lunes, 19 de mayo de 2008

La tortuga

Aquel sábado, después de otros muchos machacando, convencimos a nuestros padres para que nos compraran una tortuga en el mercado. Realmente era un galápago diminuto, poco mayor que una moneda de 50 pesetas. Como no quisieron adquirir el lote especial, que incluía la pecera con palmera tropical, el vendedor introdujo al pequeño animal en una bolsa de papel de estraza, a la que hizo dos agujeros en los lados para que pudiese respirar. Esas bolsas eran las mismas que utilizaba para pollitos y patitos, pero para el traslado provisional cumplían su cometido. Era verano y hacía calor, el 600 había estado aparcado al sol y no tenía aire acondicionado –ni sospechas de que eso pudiese existir-, así que íbamos con las dos ventanillas bajadas. A la altura de Hacienda, en los “pisos azules”, mi madre (quién si no) pensó echarle un vistazo a la tortuguita. La sacó de la bolsa y la depositó en la palma de su mano. Allí duró lo que Mariquita en el baile, es decir, lo que tardó en llegar una ráfaga de aire y llevársela volando a descubrir otros mundos. Todos gritamos para que mi padre parase, pero cuando lo hizo, no había ni rastro del animalito. Mientras mi hermana pequeña lloraba, los demás íbamos buscando mentalmente el adjetivo que mejor le podía parar en esos momentos a mi señora madre. Luego, durante la comida, barajamos la posibilidad de que la efímera mascota, a quien no habíamos tenido tiempo ni de poner nombre, no hubiese salido del coche. Esa tarde la pasé explorando hasta el último rincón del seiscientos, al que llegué incluso a desmontar el panel de la puerta derecha (con el permiso de mi padre, por supuesto), pero el galápago no apareció. Aquella noche, mi madre nos hizo la cena con más amor que nunca, pero la sombra de la tortuguita planeaba sobre nuestras cabezas.


Animalico...

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