jueves, 29 de mayo de 2008

La Esfinge Colibrí (Macroglossum stellatarum)

¿Han visto alguna vez una Esfinge Colibrí? El apellido no lo tiene en balde, pues a primera vista, parece un pequeño pajarillo libando entre las flores. La primera vez que la vi, revoloteando entre unas gitanillas, me dio un vuelco el corazón, pues pensaba que era un verdadero colibrí, e hice mil conjeturas sobre cómo podía haber llegado a un pequeño huerto ilicitano. Mi suegra me aclaró que era una paloma (aquí se llama así a las polillas, en este caso diurna) y que si alguna se colaba en casa, era señal de que llegarían visitas. Puedo constatar que, una vez que entró una de ellas despistada, se cumplió la regla. Pero no busquen ninguna explicación sobrenatural: los domingos, lo raro era que no hubiesen visitas en casa de mis suegros.

Es muy difícil de fotografiar, pues no para quieta un momento. Este verano pasado, en Gredos, tuve la suerte de sorprender a ésta en un momento de deleite, cuando tenía la cámara en las manos. Pero si no pueden fotografiarla, no se preocupen, sólo contemplarla ya es una auténtica gozada.

domingo, 25 de mayo de 2008

Misterio

Y ya que hemos tocado el tema del misterio, voy a contarles algo al respecto. En el pisito de que les hablé hace poco, ocurrieron cosas muy extrañas. La mente juega a veces malas pasadas, sobre todo si se es de imaginación muy activa, o se está especialmente sensible por algún acontecimiento reciente, como la muerte de un ser querido. De las dos anécdotas que les voy a contar ahora, fui testigo directo de una de ellas, y pasivo de la otra (estaba durmiendo). Esta última fue la más espeluznante y cuando la oímos contar algún tiempo después a mi padre, a mi hermana y a mí se nos erizaban los pelos de la nuca. El tiempo me ha ido haciendo cada vez más escéptico, y aunque estoy seguro de que podríamos encontrar mil explicaciones lógicas –sin recurrir a lo sobrenatural- a la mayoría de fenómenos extraños (y a estos dos en particular), no soy amigo de negar nada rotundamente, aunque hay cosas que me cuesta más -pero mucho más- aceptarlas que otras. Si bien tengo una opinión formada hace mucho sobre los dos casos, me limitaré a exponérselos para que ustedes puedan formarse la suya.

El primero ocurrió en el día en que enterraron a mi abuelo materno. Yo apenas tuve tiempo de conocerlo, pero cuentan que era todo un personaje, con una visión muy peculiar de las cosas, y que a mi me toleraba lo que no le consentía a nadie (era su ojito derecho). Recuerdo que cuando televisaban alguna corrida –en esa época eran siempre de toros-, venía a casa a verla, pues en la suya no había TV. Del comedor hacía algún que otro viaje hasta el “pastaor” (la pequeña despensa que había en la cocina), donde se guardaban las botellas de licor y la garrafa de vino, entre otras cosas. Aquella noche, mi hermana y yo llevábamos algún tiempo durmiendo, pero mis padres acababan de acostarse y apagar la luz cuando oyeron un ruido en el comedor, como si alguien hubiese tropezado con una silla. La casa era muy pequeña y todas las habitaciones estaban muy cerca, de forma que cualquier ruido en una de ellas, se oía a la perfección en las demás. Contaba mi padre que luego se dejó oír un arrastrar de pies igualito al que hacía mi abuelo, y un trajín de botellas en el pastaor. Estaban como paralizados, pero encendieron la luz cuando sonaron las dos losas que había sueltas en el corto pasillo que separaba su habitación del comedor, y se quedaron mirando hacia la puerta, esperando ver a alguien cruzarla de un momento a otro. Pero no se oyó ningún sonido más. Volvió la calma al hogar, aunque no sé si pegaron ojo aquella noche, pero cuenta mi madre que mi padre sólo acertó a decir: -“Nena, el abuelo, que ha venido a ver a los chiquillos...”

En el segundo habían transcurrido algunos años del que acabo de contarles, pues mi hermana pequeña tenía pocos días. Estábamos mi madre, mi hermana mediana y yo, bañando a la benjamina en una zafa* que tenía mi madre habilitada para tal fin, que ponía sobre una toalla encima de su cama. Cuando terminamos, nos fuimos al otro lado de la cama para vestirla, dejando antes la zafa en el suelo para que no se volcara y derramase el agua. Aún no habíamos terminado de arreglarla cuando oímos ruido en el lado contrario, donde habíamos estado unos minutos antes. Me asomé y la jofaina estaba girando sobre sí misma como si alguien hubiese pisado el canto. Nos quedamos los tres mirándonos y, aunque no le dimos más importancia, se lo contamos a mi padre ese mediodía, cuando volvió de trabajar.

