martes, 6 de mayo de 2008

El pisito

La casa donde vivíamos era pequeña, pequeñísima. Tenía pocas comodidades: el aseo, o mejor dicho el retrete, estaba en el patio, en una pequeña caseta, y consistía en una losa de granito con un agujero grande y redondo en el centro (al menos no había que agacharse, como en el del colegio) que se cubría con una tapadera de madera. El único grifo de agua corriente estaba también en el patio, en la pila de lavar, y a él teníamos que recurrir para asearnos, fregar, etc., apartando las avispas en verano. El patio, que ya he nombrado en entradas anteriores, era también de tamaño ajustado, de apenas cuatro metros cuadrados, pero desde él se veía un trocito de cielo azul, sin nubes, de ese azul intenso, polarizado, que sólo se ve en el Mediterráneo. A veces me quedaba allí de pie, mirando ese cuadrado añil hasta que me dolía el cuello.


Dentro, sólo había dos habitaciones, la de mis padres y la mía, que tuve que compartir con mi hermana mediana cuando ésta abandonó la cuna en la que tan buenos ratos pasó (algunos con mi ayuda, todo hay que decirlo). La instalación eléctrica era acorde en calidad y cantidad al resto de dotaciones. Los plomos se fundían a cada momento, a veces en el más inoportuno, y eso que mi padre los reforzaba con cuatro o cinco vueltas adicionales de cable (si no pasan más cosas es porque no tienen que pasar). Los escasos enchufes chisporroteaban a cada uso, y los interruptores eran de porcelana, redondos y con un vástago de madera más una especie de cuerda -como los botones de una trenca-, que había que girar para encender o apagar la luz. Mi primer contacto con la electricidad fue con uno de ellos, en la escalera. Era una lluviosa tarde de invierno. No recuerdo de dónde venía, pero se había hecho de noche y tuve que encender la luz. Como no alcanzaba bien al interruptor, pensé ayudarme con la llave para hacer girar el perno. La llave era de las de antes, de hierro macizo y de unos 10 ó 12 cm. de longitud. De puntillas y con ella en la mano conseguí alcanzar el interruptor, pero el calambrazo me llegó hasta el codo. Cuando más adelante nos enseñaron en el colegio que el hierro era buen conductor, yo ya traía la lección aprendida de casa.

De las cosas positivas -también las había, no crean- podríamos citar la nevera (de hielo, claro), el televisor Klarmax en blanco y negro, la lavadora de turbina, el balcón donde nos amontonábamos en las noches de verano a ver quién veía antes “la estrella que corre”... Podría seguir contándoles cosas del pisito, pero no quiero aburrirles. Pese a las apreturas y las carencias, ese fue el lugar donde nací y, al contrario que mis padres, he guardado siempre un gratísimo recuerdo suyo.

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