para el esparcimiento de la mascota. Aparte de esto, los gustos de los propietarios han derivado hacia razas más exóticas, en detrimento del gato común, mucho menos “señorito”. Supongo que por todo esto, la comida está casi intacta por las mañanas, siendo aprovechada entonces por grupos de gorriones, que siempre encuentran algo de su gusto, y ¡por una familia de ratones! Los pequeños roedores, no más grandes que mi dedo pulgar, han colonizado las raíces de las palmeras, haciéndose los amos de la situación. A veces tengo la suerte de aparcar justo delante, y entonces, desde mi acristalado escondite, veo como algunos gorriones chulitos espantan a sus congéneres más jóvenes o débiles, pero huyen despavoridos ante la presencia de un minúsculo ratón, a quien triplican en tamaño.

Casualmente, el jueves encontré al jardinero municipal “dándoles de beber” a los chiquitines. Como iba sobrado de tiempo, me entretuve un poco charlando con él y me contó que había tapado sus madrigueras, las había inundado, etc. pero no podía acabar con ellos. Le dije –y es verdad- que nunca había visto más de tres juntos, aunque posiblemente hubiese muchos más allí abajo, pero aquello es casi campo y que, probablemente, causen más beneficios que perjuicios. Ni me dio ni me quitó la razón, pero siguió dándole a la manguera un buen rato.

Ayer ya no los vi, así que las imágenes que grabé dos días antes posiblemente sean el testimonio de unas vidas tristemente desaparecidas. Pero los animales son muy listos, y estoy casi seguro de que volveré a verlos corretear por allí.

video

1 comentario:

Pepin dijo...

jo, no se ven los ratones.