Como diría alguien por ahí, “misterio, intriga y... dolor de barriga”. Y ustedes, ¿qué dicen?

* (Del ár. hisp. ṣáḥfa, y este del ár. clás. ṣaḥfah, lebrillo).

1. En Albacete, Granada y Murcia, jofaina. (Definición obtenida en el diccionario en línea de la RAE)

jueves, 22 de mayo de 2008

Las aves misteriosas

Hace dos veranos estuvimos de viaje por la campiña inglesa, concretamente en Las Cotswolds (ya sé, ya sé, tengo pendiente contárselo), con sus casitas de piedra amarilla, con ventanas con cortinitas de encaje, etc. En una de las excursiones que hicimos andando, desde Blockley hasta Chipping Campden campo a través, al cruzar un pequeño bosque, nos topamos de repente con unas aves de tamaño parecido al de una perdiz. Pude fotografiar a un macho y a una hembra –por separado- pero no conseguí identificarlos en mi guía cuando volvimos a casa. Hace poco, buscando otras cosas en el ordenador, me los tropecé de nuevo y pensé en pedir ayuda a Clara, de quien ya les hablé aquí. Ésta me contestó amable y rápidamente, informándome de que se trataba de una pareja de faisanes, si bien el macho era aún un inmaduro. Ya habíamos visto desde el coche algún que otro faisán, pero el colorido tenía muy poco que ver con el de esta foto, así que anduve bastante despistado por no haber pensado que podía ser un jovenzuelo. De todos modos, cuando le aclaran las cosas a uno, las ve tan evidentes que no se explica cómo no se dio cuenta antes. Aquí les dejo a la parejita, por si quieren comprobarlo ustedes mismos.

De nada.

lunes, 19 de mayo de 2008

La tortuga

Aquel sábado, después de otros muchos machacando, convencimos a nuestros padres para que nos compraran una tortuga en el mercado. Realmente era un galápago diminuto, poco mayor que una moneda de 50 pesetas. Como no quisieron adquirir el lote especial, que incluía la pecera con palmera tropical, el vendedor introdujo al pequeño animal en una bolsa de papel de estraza, a la que hizo dos agujeros en los lados para que pudiese respirar. Esas bolsas eran las mismas que utilizaba para pollitos y patitos, pero para el traslado provisional cumplían su cometido. Era verano y hacía calor, el 600 había estado aparcado al sol y no tenía aire acondicionado –ni sospechas de que eso pudiese existir-, así que íbamos con las dos ventanillas bajadas. A la altura de Hacienda, en los “pisos azules”, mi madre (quién si no) pensó echarle un vistazo a la tortuguita. La sacó de la bolsa y la depositó en la palma de su mano. Allí duró lo que Mariquita en el baile, es decir, lo que tardó en llegar una ráfaga de aire y llevársela volando a descubrir otros mundos. Todos gritamos para que mi padre parase, pero cuando lo hizo, no había ni rastro del animalito. Mientras mi hermana pequeña lloraba, los demás íbamos buscando mentalmente el adjetivo que mejor le podía parar en esos momentos a mi señora madre. Luego, durante la comida, barajamos la posibilidad de que la efímera mascota, a quien no habíamos tenido tiempo ni de poner nombre, no hubiese salido del coche. Esa tarde la pasé explorando hasta el último rincón del seiscientos, al que llegué incluso a desmontar el panel de la puerta derecha (con el permiso de mi padre, por supuesto), pero el galápago no apareció. Aquella noche, mi madre nos hizo la cena con más amor que nunca, pero la sombra de la tortuguita planeaba sobre nuestras cabezas.


Animalico...

jueves, 15 de mayo de 2008

Calendario: Mayo

La foto correspondiente al mes de mayo está tomada en un lugar bastante céntrico, muy poco después de la instalación del mosaico vitronosequé de la Dama de Elche que, en mi opinión, está bastante bien (como poco, curioso). La imagen fue tomada un 12 de agosto de hace dos años, poco antes de la mascletá de mediodía. Al estallido de color siguió el de los masclets y el olor a pólvora que tanto nos gusta a los mediterráneos. Cuando estamos en Elche por esas fechas (casi nunca), procuro no perdérmelas, previa cervecilla con los amigos en un bar cercano, el mismo donde solemos juntarnos casi tooodos los sábados del año. Ah, cómo me gustan los sábados...

martes, 13 de mayo de 2008

¡¡¡ Me cag_ en tu put_ poll_, cabr´n !!!

