sábado, 5 de abril de 2008

Fofito

Mi padrino me regaló un jilguero. Era un inmaduro (el jilguero, no mi padrino) aún sin acabar de colorear. Pese a las reticencias de mi padre (nunca quiso tener animales en casa que no fuésemos nosotros mismos, y esta actitud posiblemente se agravara después de la traumática experiencia sufrida con Saturnino y Lucas), los argumentos que me había dado el donante sobre la condición de cautiva de nacimiento del ave hicieron su efecto y el pajarito se quedó con nosotros. Sería verdad lo que me había dicho mi padrino, pues dos veces que se me escapó después, se dejó coger mansamente. En valenciano, a los jilgueros se los llama caderneras, aunque aquí en Elche, por corrupción, el nombre ha derivado en “cagarneras”. De todos modos, en casa se le llamó Fofito. Al ser el más pequeño, era el más mimado. En su jaula nunca faltaba una hoja de lechuga fresca, ni una jibia de las que recogíamos en la playa pensando en él. Pasamos muchos ratos juntos, “hablando” –aprendí a imitar sus gorjeos-, y en las noches más gélidas y ventosas del invierno, tapaba su pequeño habitáculo con un paño para que no pasara frío. Con el paso del tiempo, las uñas le fueron creciendo, hasta que llegó un momento en que casi no podía mantenerse bien en las cañitas que tenía como posaderos. Deberíamos haberlo llevado al veterinario, pero mi madre pensó que, ya que nos había cortado las uñas a nosotros de pequeños, hacerlo a un jilguero no sería mucho más difícil. Con su habitual “finura”, sacó al pobre Fofito de su jaula y lo devolvió a ella sin uñas y con unos temblores que no presagiaban nada bueno. El animalito estaba en el fondo de la jaula y no se quería mover, pese a las palabras de ánimo que yo le daba desde el otro lado de los barrotes. Para rematar la faena, mi madre pensó que estaba así por el susto que se había llevado, y no se le ocurrió otra cosa que darle un poco de vino, remedio muy eficaz y popular entre las personas por aquel entonces, al menos entre las de mi barrio. La siguiente vez que vi a Fofito seguía en el fondo de la jaula, pero esta vez patas arriba. Esperamos a que llegara mi padre y certificara la muerte, pues al haberse criado en el campo, era el que -presuntamente- más entendía de todas estas cosas.
Mi padrino tuvo que regalarme otro jilguero. Tal vez mi padre tuviese razón en sus objeciones: de todos los animales que pasaron por casa, pocos –uno o ninguno-, murieron de viejos.

1 comentario:

Pepin dijo...

me da lástima lo de fofito .