domingo, 25 de mayo de 2008

Misterio

Y ya que hemos tocado el tema del misterio, voy a contarles algo al respecto. En el pisito de que les hablé hace poco, ocurrieron cosas muy extrañas. La mente juega a veces malas pasadas, sobre todo si se es de imaginación muy activa, o se está especialmente sensible por algún acontecimiento reciente, como la muerte de un ser querido. De las dos anécdotas que les voy a contar ahora, fui testigo directo de una de ellas, y pasivo de la otra (estaba durmiendo). Esta última fue la más espeluznante y cuando la oímos contar algún tiempo después a mi padre, a mi hermana y a mí se nos erizaban los pelos de la nuca. El tiempo me ha ido haciendo cada vez más escéptico, y aunque estoy seguro de que podríamos encontrar mil explicaciones lógicas –sin recurrir a lo sobrenatural- a la mayoría de fenómenos extraños (y a estos dos en particular), no soy amigo de negar nada rotundamente, aunque hay cosas que me cuesta más -pero mucho más- aceptarlas que otras. Si bien tengo una opinión formada hace mucho sobre los dos casos, me limitaré a exponérselos para que ustedes puedan formarse la suya.

El primero ocurrió en el día en que enterraron a mi abuelo materno. Yo apenas tuve tiempo de conocerlo, pero cuentan que era todo un personaje, con una visión muy peculiar de las cosas, y que a mi me toleraba lo que no le consentía a nadie (era su ojito derecho). Recuerdo que cuando televisaban alguna corrida –en esa época eran siempre de toros-, venía a casa a verla, pues en la suya no había TV. Del comedor hacía algún que otro viaje hasta el “pastaor” (la pequeña despensa que había en la cocina), donde se guardaban las botellas de licor y la garrafa de vino, entre otras cosas. Aquella noche, mi hermana y yo llevábamos algún tiempo durmiendo, pero mis padres acababan de acostarse y apagar la luz cuando oyeron un ruido en el comedor, como si alguien hubiese tropezado con una silla. La casa era muy pequeña y todas las habitaciones estaban muy cerca, de forma que cualquier ruido en una de ellas, se oía a la perfección en las demás. Contaba mi padre que luego se dejó oír un arrastrar de pies igualito al que hacía mi abuelo, y un trajín de botellas en el pastaor. Estaban como paralizados, pero encendieron la luz cuando sonaron las dos losas que había sueltas en el corto pasillo que separaba su habitación del comedor, y se quedaron mirando hacia la puerta, esperando ver a alguien cruzarla de un momento a otro. Pero no se oyó ningún sonido más. Volvió la calma al hogar, aunque no sé si pegaron ojo aquella noche, pero cuenta mi madre que mi padre sólo acertó a decir: -“Nena, el abuelo, que ha venido a ver a los chiquillos...”

En el segundo habían transcurrido algunos años del que acabo de contarles, pues mi hermana pequeña tenía pocos días. Estábamos mi madre, mi hermana mediana y yo, bañando a la benjamina en una zafa* que tenía mi madre habilitada para tal fin, que ponía sobre una toalla encima de su cama. Cuando terminamos, nos fuimos al otro lado de la cama para vestirla, dejando antes la zafa en el suelo para que no se volcara y derramase el agua. Aún no habíamos terminado de arreglarla cuando oímos ruido en el lado contrario, donde habíamos estado unos minutos antes. Me asomé y la jofaina estaba girando sobre sí misma como si alguien hubiese pisado el canto. Nos quedamos los tres mirándonos y, aunque no le dimos más importancia, se lo contamos a mi padre ese mediodía, cuando volvió de trabajar.

Como diría alguien por ahí, “misterio, intriga y... dolor de barriga”. Y ustedes, ¿qué dicen?

* (Del ár. hisp. ṣáḥfa, y este del ár. clás. ṣaḥfah, lebrillo).

1. En Albacete, Granada y Murcia, jofaina. (Definición obtenida en el diccionario en línea de la RAE)

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