El maestro Waters en acción

Ésta, que se convirtió en la frase oficial del concierto –y del fin de semana-, la oímos cosa de veinte veces cuando Roger Waters comenzó a acariciar su bajo. El grupito que teníamos justo al lado, puesto de yerba hasta el culo, con un acento indescifrable, intercalaba cada tres repeticiones de la susodicha, la siguiente petición: ¡toca el güisyugüejee! ¡toca el güisyugüejeeee! Hasta que la tocó. Entonces no sé si se quedaron tranquilos por eso o porque les dio el bajón (la verdad es que habían empezado pronto), pero a partir de ese momento hubo relativa calma en el flanco izquierdo.

El escenario, dos horas antes del comienzo

He comenzado así la crónica del concierto para que se vayan poniendo en situación. Para los que no vieron a R.W. en Barcelona el año pasado, les diré que fue un concierto alucinante. Hay que agradecer a quien corresponda en Atarfe el esfuerzo que se ha hecho para traer un espectáculo de este tipo, pero si quieren aprender algo, sobre todo en organización, les aconsejo que se den una vuelta por Barcelona y pregunten por quien se encargó del del Palau Sant Jordi. Medio año antes de ir, yo ya sabía dónde me iba a sentar, mis entradas estaban numeradas y había amables señoritas –y señoritos- que lo acompañaban a uno hasta su asiento. En Atarfe las gradas quedaron casi vacías, pues la mayoría nos fuimos a pista al no haber traído los prismáticos. Como curiosidad les diré que las gradas VIP, y estamos hablando de papel a 120 euros+gastos, estaban más lejos de lo que yo estuve en Barcelona. Imagínense las normales. Aparte de estas minucias, en Montjuich todo funcionó como un reloj de precisión, es decir, el sonido no se cayó en la primera canción –aunque esto quedó subsanado en dos minutos escasos, todo hay que decirlo-, sonó PERFECTAMENTE en todo el pabellón, el astronauta salió y se dio alguna que otra vuelta, el cerdo voló y no fue pisoteado y descuartizado, el láser nos dejó con la boca abierta, la lluvia –de haberla habido- no hubiese entrado... En fin, que muchas pequeñas cosas se convierten en algo muy grande y cuando uno ha pagado 78 euracos (multiplicados por tres en mi caso), espera que le den calidad a cambio. Y la única nota de calidad la dieron los músicos y las chicas del coro.

Carol Kenyon, en pleno "Great Gig in the Sky"

Pero como hay que mirar el lado positivo de las cosas, les diré que, pese a todo, a-lu-ci-na-mos con el concierto, pues estábamos a 8 ó 10 metros del escenario. Al Sr. Waters casi le podíamos tocar. Y hay que estar ahí, a pie de pista. Aunque tengas que estar 6 horas de pie, aupando a tu hijo para que vea a su ídolo, aguantando la lluvia, los efluvios vegetales y animales, al capullo de turno que no para de hacer viajes no sé a dónde, y que además lleva una mochila de matrimonio a la espalda, con la que va dando empellones a diestro y siniestro... Otro puntazo fue el haber podido entrar la cámara y tomar algunas imágenes de cierta calidad, como pueden comprobar. Espero que los que no pudieron –o no quisieron- ir, puedan disfrutar, aunque sea mínimamente, viéndolas.

Graham Broad y Snowy White en acción en "Time"

En fin, resumiendo ya para acabar, no sé si todas las carencias que he nombrado fueron por culpa de la organización, pero si tuviese que puntuar, le daría un 9,50 a R.Waters y un 4,50 a la organización. Si, como yo, tuvieron la suerte de estar allí, ya me dirán.

Imágenes de fondo en "Set the controls for the heart of the sun"

jueves, 8 de mayo de 2008

¡¡¡Che, que nos vamos!!!

Se veía como algo muy lejano en el tiempo, pero ya está aquí. Si la meteorología no lo impide, mañana estaremos viendo al ex-cascarrabias Waters. Deséennos buen viaje. Gracias.

martes, 6 de mayo de 2008

El pisito

La casa donde vivíamos era pequeña, pequeñísima. Tenía pocas comodidades: el aseo, o mejor dicho el retrete, estaba en el patio, en una pequeña caseta, y consistía en una losa de granito con un agujero grande y redondo en el centro (al menos no había que agacharse, como en el del colegio) que se cubría con una tapadera de madera. El único grifo de agua corriente estaba también en el patio, en la pila de lavar, y a él teníamos que recurrir para asearnos, fregar, etc., apartando las avispas en verano. El patio, que ya he nombrado en entradas anteriores, era también de tamaño ajustado, de apenas cuatro metros cuadrados, pero desde él se veía un trocito de cielo azul, sin nubes, de ese azul intenso, polarizado, que sólo se ve en el Mediterráneo. A veces me quedaba allí de pie, mirando ese cuadrado añil hasta que me dolía el cuello.


Dentro, sólo había dos habitaciones, la de mis padres y la mía, que tuve que compartir con mi hermana mediana cuando ésta abandonó la cuna en la que tan buenos ratos pasó (algunos con mi ayuda, todo hay que decirlo). La instalación eléctrica era acorde en calidad y cantidad al resto de dotaciones. Los plomos se fundían a cada momento, a veces en el más inoportuno, y eso que mi padre los reforzaba con cuatro o cinco vueltas adicionales de cable (si no pasan más cosas es porque no tienen que pasar). Los escasos enchufes chisporroteaban a cada uso, y los interruptores eran de porcelana, redondos y con un vástago de madera más una especie de cuerda -como los botones de una trenca-, que había que girar para encender o apagar la luz. Mi primer contacto con la electricidad fue con uno de ellos, en la escalera. Era una lluviosa tarde de invierno. No recuerdo de dónde venía, pero se había hecho de noche y tuve que encender la luz. Como no alcanzaba bien al interruptor, pensé ayudarme con la llave para hacer girar el perno. La llave era de las de antes, de hierro macizo y de unos 10 ó 12 cm. de longitud. De puntillas y con ella en la mano conseguí alcanzar el interruptor, pero el calambrazo me llegó hasta el codo. Cuando más adelante nos enseñaron en el colegio que el hierro era buen conductor, yo ya traía la lección aprendida de casa.

De las cosas positivas -también las había, no crean- podríamos citar la nevera (de hielo, claro), el televisor Klarmax en blanco y negro, la lavadora de turbina, el balcón donde nos amontonábamos en las noches de verano a ver quién veía antes “la estrella que corre”... Podría seguir contándoles cosas del pisito, pero no quiero aburrirles. Pese a las apreturas y las carencias, ese fue el lugar donde nací y, al contrario que mis padres, he guardado siempre un gratísimo recuerdo suyo.

jueves, 1 de mayo de 2008

El azulón (Anas platyrhinchos)

Aprovechando los días festivos de la última Semana Santa, estuve con el amigo Vicen en El Clot de Galvany, pues quería que viera las novedades de que les hablé aquí hace poco. Estando en el mirador de la vieja charca, estábamos hablando sobre lo escasa que estaba de agua, mirando a un grupo de gallinetas que picoteaban monótonamente aquí y allá, cuando de detrás de unas cañas salió una pareja de azulones que se vino derechita hacia donde estábamos. Mi cámara, que no suele tolerar esas provocaciones, pedía a gritos que la sacara de su bolsa, y no calló hasta que no se vio encañonando al matrimonio (con permiso) que se paseaba, con toda la pachorra del mundo, delante nuestro. De pronto, los vimos salir volando como si hubiesen tenido algunas palabras entre ellos y fuesen, con un brío que contrastaba con su anterior placidez, a ajustar cuentas –o a reconciliarse, quién sabe- a otro lugar más tranquilo, fuera de la vista de los curiosos. Pero entonces ya tenía, guardadas en la tarjeta, las fotos que aquí les traigo.

Para los profanos, el azulón o ánade real, es el pato más conocido, por abundante, en parques y tramos urbanos de ríos, pero no por ello es menos vistoso. Como curiosidad, les diré que los patos domésticos, blancos o pardos, descienden todos del azulón. Y ahora un dato gastronómico. Los huevos de pata son ideales para una comida típicamente ilicitana: el arroz y costra, pues “suben” el doble que los de gallina, quedando una capa más esponjosa y sabrosa. Cocidos tampoco están mal, pero la clara al solidificarse adquiere un aspecto muy peculiar, parecido al de la silicona, que echa un poco para atrás.

Y creo que por hoy ya hay bastante, ¿no les parece?